Amor en tiempos de contingencia

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Tuve una conversación seria con mi desodorante. Ayer, definitivamente me abandonó. Fue un momento bochornoso, a Rosendo ni siquiera podía mirarle a los ojos. Intenté varias veces mirarle, sostenerle la mirada, pero cada vez que lo intentaba sentía cosquillas y como es normal se  me incendiaban las mejillas.

No puedo con el rubor (ni con las ganas de querer tumbarlo en el pasto de la finca para bajarle el cierre) del jugar con mi lengua como si me estuviera chupando una paleta de hielo.

¡Así de colegiala andaba!

La risa fue otro factor a desfavor que no pude controlar igual que mi lengua. Cada palabra que brotaba de mi boca. Era un sí… ¡tómame! ¡hazme tuya! Tuve que fingir indiferencia varias veces mientras me hablaba o miraba, tuve que fingir ver el teléfono. De por sí estaba ya bien ensayada, ¿qué tanto más me podía ensayar?

Eso sí. No me puedo quejar de la comida. Estuvo deliciosa, salvo esas veces que me miraba y esos silencios abismales en los que mi rodilla jugaba con la suya porque estaba hecha un mar de nervios.

Lo cierto es que son siete treinta de la mañana y me estoy preguntando si son mis nervios, mis hormonas desatadas por los anticonceptivos o que sus ojos pispiretos me hacen temblar el ombligo.