Catfish, privacidad y anonimato digital

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La ruptura de la confianza en el entorno digital a través de la incertidumbre que provoca la falta de mecanismos para gestionar eficientemente la identidad de los cibernautas representa uno de las primeras violaciones en las reglas de dicho entorno, y por ende, los primeros signos de violencia digital.

Sin embargo, el catfish es un mecanismo más complejo y extendido que el simple uso de perfiles sociales para enganchar a otras personas con el uso de identidades falsas y/o usurpación de identidades de terceros, ya que, es parte de los mecanismos que son aprovechados en el entorno digital ante el abuso o los excesos del ejercicio de las libertades a partir del uso del anonimato.

Anonimato que en el entorno digital puede resultar como producto de la preservación de la privacidad, inherente a la protección de las personas respecto a injerencias arbitrarias en su persona, que inclusive, a través de mecanismos técnicos debería ser asegurada a través de la no intervención en los medios en los cuales se lleva a cabo dicha comunicación a través de la neutralidad de las redes.

Por ello, medio y fin son susceptibles de analizarse de manera conjunta, y, eventualmente, neutralidad de la red, privacidad y anonimato pudieran considerarse como diversas perspectivas de un solo fenómeno en el que la privacidad es un derecho que se materializa a través del anonimato y se posibilita mediante la neutralidad, sin embargo, estos elementos ¿constituyen la única vía para garantizar el ejercicio de la privacidad en la era digital? o ¿constituye solamente la primera expresión de la forma en la cual nos hemos aproximado al ejercicio de este derecho en el ciberespacio?

En el ámbito digital resulta más representativo que nuestra actividad deja un rastro, no obstante, que en el entorno físico también han empezado a resultar trazables sin necesidad de un seguimiento o rastreo digital,  por ende, no es de extrañarnos que existe cierta expectativa que nuestra actividad en el mundo real o digital, pudiera resultar rastreable frente a terceros, en la misma proporción que nuestro actuar es susceptible de constituir derechos y obligaciones, aunque nuestras experiencias previas no lo hubieran hecho evidente.

Así, el anonimato podría contar con diversas dimensiones en el que si bien, el derecho, el canal y el mecanismo, deberían garantizar con plenitud dicha condición, tal como se refirió en el famoso informe sobre libertad de expresión e internet, aunque los usuarios pueden disfrutar en Internet de un anonimato relativo, los Estados y agentes privados tienen acceso a tecnologías de seguimiento y reunión de información sobre las comunicaciones y actividades de estos usuarios, considerando que estas prácticas pueden constituir una violación del derecho de los usuarios a la intimidad y, al socavar la confianza del público y la seguridad de Internet, obstruir el libre flujo de información e ideas en línea, no obstante, no se advierte el alcance en el ejercicio de derechos que se posibilitara en el ámbito digital a través de una adecuada gestión de la identidad digital.

Así, tomando como referencia el catfish, por supuesto resulta evidente que una persona no debería tener el derecho de desarrollar una personalidad alterna a través de la suplantación de la identidad de un tercero, con independencia de los fines por los cuales se generara dicho perfil, a diferencia, de que cualquier persona pudiera generar un perfil “falso” o inclusive “anónimo” en el cual se utilizara información que no pudiera asociarse a ninguna persona, o que inclusive, pudiera ser generada a través de mecanismos de procesamiento profundo para crear un ente virtual del que no se tenga referencia como un ente vivo, en el que, obviamente tuviera fines lícitos o a través de su actuación no se estuviera afectando derechos de terceros, esta segunda opción podría considerarse como un derecho, aún cuando dicho mecanismo, no dejara de considerarse también como catfish.

De una manera más simple, mientras la gestión de la identidad de una persona pudiera tener el alcance de no en todos los casos, reflejar la identidad real, el límite de esta actuación estaría en no utilizar datos personales de terceros como presupuesto para su legitimación, puesto que, en el entorno digital los derechos de la personalidad cuentan con mayores posibilidades rastreables, gestionables e inclusive explotables por parte de los titulares, que eventualmente serían un efecto del ejercicio de la privacidad y libre desarrollo de la personalidad, y que, contrario al ambiente de violencia que generaría el catfish a través del engaño, permitiría reconocer la diversidad y pluralidad de cada cibernauta.

Esto es así, puesto que entre los aspectos negativos que deberían ir desapareciendo de los entornos digitales a fin de disminuir escenarios de violencia, ciertos servicios deberían estar sujetos a mecanismos de comprobación de identidades centralizadas, que pudieran tener un uso extendido y uniforme en cualquier red social y aplicación como requisito de funcionamiento, a fin de no estar sujetos a los riesgos que se encuentran presentes en las redes sociales en las cuales no se tiene certeza de que las personas que se agregan realmente existen, o, al contratar nuevos servicios, las personas usuarias son de confianza. Ello, puesto que el entorno digital actual tanto en redes sociales como servicios digitales, se encuentran ante la tentación de inflar sus poblaciones usuarias a través de perfiles falsos que como se ha advertido, generan beneficios económicos a partir de la contaminación de la red, con lo que a su vez, se genera una escalada de violencia que no se limita a los engaños para fines sentimentales o de estafa, sino para esquemas más elaborados de defraudación o esquemas agresivos de explotación comercial a través de las llamadas deepfakes, que encuentran sus mayores posibilidades de monetización a través del uso de datos personales, que no necesariamente deberían coexistir con el ecosistema.

Contrario a ello, los mecanismos de privacidad diferencial deberían explotar las diversas posibilidades que brinda el anonimato para el ejercicio de derechos que necesitan una salvaguarda especial y para los cuales resulta necesario disociar la identidad de ciertos efectos, pero a su vez, contar con un parámetro único de referencia para su control, como en el caso de los derechos políticos, en los cuales la libertad de expresión debe estar garantizada de cualquier forma, sea para emitir opiniones de manera anónima o para que dichas opiniones no permitan injerencias arbitrarias en el entorno de los emisores, a fin de tratar de agregar capas que posibiliten una mayor certeza en el ejercicio de derechos en el entorno digital.

Principios para los cuales, no necesariamente la neutralidad implicaría la falta de injerencias en un entorno que brinda la posibilidad de una anarquía, sino más bien, la implementación de controles y contrapesos necesarios que permitan luchar contra los abusos y excesos en el entorno digital, bajo un conjunto de valores en común que posibiliten un nuevo ecosistema de gobernanza que de manera progresiva expandan los derechos de las personas a través de una gestión equilibrada de las redes y de los aplicativos tecnológicos.

Hasta la próxima.