¿Algo pasará?

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En el año 2000, se estrenó una cinta de la directora María del Carmen Lara cuyo título, El país de no pasa nada resulta tan vigente como lamentable; la trama ahí mostrada, que evidenciaba la doble moral del mexicano, la despreocupación del dinero de las clases acomodadas hasta que sufren de un hecho violento que transforma sus vidas y la ironía de la vida ante la violencia cada vez más clara del país, pareciera premonición de un México que diez y nueve años después sigue en ese impase que nos impide crecer como sociedad.

Así es, no pasa nada, porque seguimos esperanzados a que el gobierno sea el que resuelva nuestros problemas como si fuésemos párvulos incapaces de tomar decisiones propias. Es muy cómodo extender la mano para recibir dádivas porque ¿trabajar?, ni Dios lo quiera.

No pasa nada, porque somos testigos mudos de tanta porquería que sucede a nuestro alrededor, haciéndonos cómplices de todo aquello que en discurso criticamos: corrupción, intolerancia, mediocridad y falsedades.

No pasa nada, porque por un lado exigimos servicios de calidad, mientras que por el otro seguimos tirando basura en las calles, omitiendo el pago de nuestras responsabilidades y encajándole el diente a todo aquel bienintencionado que nos brinda apoyo.

No pasa nada, porque exijo puntualidad y respeto de los demás, a la par que soy indolente con el tiempo del otro y le anulo como ser pensante con mi soberbia, arrogancia y prepotencia sistematizada.

La realidad, me parece, es que estamos acostumbrados a la inercia; siempre será mucho más fácil nadar de muertito que atreverse a cambiar paradigmas.  En esta lógica, ¿a cuantas personas conoce que están hartas de su trabajo?, ¿Qué hacen para modificar ese sentimiento?

La respuesta seguramente será nada. ¿Por qué?, porque esa zona de confort es criminal y atrapa sin dar oportunidad al raciocinio; lo peligroso es que esas personas resultan tóxicas en sus espacios porque, ni pichan, ni cachan, ni dejan batear.  Están permanentemente inconformes y eso les autoriza a provocar, agredir y crear malos ambientes en un espacio al que no debieran pertenecer.

En este país, cualquier empleado con tantito poder se siente con la autoridad de negar un servicio, prohibir un ingreso o faltar al respeto.  ¿Qué sucede con ellos?, nada, porque no atinamos a tomar el teléfono, la computadora o el celular para poner una queja.  Estamos tan acostumbrados a que la gente no cumpla con lo que tiene que hacer que lo damos por normal y preferimos guardar silencio.     ¿Reclamar?, ¡que flojera!

Justo por eso, quienes tienen la cultura de hacer saber los errores, son tachados de broncudos, hemos llegado al punto de legitimar las tonterías, aunque nos afecten de manera directa.

La voz popular dice ¿Qué se puede esperar de un día que comienza teniendo que levantarse?, desde ahí ya perdimos.

No espere a que los demás cambien las cosas; usted que puede, llegue a tiempo, salude y despídase, sea cortés, sonría, pague sus deudas, cuide a sus hijos, cuídese a usted mismo, no mienta a los demás, no haga alarde de lo que no tiene, comience por corregir en casa lo que desearía que el vecino cambie.

Ya basta de letargos, es tiempo de que algo bueno pase.

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