Amores y desamores presidenciales (I)

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Hoy es San Valentín, día para recordar anécdotas de los amores y desamores de nuestros mandatarios. Aquí comienzo una serie de textos para contarles sus historias, algunas de las cuales comenté en un artículo anterior: “Curiosidades de los presidentes de México”. Inicio con el siglo XIX.

 

Tal vez el presidente más romántico que tuvo México fue Manuel Gómez Pedraza. Se casó con Juliana Azcárate, de quien estuvo enamorado hasta el último segundo de su vida. En su lecho de muerte en 1851 le confesó a su esposa: “Señora: quién pudiera ser eterno para amarla a usted eternamente”.

 

Nuestro primer presidente, Guadalupe Victoria, fue soltero casi toda su vida, sin embargo en 1840, dos años antes de morir, dio su brazo a torcer con una señorita veracruzana a quien duró poco el gusto: María Antonia Bretón. Ella fue la heroína que cuidó del primer presidente mexicano que era epiléptico.

 

Solteros durante toda su vida fueron los presidentes Anastasio Bustamante, Pedro María Anaya, Manuel Robles Pezuela, Ignacio Comonfort y Sebastián Lerdo de Tejada. De Anaya no hay mucho qué decir. El verdadero amor (fraternal, no piensen mal) de Bustamante fue Agustín de Iturbide, pues al morir en 1853 pidió que su corazón fuera depositado en la Catedral junto a los restos del primer Emperador. Robles Pezuela en verdad no tenía a nadie a su lado, de otra forma no me explico cómo proclamó en 1858 el “Plan de Navidad” contra sus propios aliados conservadores, en fecha tan significativa para todos.

 

Y si bien Comonfort fue soltero, no obstante tuvo dos hijas naturales con Carmen Lara, con quien nunca se casó para no ofender a su madre: la señora Guadalupe de los Ríos, su verdadero amor (amor nefasto pues ella lo orilló a desconocer la Constitución de 1857, lo que provocó la Guerra de Reforma). Lerdo, por su parte, se enamoró en Chihuahua en 1864, cuando peregrinaba con el presidente Juárez huyendo de los franceses, pero la jovencita no correspondió su amor. Murió exiliado, amargado, solo y casto en Nueva York.

 

Ahora los casados. Nuestro segundo presidente, Vicente Guerrero, se trajo de las montañas del sur a su desconocida esposa Guadalupe Hernández, con quien procreó una hija que a la postre resultó poetisa: Dolores Guerrero. Ésta casó con Mariano Riva Palacio, quien fue gobernador de nuestra entidad y con quien además procreó a Vicente Riva Palacio, quien también fue gobernador.

 

Melchor Múzquiz se casó con Josefina Bezares durante su segundo periodo como gobernador del Estado de México (1830) y antes de ser presidente. La señora Bezares era viuda y llevaba de la mano a cuatro niños; no obstante, con el primer gobernador de nuestro Estado procreó a otros quince hijos. Y si Múzquiz adoptó a los vástagos del primer matrimonio de su esposa, Valentín Gómez Farías, aparte de tener siete hijos con su esposa Isabel López, adoptó otros tres niños indígenas a su paso por la Península de Yucatán.

 

Santa Anna pudo ser considerado el “primer mujeriego” de la nación. En 1822, a los 28 años, le coqueteó ni más ni menos que a Nicolasa Iturbide, hermana del Emperador y mujer de ¡60 años! Él mismo terminó la aventura y dio un vuelco de 180 grados hacia las adolescentes. En 1825 casó con María Inés de la Paz de 15 años, con quien tuvo cuatro hijos mientras traía al mundo hijos naturales con otras cuatro mujeres. A la muerte de María Inés, en 1844 casó con Dolores Tosta, con quien viviría hasta el final de sus días. Con sus dos esposas legítimas se casó por poder, práctica común en esa época de caminos inseguros e intransitables. Aunque parece ser que el casorio por poder con Doloritas fue más bien porque estaba resfriado (lo que no se sabe es si el representante de Santa Anna también lo sustituyó en la noche de bodas…).

No se conoce mucho sobre el matrimonio de Nicolás Bravo y Antonieta Guevara, pero debido a que murieron al mismo tiempo en 1854 se especula que tal vez fueron envenenados. ¿Acaso fue un suicidio concertado? Nunca lo sabremos. Bravo no tuvo tiempo de ser viudo, pero quienes si sintieron la ausencia de la señora fueron Valentín Canalizo, José Joaquín de Herrera y Juan N. Méndez.

 

Canalizo, esbirro de Santa Anna, se convirtió en viudo siendo presidente al morir en 1844 su esposa Josefa Benita Dávalos. De Herrera ya era viudo al llegar a la presidencia, pues su esposa, Dolores Alzagaray, murió en 1839. Viudo también era don Juanito Méndez al ser presidente en 1876 pues su esposa, Trinidad González y Castrueza, había muerto ocho años antes.

 

Mariano Arista se casó con Guadalupe Martel, viuda del comandante Isidro Barradas, aquel español que en 1829 intentó la reconquista de México para la Madre Patria. En 1852, siendo presidente, Arista se separó de su esposa para vivir “en pecado” con otra mujer, Carmen Arredondo, y lo hizo en Palacio Nacional. De hecho, Arista fue el único presidente separado durante su encargo. Hay que recordar que también construyó la famosa tercera puerta de Palacio Nacional, ¿acaso fue para uso exclusivo de él y su nueva pareja?

 

Finalmente, la historia de Miguel Miramón y su esposa Concha Lombardo es interesante. A principios de la década de 1850 el joven militar, oficial de bajo rango que el 13 de septiembre de 1847 fue Niño Héroe de Chapultepec, comenzó a rondar a Concha, hija de buena familia. Ella lo rechazó y desafió al decirle que regresara cuando obtuviera rango de general. Miramón cumplió el deseo de su amada en 1858 y se casó con ella ese año. Su felicidad duró hasta 1867, año en que él fue fusilado junto a Maximiliano. Al embalsamar su cuerpo, Concha retuvo para sí el corazón de su amado que guardó durante algunos meses en una urna. El músculo sólo tuvo cristiana sepultura una vez que el sacerdote de la familia convenció a Concha de que no podía retenerlo.

Esta historia de amor y desamor la cuenta Concha en sus Memorias, grueso volumen escrito con mala redacción y faltas de ortografía, pero imbuido por completo del romanticismo decimonónico, en el que Concha, además de narrar sus recuerdos, incluye todas las cartas que le envió su amado Miguel cuando, ausente, hacía la guerra a los liberales. En ningún caso escatiman palabras de amor recíprocas y al final Concha refleja su desesperación por no poder salvar a su amado, amén de que demuestra su odio hacia Juárez por arrebatárselo.

 

Vale la pena leer las Memoria de Concepción Lombardo, mismas que también pueden concebirse como las “aventuras de una joven enamorada y soñadora”, con un comportamiento no muy diferente a las chicas de hoy, y para muestra un botón: al tiempo que Miramón ascendía en el escalafón militar, a Concha la rondaba un inglés llamado Perry, con quien se hubiera casado de no ser porque la sagacidad de la chica y la Divina Providencia intervinieron para confirmar que el tipo no valía la pena e impedir la unión, con lo cual pudo prosperar su amor con el presidente más joven de México…