Chismes vacíos

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Que fácil nos resulta abrir la boca; sobre todo cuando de juzgar al de enfrente se trata. Criticamos con severidad las acciones de otros, sin siquiera voltear a ver lo que nosotros estamos haciendo: el chisme, en el sentido más amplio, no es más que una opción para saciar la necesidad de morbo.

 

Se encuentra un placer inexplicable en la “búsqueda” de información que nos dé tópico de conversación; de ahí el éxito de los programas de farándula cuyo ingrediente principal son justo eso, los chismes de las vidas de actores y actrices que, no conformes con llevar vidas ciertamente licenciosas, no tienen recato en dar a conocer sus problemas a todo el mundo.

 

De esa forma, sabemos que tal actor resulta ser un desconsiderado porque abandono a su mujer para irse con alguien más y le niega pensión a sus hijos; o la historia de la exuberante cantante que, tras haberse dicho de todo con su ex pareja por la custodia del hijo común, y a pesar de haber pasado por procesos legales realmente complicados, resulta que regresa con el causante de ese dolor porque ya le ha perdonado.

 

Y así, historias tan fantasiosas como ilógicas, todas con un ingrediente común: la explicación de las vidas de los demás.

 

¿Qué sentido tiene vivir de esa forma?, ¿realmente nos llevamos algo de valía a estar al pendiente de lo que otros hacen?, peor aún, ¿ganamos algo cuando socializamos información que no corresponde a nosotros andar divulgando?

 

En medio de ese caos existe complicidad de todos los demás, quienes de alguna manera damos oídos a lo que otros tienen que decirnos y alimentamos esta práctica de comunicación que legitima el derecho a la intromisión sin pago por ello.

 

Cuando un menor crece en un ambiente de esta naturaleza, acaba por hacerse cómplice de una sociedad enferma que hace del chisme vacío una forma de supervivencia realmente común; es un asunto de formación desde casa.

 

Siempre será sano tener referentes y comentarlos en familia, pero de eso a estar por la vida dando santo y seña de lo que otros hacen o viven sólo por el placer de hacerlo, es francamente una incongruencia monumental.

 

Una buena manera de marcar diferencia es tratar de guardar silencio y atender nuestros propios asuntos; no divulgar aquello que no es de nuestra incumbencia ni permitir que se difame a nadie porque eso resulta tan o más grave que el chisme mismo. Aquí aplica aquella máxima de Gandhi: Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala es el silencio de la gente buena.

 

¿De qué lado estamos nosotros?