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Contra el desperdicio: las “caras rotas”

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Fue tal la brutalidad experimentada por los ejércitos en la Primera Guerra Mundial que al finalizar la contienda en 1918, en Francia había unos 15 mil combatientes con heridas severas en el rostro (no cuento con datos para los otros países en conflicto) que los convertía en seres deformes. Para atenderlos se creó la “Unión de Heridos en Cabeza y Cara” y su primer presidente, el coronel Yves Picot, inventó un término para honrarlos: “las caras rotas” (les gueules cassées, en francés).

 

Un siglo después, los productores agrícolas Nicolás Chabanne y Renan Even, conscientes de que un tercio de las frutas y verduras cultivadas no llegan al mercado por su mal aspecto (aunque tengan buen sabor, están deformes y la gente las rechaza), rescataron dicha expresión para fundar el colectivo “Las Caras Rotas”, cuyo fin es combatir el desperdicio de alimentos y vender cultivos con “cara fea” y deformes a menor costo. Incluso crearon un logo con una manzana poco agraciada, pero sonriente, y un lema: “buenos para consumir, no tirar” (www.lesgueulescassees.org).

La existencia de ésta y otras organizaciones similares es muestra de lo absurdo que puede llegar a ser el trato que damos a los alimentos. El hambre sigue siendo un gran flagelo para la humanidad y parte del problema reside en el desperdicio que nosotros mismos provocamos, de manera que la mitad de alimentos producidos no llega a las mesas. Por ello las “Caras Rotas” es una alternativa ingeniosa para evitar el despilfarro, pero no es la única.

 

La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) calcula que en el mundo unos 815 millones de personas padecen hambre y que se pierde casi una tercera parte de la comida que se produce, equivalente a 1,300 millones de toneladas (30% cereales; de 40% a 50% de raíces, frutas y verduras, siendo los alimentos más desperdiciados en el planeta; 35% de los peces; y 20% de semillas, oleaginosas, carne y productos lácteos), sobre todo en la fase de distribución y particularmente los consumidores tienen culpa de ello.

Por eso existen diversas iniciativas que luchan contra el desperdicio. Francia es uno de los países de la Unión Europea que va a la vanguardia en evitar el desperdicio. Es el primer país del mundo en prohibir legalmente el desperdicio y una ley impide a los supermercados de más de 400 metros cuadrados tirar a la basura productos perecederos, los cuales deben donarse a organizaciones dedicadas a la alimentación animal o la fabricación de abonos agrícolas. Mientras que en París existe el anticomedor popular llamado Freegan Pony (de free, libre; vegan, vegano; y un pony que patea un bote de basura del cual salen sobras de alimentos), el cual contrata chefs para cocinar platillos gourmet con frutas y verduras que no han sido vendidas en el mercado.

 

En España el grupo “Comida Basura” denuncia la práctica del derroche al recoger de los contenedores alimentos supuestamente caducos y con ellos prepara grandes festines para los hispanos pobres. Mientras que en Copenhague, Dinamarca, existe el supermercado Wefood, dedicado exclusivamente a la venta de comida caduca o con paquetes defectuosos, al 50% de su precio original. Y si le seguimos rascando encontraremos diversas iniciativas en todo el mundo, especialmente en Latinoamérica.

En México, un estudio del CONACyT estima que se pierden 20.4 millones de toneladas de comida equivalentes a 34% de la producción nacional y más de 400 mil millones de pesos al año. Por ello diversas asociaciones y bancos de alimentos trabajan desde hace años para evitar desperdicios. Por ejemplo, la Asociación de Bancos de Alimentos (BAMX) que reúne a más de 50 de estas organizaciones en todo el país, hace el esfuerzo de rescatar alimentos en toda la cadena de valor, desde los campos agrícolas, centrales de abasto, tiendas de autoservicio, manufactura, restaurantes, hoteles y consumidores finales. Sólo en 2017 rescataron 104 mil toneladas de alimentos (55% son frutas y verduras) en beneficio de 1.2 millones de personas.

 

Y si bien no es lo deseable, mucha gente de escasos recursos acude de manera cotidiana a los centros de abasto a recoger de la basura alimentos desechados por su aspecto, contribuyendo con ello a su propia manutención. Este ejemplo nos debe hace cobrar conciencia de la imperiosa necesidad que tenemos de erradicar el derroche y llevar a cabo un mayor esfuerzo por valorar las guayabas, mangos, nopales, pepinos, aguacates y plátanos aunque tengan mal aspecto. Ellas son nuestras “caras rotas”.

 

Sé muy bien que este artículo no es cultural, pero en esta ocasión decidí recordar el “Día Mundial de la Alimentación” (16 de octubre), intentando generar un poco de conciencia entre los lectores…