30 de Abril

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Me preparé mucho para el Apocalipsis y me preparé mal, algo microscópico llegó a torcernos la vida, así fríamente, sin un besito en la oreja o un café de por medio. De golpe se detuvo mi vida cotidiana junto con la de millones de almas.

Extraño ver mi cuerpo caminando por las calles de mi amado Centro Histórico. Entrar a sus palacios y perfumarme con su arte, caminar hasta el Eje Uno para comprar en Tepito y terminar comiendo unas exquisitas migas. Entrar a Catedral y hablar de tú con el ánima sola, dejarme besar por las plegarias de los creyentes. Sentirme paloma y dejar mi alma en el campanario.

Adaptarse o morir,  adaptarse mientras llega la muerte de la mano del Covid 19, o del cáncer o de un hueso de pollo atorado en la garganta, el mundo sigue girando, pero la vida es un tanto distinta,  un mucho distinta.

Escribo esto la madrugada del treinta de Abril, sobra decir que es el año 2020, hoy ya es Día del Niño, corto un poco de tela que se convertirá en un cubre bocas, mientras escucho a José José, cierro por un momento los ojos y sus canciones me llevan a las calles y momentos de mi niñez, siento los raspones en mis rodillas y el azúcar de cereza hace un lago en mi boca. La niña que fui patina sobre el pavimento sin pensar en nada más que en los dulces y la muñeca de trapo que recibió en la mañana, en la kermes de la escuela.

La adulta que soy,  sigue cortando y canta para que esa niña no escuche las sirenas de las ambulancias que pasan de vez en vez,  ni el aire que toca el vidrio queriendo entrar.  El velador suena su silbato, la niña lo escucha y sabe que es hora de dormir en el mundo que sigue girando.