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Cien años del Museo Regional de Guadalajara

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Siempre es un placer visitar la FIL de Guadalajara. Este año estuvo marcada por la entrega del Premio a Ida Vitale, la muerte del queridísimo Fernando del Paso, la lengua portuguesa y los 68. También por los homenajes a José Luis Martínez, Sergio Pitol, Alí Chumacero, Huberto Batis y Carlos Fuentes. Por lo demás, la FIL no para de crecer; imperan los libros de autoayuda; los niños y amantes del cómic y novelas gráficas tienen más espacios; cada vez se juntan más escritores tradicionales con youtubers y booktubers para hacer libros. Y por supuesto, por toda la FIL rondó el espíritu de la Cuarta Transformación.

 

Pero esta vez no hablaré de la FIL sino de uno recinto emblemático de aquella ciudad: el Museo Regional. Su construcción en cantera data de 1758, hace 260 años, cuando comenzó a funcionar como Seminario. Luego de tener varios usos se inauguró como Museo de Bellas Artes el 10 de noviembre de 1918 por iniciativa de Ixca Farías (benefactor de nuestro pintor Esteban Nava Rodríguez en su paso por la capital tapatía), por lo que estos días el recinto está celebrando su Centenario de vida. Desde 1976 es Museo Regional con salas temáticas de Paleontología y Prehistoria, Arqueología y Etnografía del Occidente, Historia de Jalisco y Pintura de los Siglos XVII al XX.

 

Desafortunadamente en el centro de Guadalajara se realizan obras, así que hay que librar obstáculos para llegar al Museo que está en contra esquina de la Catedral, atrás de la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres y al lado de la Plaza de la Liberación. Tiene varios años que lo visité por primera vez y la verdad en aquella primera experiencia no encontré algo fuera de lo común, pero ahora ha cambiado su museografía, ofrece entretenimientos adicionales y, además, se puso guapo para festejar su centenario con tres grandes exposiciones:

 

  1. En el marco de la FIL y aprovechando que el país invitado fue Portugal, se presentó “Variaciones sobre una tradición: de los pañuelos de amor a los bordados con poesía”, muestra de costuras en tela con poemas que reflejan sentimientos de los amantes y simbolizan su compromiso amoroso, práctica del pueblo lusitano que se remonta a mediados del siglo XIX, cuando las telas industriales favorecieron la expansión de bordados en punto de cruz negro y rojo, a los cuales se añadieron en el siglo XX líneas de colores y otros materiales y motivos. Si la función primaria de los pañuelos fue la expresión de sentimientos, ahora también se utilizan como elementos decorativos.

 

La exposición presentó bordados antiguos, aunque la mayoría son trabajos de artistas contemporáneos a partir del proyecto “Bordado enamorado”, realizado entre 2008 y 2014 por el Museo de Alberto Sampaio y el Centro de Artes y Oficios Tradicionales de la ciudad de Guimaraes. Dichos artistas reinterpretaron los bordados típicos de esta ciudad ubicada al norte de Portugal, enfocándose en los temas de la paz y el amor, basados en poemas como Verdes años de Pedro Tamen (“Tus ojos no eran paz / ni eran consolación. / El amor que el tiempo trae, / se lo lleva en la mano”) y Lugar II de Herberto Helder (“Porque no habrá paz para aquel que ama”), entre otros.

 

Pero el proyecto no sólo se limitó a los pañuelos, pues los artistas y artesanos presentaron otras creaciones con bordados como bolsos de mano con forma de vestido, zapatos de tacón, vestidos (entre los que se incluye un Agatha Ruiz de la Prada), conjuntos, blusas, así como cerámica con motivos similares. Una muestra diferente, innovadora, inspiradora, que ojalá llegue al centro del país.

 

  1. Una exposición propia del Museo Regional es “De Sevilla a Guadalajara. La serie pictórica de la vida de San Francisco de Asís”. Resulta que desde fines del Siglo XVII, el antiguo convento de San Francisco de la capital de Nueva Galicia encargó la realización de una oncena de enormes pinturas con escenas didácticas de la vida del Santo de Asís para engalanar sus paredes. Estas fueron objeto de culto y devoción de los seráficos hasta 1860 en que fueron retiradas del templo y llevadas al antiguo Liceo de Varones, hoy Museo Regional, sirviendo de modelos para los estudiantes de pintura.

 

Por mucho tiempo se pensó que habían sido pintadas por el pintor sevillano Bartolomé Esteban Murillo, incluso en la inauguración del Museo Regional en 1918 se abrió una sala con el nombre de este artista barroco para mostrar las obras, hasta que el hallazgo de un documento fechado en 1694 dio cuenta de que los lienzos fueron hechos por el también sevillano Esteban Márquez de Velasco. Un siglo después se hace justicia a este artista con la exhibición de sus obras que incluyen temas de milagros que Asís hizo después de muerto, como la resucitación de un niño, la sanación de un devoto o la comprobación de estigmas en su cuerpo incorrupto. Imperdible muestra con obras de más de 300 años para disfrute de los amantes del arte barroco en la Nueva España.

 

  1. La menor de las muestras, pero no menos interesante, es “Tina Modotti y la vanguardia fotográfica en México”, llevada a la capital tapatía gracias al apoyo del Sistema Nacional de Fototecas del ex convento seráfico de Pachuca, el cual en 1979 recibió ochenta negativos donados por Carlos, hijo de Vittorio Vidali, última pareja sentimental de Tina antes de su muerte en 1942.

 

La muestra revaloriza el trabajo fotográfico de esta artista conocida por sus ideas comunistas y antifascistas traídas de su natal Italia; las relaciones y el ambiente cultural que vivió en México durante la década de 1920 junto a Nahui Ollin, Antonieta Rivas Mercado, Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, José Clemente Orozco, Frida Kahlo, entre otros; su relación con el líder comunista cubano Julio Antonio Mella, asesinado en México en 1929; y por su influencia en grandes fotógrafos mexicanos como Manuel Álvarez Bravo.

 

Las fotos presentan dos autorretratos poco conocidos de esta hermosa artista y reflejan tres aspectos en su obra: por un lado el romántico, en el que retrata flores (ya en este espacio presenté alguna vez una foto suya de la flor de la manita) y frutos del campo; por otro la modernidad de la época con imágenes de tanques de agua y postes con cables de luz; y por último su lado revolucionario en el que, bajo la influencia del muralismo mexicano, retrata obreros y tipos mestizos e indígenas. Excelente muestra de una vanguardista que si bien no nació en nuestro país, fue mexicana de corazón y de muerte.