Amor perdido

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Hoy es uno de esos sábados que ya no existen, los doce meses de ausencia sentencian un dolor que imaginé pasaría pronto. Hago una llamada por el celular y me pongo de acuerdo con el amigo para ir a comer.

 

Él, igual que yo, trae la dolencia reciente del quebranto. Buscamos un lugar que nos remonte a los tiempos de nuestras madres despojadas de la vida.

 

Una cantina bar es la atmósfera adecuada para acordarse: los colores y olores comulgan con el resabio del recuerdo como cuando cada uno de nosotros las traíamos con el alma para quererlas por siempre en el tiempo irónico de la memoria.

 

Recorremos el lugar buscando el espacio continuado de nostalgia. A distancia, se escucha la música de marimba al son de Amor perdido, si como dicen es cierto que vives dichoso sin mí…  vive dichoso. Quizá otros besos te den la fortuna que yo no te di… hoy me convenzo que…

 

Quieta en la memoria, nos sentamos en la mesa próxima a la música. En un cruce de miradas, él pide la carta al mesero. Un muchacho acomedido nos lleva el menú y recorro con la vista cada una de las cosas que se sugieren; en las bebidas vienen imágenes pasadas.

 

Un recordatorio me lleva a lo lejano; miro a Teresa frente a mí: su cuerpo quebradizo, de rostro moreno y azabaches cejas. Sus ojos inteligentes no pierden detalle del movimiento de sus dedos trabajados que desvisten camarones llevándolos delicadamente a su boca definida.

 

Come despacio, lenta. Minuciosa, disfruta cada ración. No levanta la mirada, sus dedos y ojos toman cada uno de los mariscos para degustarlos en goce ininterrumpido.

 

Él me pregunta qué voy a pedir haciéndome regresar al tiempo de convivencia. Miro nuevamente la carta y defino con el mesero lo que quiero.

Después de un rato, llega la comida escoltada de bebida. Miro la botella y Teresa regresa con nosotros: ella sorbe el primer trago que hace eco a su gusto.

 

No quiero comer; tomo de la botella la eterna despedida, el halo de su esencia me invade con osadas lágrimas y sorbo el líquido de la amarga Victoria sintiendo el frío recordatorio de que a mi madre la enterramos hace casi un año.

 

Este sábado de mariscos es distinto a muchos otros. Bebo de la botella tres tragos largamente amargos… amargos como la tristeza que me invade desde hace meses y no se puede hacer nada más que esperar un tiempo benevolente para aminorar el alma mientras escucho: de Amor perdido, si como dicen es cierto que vives dichoso sin mí… vive dichoso. Quizá otros besos te den la fortuna que yo no te di… hoy me convenzo que…