Ah! de las letras

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A Francisco Reséndiz  

Como en otras ocasiones, la maestra se acomoda en la biblioteca aprovechando  el periodo intersemestral  para  los alumnos. Esto le permite tomarse el tiempo para ir a la estantería.

Esmeralda, que atiende el espacio, la recibe cordialmente como siempre.  La chica encargada del acervo, la consiente. Sus apapachos van desde atenderla personalmente en la búsqueda de los títulos hasta permitirle llevarse  una cantidad mayor de libros rompiendo la normatividad. Ésa es la mejor consideración que le puede hacer  a la roedora de la escritura.

Ya instalada, se funde en el teclado de su computadora. Cada letra baila al son de las yemas de sus dedos. Mientras ella escribe apresurada el último texto a enviar, el buen  Francisco, hace lo suyo con la limpieza de la estancia. Él  la mira de reojo; el rímel, el sol y la luz de la computadora la hacen limpiarse  lágrimas insostenibles.

Peleando contra la nebulosa de las constantes gotas de rocío, Francisco, detiene lo que hace para seguirla con los ojos en cada uno de los movimientos.  La pobre maestra levanta el rostro queriendo corresponder a la mirada del trabajador mientras él, le pregunta divertido: – Maestra, ¿quién la hizo llorar? Confundida por  la circunstancia, lo mira enturbiada intentando el control del momento. Con vista panorámica, recorre los libros, el escrito que también espera contestación en la pantalla y atisba a decirle –Las letras Francisco, las letras.

 

Ambos sueltan la carcajada, sólo que Francisco, que siempre la mira junto a los libros y su computadora, responde complementando la ironía: lo creo Maestra, lo creo.