A la memoria de mi amigo

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Mi amigo el nogal siempre estuvo dispuesto a abrirme sus brazos y a mostrarme la dignidad de vivir.

Me consoló en días en que cualquier fármaco era insuficiente.

Me conectó a la tierra.

Me hizo maravillosas muchas mañanas en que él tenía la esperanza que a mí se me acababa.

 

Y floreció siempre, pasare lo que pasare.

Y murió floreciendo, pleno de hojas y de frutos:

su ímpetu de creación desafió, incluso, sus dolores más profundos.

 

Y esa mañana en que lo encontré rendido a fuerza de un pasado que no eligió,

mi árbol me enseñó que

derrum

barse

es

también vivir.