Caifanes

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Antes de que nos olviden déjenme contarles que…

Alguna tarde estuve escuchando los relatos de mi madre acerca de mi crecimiento; derivaban casi todos en travesuras. Era un niño inquieto -como todos, supongo- que rompía la vajilla, que se caía de la cama, que rodaba escalera abajo, que se raspaba las rodillas, que le mentaba la madre a cuanto abusivo encontraba, que frecuentemente golpeaba a sus compañeros de escuela cuando éstos no lo hacían conmigo. Pues entre toda la maraña de anécdotas que componen la existencia de un hombre, recuerdo que contaba mi madre acerca de la primera canción que bailé en la vida, la que me hacía cruzar entre cuartos y pasillos para llegar e instalarme junto a la consola de acetatos -sí, acetatos- a escuchar una y otra vez La Negra Tomasa hasta quedarme dormido.

Hoy día esa canción no me gusta más, sin embargo, aquellos viejos gritos de Saúl Hernández me siguen pareciendo enigmáticos, sigue siendo mi voz favorita del rock mexicano y CAIFANES sigue siendo mi banda favorita en el mundo.

Recuerdo que alguna vez mi hermano buscaba algo en la radio, no sintonizaba nada porque la radio en Toluca, a mi gusto, siempre ha sido una porquería. Era una grabadora grande, potente en su época y manualmente se giraba una perilla para recorrer las frecuencias de arriba a abajo. En el recorrido que estaba haciendo Iván, mi hermano, hubo un sonido que me erizó la piel, que me cristalizó los ojos, que me hizo correr a él y gritarle que parara ahí, que subiera el volumen. No los había escuchado después de La Negra Tomasa, no sé cómo es que sabía que eran CAIFANES, no sé por qué el cantante me llevaba tan lejos con su voz, no sé por qué me sentí diferente desde ese día y no sé, tampoco, por qué el cabrón de mi hermano viéndome como me vio, siguió girando la perilla perdiendo la frecuencia donde sonaban Los Dioses Ocultos, de la que, claro, aún no conocía ni el título ni la letra. Me arrojé sobre él, le rogué que regresara a la estación anterior. Me apartó con un brazo y siguió hasta que encontró a Alejandra Guzmán. No sé cuánto tiempo estuve llorando, sentado en el pasillo azul que recorría las habitaciones de la casa de mi abuela.

Años más tarde CAIFANES no existía más y Jaguares venía a Toluca promocionando “Bajo El Azul De Tu Misterio” con una gira llamada “El Final De Un Gran Principio”, creo. Pues les diré que con mi hermano me llevé muy bien hacia mi época de secundaria. Fue él quien me dio la noticia y por su propia iniciativa nació la promesa de que ¡me llevaría al concierto! ¿Quién era yo en ese momento y en los días subsecuentes? Claro, el chico de 13 ó 14 años más feliz de la tierra, hasta que llegó ese tan esperado viernes. Volví de la escuela, comí tan desesperadamente, me preparé y sólo quedaba esperar a que llegara mi hermano, se cambiara de ropa y listo. Entonces lo escuché abrir la puerta, entró, saludó y se sentó muy tranquilamente. Pregunté si ya nos íbamos, y él completamente desentendido, no sabía de qué le hablaba. Ya saben qué hice durante las horas siguientes…

Alguna vez tenía que crecer y tener ahorros, compré mis CDs originales (en esa época había una muy marcada guerra contra la piratería y tenía mucho sentido de pertenencia y plusvalía un CD original), fui a 5 conciertos consecutivos de Jaguares desde 2001 hasta 2006, luego se ausentaron un poco.

En 2011 llegó la noticia del regreso de mi banda favorita. Aquí la cosa fue diferente; yo no sabía si algo tan sagrado podía ser invocado en las condiciones actuales: la voz tan deteriorada de Saúl y su disco solista que no mostró grandes atributos, la historia del pleito con Alejandro, la cada vez más perceptible decadencia de Jaguares que nunca dejó de tocar las canciones de la banda que antes fueron, la interrogante siempre latente del para qué vuelven. He de decir que me ganó el pesimismo, que no me generaron el menor interés por asistir al Vive Latino para corear sus canciones.

Por el amor y nostalgia quise ir años después al Palacio de los Deportes pero había noticias… Alejandro fue echado nuevamente y así… con una banda de por sí castigada por el tiempo, reducida en uno de sus talentos “primordiales” y con la promesa rancia de hacer un nuevo disco perdí nuevamente todo el interés en ir a verlos. Me parece usura que un grupo que sacó su último disco en el 94 y se diluyó un año después esté viviendo de esos mismos cuatro álbumes en pleno 2017.
Pero dicen que el amor es ciego y que todo lo perdona. Por supuesto no tengo nada que perdonarle yo a ellos, sino todo lo contrario, pues en todo este tiempo, no ha existido un día de mi vida en que alguna de sus canciones no me erice la piel, no me haga apretar los ojos, los dientes, arder el pecho, amar sus letras, tomarlas como estandarte. No hay día de mi vida en que no los confirme como mis favoritos.

CAIFANES volvió a Toluca a celebrar sus 30 años de existencia y Mimis, quien nació en el 94, en el año de “El Nervio Del Volcán”, quien no tenía idea de ellos hasta que me conoció y le compartí mi pasión, una tarde me invitó el boleto para ese sábado 29. ¿Quién era yo? Claro, el no tan chico de 31 más feliz en el mundo que por primera vez vería en vivo a su banda favorita…

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