Casi como en los viejos tiempos

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Trabajar un par de horas extras no es lo mismo cuando se eligen que cuando se imponen. Tampoco es lo mismo ir al trabajo con la convicción de hacer bien las cosas que asistir deseando en el fin de la jornada antes de iniciarla.

Por años vi rota la armonía del Ser: pequeños trozos de mí hablaban al tiempo,  sin darme oportunidad de escuchar a uno solo; sabía que no podría percibir las palabras si no situaba siquiera mis oídos y, quizás esté todavía, muy lejos de esa composición perfecta, de la conformación de la sola pieza que debe ser un hombre. Pero esta noche ha pasado todo distinto; se han abierto puertas que hace tanto no se abrían, se han colado luces que hace tanto no brillaban.

Un jarro de chocolate oaxaqueño, un sorbo de mezcal, el abrazo de un amigo, las canciones de otro, los poemas propios, los de todos; una conjunción sublime de distintas vidas que rearman todo lo caído, que levantan un martes caído en abandono; un lenguaje libre: serpenteo de madrugada.

Todo debe suceder, nada cambia alrededor, claro que no, eso dicen, pero yo nunca probé un chocolate tan delicioso, nunca bebí mezcal sin hacerle gestos; nunca he estado en Oaxaca y nunca trabajé horas extras, pero mis amigos, esos sí estaban, están y deseo que estén para siempre.