Celebrando nuestra muerte

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El mexicano se oculta bajo muchas máscaras,

que luego arroja un día de fiesta o de duelo.

Octavio Paz

 

 

Histórica y culturalmente el dos de noviembre es una fecha fuerte para los mexicanos. Este día representa muchos estados de ánimo –que nos revelan en nuestra forma de ser– viéndose proyectado en las costumbres y tradiciones de toda la vida. Los genes colectivos que  llevamos, tiene raíces prehispánicas profundas. En la mezcla híbrida de dos religiones completamente opuestas, como lo fueron el politeísmo de las culturas mesoamericanas y la cultura europea judeo-cristiana llegada a América con la conquista española en 1492, determinó una transculturación de las tradiciones de la celebración del día de muertos en México.

Para los mexicanos el dos de noviembre es un duelo personal y tradicional. Tener presente la fecha antes de que llegue, ya nos implica un sinnúmero de sensaciones,  sentimientos profundos y emociones encontradas. Hay quienes –días antes– sin ser conscientes de ello, ya anuncian –en su ánimo– los  recuerdos, la sensación de vacío, remembranza, tristeza, melancolía, depresión y/o dolor. Todas estas inquietudes  pueden o no ser identificadas conscientemente. Sin embargo, la vehemencia de la pérdida está presente, no sólo en la persona que lo padece sino en el ambiente que nos rodea.

La mercadotécnica, los medios de comunicación y ahora hasta las redes sociales no los hacen más presente. Los colores encendidos de “todos santos”[1] está decorada con olores, sabores y colores: las calaveras, el pan de muerto, el papel picado, las veladoras, las cruces, el cempatzúcutl, la flor de nube, la tierra de panteón, las fotografías de quienes se nos adelantaron, el tequila, el cigarro y la comida que le gustaba a nuestro difunto.

Ahí vamos los esperanzados mexicanos al encuentro con la muerte el primero y dos de noviembre, a  encontrarnos con nuestros muertos, con los que ya no están, pero están en las raíces de la conformación de nuestros amores más profundos: la madre, el padre, el hermano, los esposos, los hijos, los viejos amigos.

La muerte para México es un múltiple duelo. El sentido de pertenencia que los mexicanos tenemos a los afectos familiares es de las raíces profundas. Pensar en nuestra madre tierra representada en la figura de la madre nos familiariza con primer vínculo natural que nos identifica como hijos de la vida misma.

Octavio Paz –en El laberinto de la soledad– ya habla de este respecto de una manera contundente al mencionar que: Para el habitante de New York, París o Londres, la palabra muerte es la palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios. El mexicano en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente.

Esto somos los mexicanos, todos los días,  amamos la vida a través de convivir con la muerte. Somos agradecidos con ella, la recibimos en los hogares para festejarla con los que se nos han adelantado y por otra parte, recordarnos que acaecemos  día a día en la constancia de existir.

 

 

[1] Así se nombra en  Querétaro al primero y dos de noviembre.