Avivar la hoguera

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De la palabra que nos transita lo cotidiano y, en el vaivén de la paradoja humana, se debilita, al tiempo que toma fuerza, nos vamos tornando náufragos de utopías inalcanzables: ensoñación de una modernidad que no pudo salvarse a sí misma y de su estéril orfandad nos vomita el estrepitoso caos de la posmodernidad.

 

¿Dónde y cómo? ¿En qué forma vivificar la esencia que podría salvarnos de nosotros mismos en medio de una crisis humanitaria que no alcanza a ser puente-creación?

 

Del caos mismo. De la violencia que nos aniquila. Del ensordecedor consumismo. De la patria estéril. De la tierra infecunda. De las desapariciones y muertes anónimas. De un país convertido en fosa común. De cuellos blancos fragantes de cinismo y manos llenas de sangre inocente. De la abolición de la justicia y verdad. Del exterminio de lenguas, raíces y deidades indígenas. Del ambiente enrarecido por el miedo y la rabia social. De la miseria. De la partidocracia y oligarquía. De cada llaga pudriéndonos la piel y los ojos. De los suicidas y homicidas. 

 

Desde el exilio, la orfandad y el desarraigo. Desde la pérdida de identidad. Desde la ignorancia y la sordidez. Desde la podredumbre en cada una de sus formas. Desde el horror que paraliza. Desde los genocidios. Desde las tierras convertidas en cementerios de sueños y vidas y futuros. Desde la caída de todas y cada una de las instituciones que nos precedieron. Desde lo más bajo y temido. 

 

Justamente donde todo parece terminar sin posibilidad de creación: Ahí, en ese punto colmado de peste y oscuridad, donde los pusilánimes gobiernan y los valientes mueren gritando la verdad. Ahí, el sitio exacto para atrevernos a nombrar el terremoto que día a día cierne nuestra existencia, ahí. 

 

Aquí, ahora. Caminar la podredumbre, empaparse de miseria, mirar la sangre correr, los ojos apagarse, las vidas desaparecer una a una, hastiarse del hedor, ensordecerse con el derroche mientras se llora la pobreza, sentir al águila agonizar y a la serpiente envenenarnos cada día más. 

Y así, desde la llaga que se gangrena. Desde lo peor de la humanidad, clamar por más. Porque sólo así, desde la enfermedad que nos conduce a la irremediable muerte es que el anhelo de resurgimiento y creación logrará volver.

Aquí, ahora. Aprender a respirar sin miedo. Mirar el caos desde la perspectiva de la transmutación.  Convertir la garganta en cañón: atreverse a nombrar todo aquello que nos mata y disparar en voz alta eso que aprendimos a callar con tal de sobrevivir, de no convertirnos en un número más. Devolver el poder a la palabra, a la acción, a la mirada que enfrenta el terror a los ojos. Propagar el eco por los cerros blasfemados y vendidos a garras extranjeras. Incendiar una y otra vez el amor por la vida, aunque a nuestro paso la muerte aceche. Fulgurar la esperanza sin tener motivo. 

 

Y así, náufragos eternos desde nuestros orígenes,  tal vez logremos abrazar el caos que nos cimbra como única salvación: semilla de vida floreciente gracias al abono de la muerte.