Carta a una Gran Poeta

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Ilustrísima, Estrella del Alba, Alba misma, no mi voluntad sino el desasosiego que hubiere dejado mi expulsión del paraíso, ese tu castigo, motivo para tomar la prudente distancia que mi torpe pluma requiere en una respuesta como ésta, suspendida ya por tantos días.

¿Qué importa sino muy poco el que yo exista? Si el Parnaso local está lleno y sin vacante se anuncia, si todos tus intentos no lograron hacerme entender que la Poesía es Docta, Discreta, Santa y Amorosa, revestida de fríos mármoles y oropeles deslumbrantes, dormida entre las manos de anquilosados frailes, Tú, que pronuncias el nombre de las Musas en la puerta del Olimpo y te siguen sin dudarlo.

Un día te llamé Diosa de Poesía en la portada de un insignificante libro rojo, nunca un encargo más humilde había acometido mi vanidad, segura estoy que ahora aquella dedicatoria nos mira desde el fondo de la basura, justo como ordenan los Escolásticos, los Académicos y los Becarios. Porque en los círculos etéreos de la intelectualidad humana, la bestialidad de las bestias no merece ni prensas ni borrones.

Para mi desventura no soy más que un lego que no ha conocido la Letra de Oro, Atenagórica, sólo a través de tus libros he podido vislumbrarla y en tu consejo riguroso que no admitía pifias. Todo llega a su crisis, erupción apaciguada que amenaza con volver, un simple hecho de interpretación lastima  más que la daga de Bruto aunque eso no importa en verdad, a mi me aniquiló el lenguaje cotidiano cuando me advertiste que eso era lo que me estaba matando.

No, fue antes,  cuando aseveraste que mis poemas de amor semejaban rumbas de barrio. Entendí diferente, pensé que el jugueteo de mi rima no te molestaba, Ígitur Dea!, admiración me despertaba tu fuerza y mi gratitud por todo lo que os debo, pero ésta, sólo me orilló a sentenciar a hierro mi propio conocimiento.

Para responder, el silencio, que mucho dice como El Fénix de América: “Así yo, Señora mía, sólo responderé que no sé qué responder”(*).

Escribir es arrebato, rapto, sujeción. ¿Algún Maestro preguntó a tu alma y puño  si deseaban escribir como lo hacen? Nunca quise importunar a nadie, tampoco faltó empeño ni padecer, ni esa vida de trotamundos que adquirí a cambio de poca fortuna y nimio placer.

De soeur a soeur y por amor a la verdad, soy ignorante de la retórica del actual poema, ídolo falso de interiores de herrumbre. No es disculpa, ni por tal la doy (*).  Y como te habrás percatado, he copiado a La Décima Musa, porque la mía está perdida y es difusa. Dile a Ella que es soberbia, que no sabe lo que dice y que nunca publicará sus obras: En esto sí confieso que ha sido inexplicable mi trabajo; y así no puedo decir lo que con envidia oigo a otros: que no les ha costado afán el saber. ¡Dichosos ellos! (*)

 

(*)Respuesta a Sor Filotea de La Cruz de Juana de Asbaje (1691)