Como envueltas con carne partituras divinas

Views: 375

Soy un fanático de la música. No puedo vivir un solo día

sin escuchar música, sin tocar música, sin estudiar música,

sin reflexionar sobre ella (…) un amante de la música.

Me siento como parte de la música con una obligación especial.

Leonard Bernstein

 

(La R haciendo suya está reflexión) Ha llegado un recuerdo de treinta y cinco años atrás y las clases de música del entrañable profesor y compositor, buen amigo, Jesús Echevarría y también músico rebelde en el grupo On’ta, uno de esos que permitieron la decantación de las peñas a las letras del rock mexicano. Ahora con estos recuerdos asocio la influencia de esta banda con mis clases de secundaria. Traspaso la puerta del salón y escucho aquellos sonidos que rayan entre lo paródico y lo nostálgico. Sonidos que encajan de forma extraordinaria y tienen un no sé que, un que se yo… que los hace distintos a otras tendencias musicales en aquellas épocas.

 

Sin embargo este qué se yo, me lleva a recordar aquellos sonidos  que provenían de una pequeña tornamesa con los sonidos de la Novena de Bethoven, aquellas notas que escuchábamos con los espíritus azules que nos regalaba Rimsky Korsakov o las Romanzas sin palabras de Mendelssohn, sonidos, todos ellos que provenían de etiqueta confundida en vinilo equivocado.

 

El buen Chucho nos contaba historias con gran pasión de lo extra musical de los más importantes compositores de la música clásica -docta, reflexiona la R-. Eran historias contadas como aquella del triángulo amoroso que fuera protagonizado por Hans Von Bülow, Cosima Lizt –hija del gran Franz–, y Richard Wagner o el enamoramiento de gran pasión con la soprano de La Scala, Giussepina Strepponi que protagonizara, en momentos de gran tristeza, el gran Verdi poco después de la muerte de dos de sus hijos y muy poco después de su esposa.

 

En una ocasión que teníamos examen de audición de piezas clásicas recuerdo que alcancé a ver en la mesa del profesor un vinilo que anunciaba en la etiqueta el Sueño de una noche de verano de Mendelssohn, mi maliciosa mente me dijo ya nos la puso fácil esa sí me la sé. Y efectivamente, tuve la suerte de que fue el primer disco en poner en la tornamesa, sin embargo al comenzar a escuchar me vino a la mente la serie de los espíritus azules que nos habían visitado desde Bélgica en la serie los Pitufos, eso me hizo pensar que la etiqueta del vinilo estaba confundida y equivocada pues se trataba de un fragmento de Sherezade del gran compositor ruso Rimsky Korsakov. Claro, la clase había estado muy pendiente del ya consagrado grupo de los cinco.

 

Después de haber concluido el sui géneris examen y a propósito de la confundida etiqueta de Félix Mendelssohn, surgió una de esas historias que han sido de gran peso, de estos grandes personajes de la música docta, en esa ocasión se trató de lo que para algunos es una simple leyenda y para otros hay suficientes referentes como para asegurar que Mendelssohn en realidad sí tiene el derecho irrevocable de ser llamado el redescubridor de, tal vez,sólo tal vez, el más grande compositor del barroco, inclusive para algunos, como la melómana R, el más grande de todos los tiempos quien logró el cambio de escalas sin realizar cambio alguno, se trata, claro está de Johan Sebastián Bach.

 

Algunos trabajaron para nobles y reyes pero él, Bach, quien no era un músico popular, generó su música que no se pierde en ornatos inútiles, es pletórica de espíritu. Todas sus composiciones son una Gloria a Dios. Se recomienda de la manera más atenta no confundir con los más de treinta y cinco familiares que practicaban el mismo oficio.

 

Recordemos que el hablar de mitos, en caso de que tal vez, sólo tal vez, se trate de uno de ellos lo que a continuación se relatará, es hablar de construcciones poéticas disfrazadas de leyendas urbanas. Así, es que recuerdo que el profesor Echevarría comenzó a narrar que el joven prodigio musical encarnado en Mendelssohn, un día acompañó a su madre en Leipzig al carnicero, aquella ciudad del Este teutón llena históricamente de gran encanto creativo. Sin embargo al llegar, impávido descubre  que aquel infeliz -o simplemente hombre sin cultivo- envolvía las chuletas que estaba por comerse en un papel curiosamente pautado lleno de notas manuscritas. Llegando a casa descubre que efectivamente se trataban de partituras de Johan Sebastián, así es que, sin dar crédito el joven Felix se dispone a regresar con el carnicero, quien ingenuo solamente puede alegar en su defensa que había encontrado muchos papeles con la descripción pautada en una buhardilla que el hombre acababa de rentar y le compró el resto del lote antes de que fuera demasiado tarde. Gracias a que nuestro joven músico se interesa en la música de esta genio que no había sido interpretada desde su muerte, setenta y cinco años atrás, podemos exclamar el día de hoy: habemus Johan Sebastián Bach.

 

Se dice también que aquello que había descubierto el creativo joven de veinte años se trataba de la extraordinaria obra de La Pasión según San Mateo, obra que maravilló al joven y de manera apoteotica se aferró a que aquello debía ser estrenado. Inclusive aún cuando su maestro Friedrich Zelter no estaba nada convencido de su entusiasmo.

 

Sin embargo Félix preparó por su cuenta una copia para generar una adaptación de dicha obra. El gran evento del redescubrir de Bach fue un 11 de marzo de 1829 en Berlín, fue tal la motivación del joven de veinte años que tuvo muy poco tiempo para preparar tan espectacular presentación, y fue tal su pasión por dicho evento que se dice que al momento de iniciar a dirigir el concierto se percata que las partituras en el facistol no eran las correctas por lo que con gran valentía comenzó a agitar la batuta de principio a fin recordando La pasión completamente de memoria.

 

Hay que considerar que el incipiente compositor en la época ya del Tercer Reich y de las injurias de Goebbels, fue víctima de gran ostracismo por su origen judío. Sin embargo, el éxito rotundo de aquel concierto que se ha relatado, llevó al célebre y joven compositor a pronunciar las célebres palabras: es el destino que sea yo, un judío, quien de a conocer al mundo la obra más grande de la música cristiana.