Autoridad degradada

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Las redes sociales exhiben con cada vez, con más frecuencia a hombres y mujeres que, por exceso de alcohol, ignorancia o alarde de prepotencia, acaban por mostrar la parte menos inteligente de su existencia.

 

Es común encontrar, todos los días, algo así como el video del día en el que el mundo testimonia el grado de estupidez, agresividad o inconciencia de algunas personas que, no conformes con mostrarse de esa manera con sus cercanos, hacen eco de sus acciones con dedicatoria para el mundo entero.

 

Lo mismo una mujer que bien servidita amenaza al oficial que le detiene bajo palabras incoherentes, pero precisas: Mañana no vas a amanecer; que otro que queriendo evitar una multa de tránsito, se graba a si mismo presumiendo que lleva al oficial en cuestión colgado de su cofre a más de cien kilómetros por hora.

 

¿En dónde quedó el respeto a la autoridad?, si bien es cierto que no toda figura de autoridad hace lo conducente para ganarse esa deferencia, también lo es que en casa hemos educado a los hijos bajo el argumento de que no se deben de dejar de nadie, aunque haya evidencia suficiente para un llamado de atención o una sanción.

 

No sabes con quien te metes, Mañana te quedas sin trabajo, No saben quién soy yo, Pinche muerto de hambre, y demás expresiones vejatorias son constante en personas que simplemente no entienden que la regaron y que deben pagar por las decisiones que toman.

 

Vivimos, en consecuencia, en una sociedad cada vez más convencida de que las leyes son para acomodarlas a conveniencia, más intolerante a la frustración y cierta de que lo único importante y valioso es lo que sucede a su alrededor. Y si para obtener las cosas hay que pisar al de enfrente, pues falta más, lo hacemos sin dudarlo un instante.

 

En las ciudades, muchas de esas anécdotas pueden parecer hasta chuscas, el problema es mucho más grave en provincia, en donde la personas, hartas de no encontrar la justicia que desean, la hacen con su propia mano y, así de simple, matan ante la más mínima sospecha de delito.

 

También es cierto que, ante la sensación de un vacío de autoridad, hay quienes se convencen de que todo es válido y todo es permitido; así, hay quienes se atreven a sacarle los ojos a un perrito y dejarlo a su suerte en la calle, sin castigo alguno.

 

La autoridad se ha degrado a sí misma, pero si no actuamos, de manera conjunta con ella, y cuidamos que se cumplan las normas, desde casa, mucho me temo que estaremos lejos de encontrar una paz social que pedimos a gritos.

 

Los extremos siempre son malos.