¿Consecuencia o castigo?

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Esa es la cuestión. La educación respetuosa está llegando cada día a más familias, eso son buenas noticias, hay un movimiento, un interés, una consciencia. Las familias se empiezan a cuestionar el así se ha hecho toda la vida.

Sin embargo, también es cierto que cuesta mucho deshacer los esquemas que tenemos integrados, cuesta salirse de los patrones de respuesta que hemos vivido desde que éramos niños y muchas veces acabamos educando igual que se ha hecho toda la vida, pero llamándolo de otra manera.

Ayer compartía una imagen hablando sobre esto. ¡Basta ya de consecuencias que enmascaran castigos! Al final no es más que el mismo perro con distinto collar.  Al final no es más que tratar de adornarlo para que el adulto no se sienta mal.

Se trata de un cambio mucho más profundo. Se trata de ponerte en el lugar de la otra persona, estas consecuencias, la mayor parte del tiempo, se marcan desde la superioridad y el autoritarismo, aunque se adornen con palabras bonitas. Esto no es fácil verlo, ni tampoco reconocerlo. Las personas que usan esas consecuencias ya saben el peso que tiene el castigo para el niño.

Las principales herramienta para la disciplina tienen que ser la conexión, la observación de necesidades, el ambiente y el ejemplo. Si nos salimos de ahí, vamos a caer en esos patrones, una y otra vez, aunque seamos conscientes.

Las familias hacen un esfuerzo titánico para llegar a todo y además ahora también se empiezan a preocupar de ese crecimiento personal tan necesario para acompañar a los niños. En ese intento de cambio muchas veces llega la frustración y la culpa porque no nos vemos con la serenidad, la paciencia y la empatía necesarias para acompañar a los niños. Calma, como padres y madres somos exigentes con nosotros mismos. Es normal que nos equivoquemos, es normal que a veces nos caigamos, que explotemos después de estar varios días sin dormir, de trabajar, de tener la casa a punto, de preparar comidas… La cuestión no está en fustigarnos, sino en darnos cuenta cada vez más pronto y enfocarnos en todo lo que sí conseguimos, que es mucho más de lo que seguramente miras.

En los Talleres Presenciales Montessori solemos hacer una dinámica en la que precisamente nos centramos en todo eso que sí conseguimos, muchas personas incluso se sorprenden, es más fácil enfocarse en lo negativo, en lo que tienes aún por recorrer.

Voy a poner algunos ejemplos de castigos enmascarados en un ambiente educativo:

Castigo disfrazado:

Dejar al niño al último a la hora de irse a casa habitualmente porque no está preparado.

Va a salir…. va a salir….. va a salir….. Así los niños se van levantando, dejando para el final al niño que no puede estar quieto, dejando para el final al niño que le cuesta mantener su atención, que suele salir al último de la clase prácticamente a diario.

¿Por qué? Es una consecuencia de no estar preparado para irse para casa. No, eso no es una consecuencia, es un castigo, y que tú lo llames consecuencia no hace que el niño se sienta bien, las medidas disciplinarias no han de hacer sentir mal a los niños, porque entonces cada vez hay más ira, cada vez más frustración, cada vez más rabia… Estás pidiendo al niño más de lo que puede dar, dándole el mismo mensaje que con el castigo, y dañando su autoestima igual que con el castigo.

Si eres consciente de que a ese le niño le cuesta estar sentado, llámale el primero o el segundo para que sienta que lo puede conseguir y cada día ve dándole un poquito más de tiempo, hasta que sienta que consigue salir el último estando quieto, utilizar eso para hacerle sentir mal y que vea que si no está quieto será el último es un castigo.

Castigo disfrazado:

Dejar al niño sin/patio porque no ha trabajado lo suficiente o no se ha comportado a la hora de trabajar

Eso es un castigo aunque tú lo llames consecuencia. Los niños necesitan movimiento, los niños necesitan juego. Habitualmente los niños que reciben este tipo de castigos enmascarados son los que más se mueven, así que le estás privando de su gran posibilidad de sacar afuera sus necesidades.

Si ese niño no ha trabajado, si ese niño tiene falta de autocontrol, acompáñale, ofrécele actividades manipulativas que le permitan sacar y canalizar su energía, busca la manera de hacerle reír y conectar con él, de ganarte al niño, hazle sentir útil, hazle sentir importante, hazle sentir válido.

Cómo Pepito no ha trabajado durante la mañana, se quedará este ratito a trabajar  Las palabras son muy bonitas, pero el niño se queda con la experiencia, no con las palabras. Esa experiencia va dañando su autoestima.

En muchos entornos, incluso en algunos en los que supuestamente hay una educación respetuosa, se cae en los castigos disfrazados. ¡Ojo con este tipo de consecuencias porque incluso son más destructivas que los propios castigos, que al menos van de frente y el niño los ve venir! Estas consecuencias que enmascaran castigos son incluso más retorcidas que el propio castigo, es fácil caer en intentar tener un ambiente bajo control usando otras vías, es fácil perder la confianza en los niños, desenfocarnos porque sentimos que el ambiente se nos va de las manos y acabar utilizando herramientas de control en las que no crees, porque no consigues que ninguna otra funcione. ¿Por qué? Porque es una manera más rápida de recuperar el control y no sentirnos juzgados como educadores. Por eso, siempre es bueno volver a leer y releer sus libros,  siempre descubres nuevos enfoques y vuelves a la esencia.

Claro que existen que existen las consecuencias. Pongamos un ejemplo; si un niño ha manchado una mesa le invito a limpiarla y le puedo ofrecer mi ayuda. No estoy por encima de ti, estoy contigo.

Las herramientas disciplinarias han de hacer sentir al niño que lo puede conseguir, que lo puede solucionar. Cuando las herramientas que usamos le hacen sentir inferior, cuando le hacen sentir menos que los demás, puede que consigan reconducir su conducta, pero a costa de dañar su autoestima, su seguridad, la confianza en sí mismo y la percepción sana sobre su propia persona. La principal vía para la disciplina es la conexión, la canalización de necesidades, encauzar la energía con un buen ambiente y el ejemplo.

Por más que hablemos con buenas palabras a un niño de cuatro años con energía desbordante, esto no es suficiente, tenemos que ganarnos al niño, cautivarle. Ser una inspiración para él, que le conquiste, con canciones, con juegos, con el ejemplo.

No es suficiente no gritar, el niño tiene que poder sacar toda esa energía de forma constructiva, si no lo hace; tarde o temprano explotará en forma de rabieta o de nerviosismo incontrolable. El niño necesita trabajo inteligente acorde a sus sensibilidades para que su mente vaya organizando razonamientos, para que sus esfuerzos y sus movimientos cobren sentido para él y comience a concentrarse y a encontrar su equilibrio interno.