ADIOS, CAPITÁN

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Jubilados, con el desestrés que produce la obligada holganza, los Ingenieros Alfredo, Rubén y quien en este momento maneja el teclado, en el parquecito de la Colonia Rancho de la Mora sacábamos a breves borbotones verbales lo que dolía al corazón.

-En Morelia me decían el capitán, Me dijo Don Alfredo.

Nada que ver con su profesión –pensé– ¿Y por qué?

-Era el capitán de los teporochos del centro.

Y de ahí se encadenaban recuerdos etílicos de altísimo grado: deliriums, noches de temblorina, olvido de vivir.

Y ambos –don Rubén no tocó los dinteles del infierno– remembrábamos, con color y luego con gusto:

-Estamos aquí platicando porque Dios es grande.

Aparte, don Alfredo había leído el mundo de libros. Egresado de la Universidad

Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, luego se integró a la Secretaría de Caminos.

-Que orgullo que ayudamos a hacer nuevas rutas y abrir el mundo.

Siempre inconforme echando pestes en contra del gobierno “que nos merecemos por p… “Don Alfredo, el capitán no claudicaba: Estaría bueno, otra revolución pero ya no hay hombres de valor.

– ¿Tú crees que esté bien –alzaba la voz– que un montón de gente no tenga para comer?…  y AMLO perdonando a todos.

Y desde hace tres décadas que no volvió a beber. Quien ajado, barbón, sudando alcohol, guiaba al grupo de tepos para curársela para no morir, llego a vivir más de

80 años.

Ya no lo oiré despotricar, ni podré platicarle con íntimo orgullo que volví a escribir, porque apenas, rápidamente y sin dolor mi amigo el ingeniero murió sin dar molestia.

-Chin. Pá que estaba ya aquí. Parece que lo escucho.

Adiós capitán. Allá nos vemos.