Conflictos innegables

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Los conflictos que atraviesa la humanidad parecen acrecentarse todos los días; lejos están aquellos tiempos en que genuinamente buscábamos la felicidad como fin último en la vida.  En nuestros complejos tiempos, pareciera que vamos sin rumbo, buscando atesorar cosas y bienes, olvidando por completo aquellas acciones que nos definían como personas buenas.

 

Decimos que somos personas de familia, pero priorizamos el trabajo por sobre cualquier cosa; por experiencia, lo puedo asegurar, ningún trabajo, ninguno, reconocerá todas esas noches sin dormir, esas reuniones maratónicas para sacar pendientes y el esmero por hacer las cosas bien.  Al final del camino, puede llegar cualquier jefe y, por sus reverendas ganas, anular por completo todo eso que supusimos hacíamos correctamente e igual mandarnos a la calle.

 

Decimos que somos agradecidos, aunque con muy corta memoria; son incontables los casos en que personas que reciben ayuda de algún familiar, amigo o conocido, con el paso del tiempo son capaces de olvidar ese gesto, y niegan apoyos que a los ojos de todos son un acto de reciprocidad elemental.  Que buenos salimos para extender la manita sin la disposición de ser tantito solidarios.

 

Antaño, existía un respeto por nuestros viejos, sus palabras resultaban orientadoras y gozaban de una autoridad moral incuestionable; eso mantenía cierto equilibrio en la conformación de la sociedad y ofrecía momentos para la reflexión de nuestro quehacer diario.  Hoy día, podemos ver como las nuevas generaciones se llenan el corazón de arrogancia y son capaces de ponerse de tú a tú con los abuelos, al punto de gritarles, ignorarlos o incluso agredirlos. ¿En dónde están los papás de esos jóvenes? ¿De dónde obtienen ese patrón?

 

Existía un compromiso por tratar de educar a los hijos, lo que implicaba tiempo y seguimiento; si bien las condiciones económicas hacen que muchas madres tengan que salir a buscar la chuleta, eso no justifica el grado de abandono en el que muchos pequeños viven. Crecen sin disciplina, sin hábitos, voluntariosos y luego nos sorprendemos de que en la adolescencia son incontrolables.

 

De ahí que en los últimos meses conozcamos casos en que niños, por el simple hecho de ser castigados con el retiro de su teléfono celular, decidan por ello matarse.  ¿Nos damos cuenta del nivel de intolerancia a la frustración con el que están creciendo los niños de la segunda década del siglo XXI?

 

Estamos en un momento de crisis ética, social, familiar y personal, todos ellos innegables. Estoy consciente de que encontrar equilibrio no es tarea fácil, pero muchas personas simplemente tiran la toalla sin siquiera haberla comprado.

 

¿Queremos más? Es claro que cada vez más personas optan por una mayor formación académica para obtener mayor conocimiento, pues incluso en esos contextos encontramos personas que, atentando a toda cortesía, son incapaces de dejar su teléfono celular aún durante la clase, muestra clara que más allá de grados académicos o diplomas colgados, el verdadero conflicto está en la falta de educación que generamos, permitimos y solapamos en todo momento.

 

Por supuesto que no hay soluciones mágicas, pero cada uno de nosotros bien podría preguntarse: ¿Y yo qué estoy haciendo?

 

De la respuesta, la realidad que vive en este momento.

 

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