Cuitas y curiosidades de los informes presidenciales

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Informar y rendir cuentas es un ejercicio republicano. En México, si acaso, debemos buscar los antecedentes de este ejercicio no más allá de 1814, cuando el Congreso de Chilpancingo se convirtió en la ruina del cura Morelos al comenzar a despojarlo del mando de las tropas insurgentes y al exigirle dar explicaciones sobre sus fracasos en el sitio de Acapulco y el asalto a Morelia.

 

El primer presidente, Guadalupe Victoria, también rindió el primer informe. Ya sabemos que tomó posesión de la presidencia el 10 de octubre de 1824, pero debió haberlo hecho el 1 de abril de 1825. ¿Para qué esperar si el Congreso ya lo había elegido? Pasando por alto el detalle de que violó la Constitución, hay que decir que festejó el año nuevo de 1825 rindiendo su informe. Lo haría varias veces más hasta 1829, aunque no hubiera mucho que informar.

 

Una sola vez rindió informe Vicente Guerrero, nuestro segundo presidente que llegó al poder gracias a un golpe de Estado. Pero dicen que lo hizo tan mal (hay que leer sus cartas donde se refiere a Europa como la “Eugropana” y recordar que era un mulato que prácticamente toda su vida la hizo en las montañas del Estado que actualmente lleva su nombre) que la gente “de bien” de la época lo consideró un motivo más para quitarlo del poder, de ahí que Guerrero se fue como llegó: con un golpe de Estado de Bustamante.

Ya sabemos que la época que siguió fue de gran inestabilidad para el país, por lo que no todos los presidentes rindieron informes. Pero varios si pudieron. Imaginemos al “Seductor de la patria” (Enrique Serna dix it), Santa Anna, informando al congreso con flojera (hay que recordar que de la presidencia le gustaba el boato y la fiesta, pero no los deberes propios del cargo) o con cinismo después de ir y venir del poder a su antojo y conveniencia.

 

Imaginemos a Anastacio Bustamante y a Valentín Canalizo, que si bien pertenecían a la clase “decente”, eran personajes incultos y de modales hoscos (de hecho a Bustamante le apodaban “Brutamante”). A Gómez Pedraza, quien sólo rindió un informe y pudo haber sido buen presidente de no ser por el golpe de Guerrero. A Miguel Barragán, el presidente más honrado, quien tuvo tiempo de informar antes de morir de fiebre ejerciendo el cargo. A Paredes y Arrillaga informando lo injustificable: el golpe que propinó al presidente Herrera mientras los Estados Unidos invadían el país. A Manuel de la Peña (sí, el actual no ha sido el único Peña en pleitos con Estados Unidos) informando la cesión de más de la mitad de territorio al vecino del norte. O a José Joaquín Herrera y Mariano Arista quejándose de que el militarismo era el más grave problema de México.

 

Pensemos en Ignacio Comonfort, un día con un discurso liberal y al otro con uno conservador (siempre bajo el influjo negativo de su madre que le ordenaba lo que tenía que hacer). O en Benito Juárez que de los 14 años de su presidencia sólo pudo informar la mitad de ellos pues la otra se la pasó a salto de mata, huyendo de invasores conservadores y franceses, y al final de su vida informando para sí mismo, pues los liberales lo habían abandonado.

 

La prensa da el récord a Porfirio Díaz: 61 informes, y cómo no, si estuvo 33 años en el poder. Dicen que al “Llorón de Icamole” no sólo se le salieron las lágrimas cuando fue derrotado en ese pueblo neoleonés en 1876; ya antes, cuando fue diputado allá por 1871, a Díaz se le salieron las de cocodrilo dando un discurso al Congreso. Tal vez para evitar que le ganara el sentimiento (y dado que no era gran orador), muchos informes los leyó algún burócrata a su servicio mientras él, sentado a su lado, lo escuchaba atentamente.

 

Ya en plena Revolución, pensemos en Madero y su voz chillona, hablando de la democracia (que fue su ruina). En Victoriano Huerta hablando todo beodo por la botella de coñac Hennesy que se empinaba a diario. O en el imponente Carranza hablando de su jefatura constitucionalista, antes de que a este “Barbastenango” le sacarán el “mondongo” allá por “Tlaxcalantongo”.

 

Y qué decir de los sonorenses: Adolfo de la Huerta, primero en llegar en carro al Congreso, informando con su potente voz de tenor. Obregón, desplegando ironía y buen humor (“Desde luego que la muerte suerte existe pero Dios sólo la reparte entre los tarugos”). Mientras Plutarco Elías Calles informaba sobre la estrategia política más seria del siglo XX: la creación del partido oficial (1929). Y su compinche Abelardo Rodríguez (enriquecido gracias a sus casinos en Baja California y sus vínculos con la mafia norteamericana), inaugurando la absurda costumbre de hablar durante mucho tiempo (casi 8 eternas horas).

 

Toca el turno a los posrevolucionarios: Pascual Ortiz Rubio “El Nopalito”, ese que recibió un tiro en la mandíbula el mero día de su toma de posesión, proponiendo en un informe que los días 6 de enero ya no se celebrara a los Santos Reyes sino a Quetzalcóatl. Cárdenas y el primer informe transmitido enteramente por radio. Ávila Camacho con su tufo a iglesia. Miguel Alemán y el primer informe transmitido por televisión. Los Adolfos: Ruiz Cortines hablando ceremoniosamente pues “investidura obliga” y López Mateos o el “moderno seductor”. Gustavo Díaz Ordaz extendiendo la mano a unos estudiantes que semanas después mandaría masacrar. Luis Echeverría creando fideicomisos en cada línea escrita. Y López Portillo (JoLoPo) gastando miles de millones de dólares en cada párrafo pues México era el “cuerno de la abundancia”.

 

El primer informe del que tengo memoria fue el sexto de JoLoPo de 1982. Lo escuchaba junto a mi padre en la radio del carro familiar. No entendía lo que decía el presidente pero intuía que pasaban cosas graves pues no sólo se puso a llorar (como ya vimos, no fue original pues no fue el primer presidente chillón), también se quería convertir en perro para defender a un tal “peso”. Con Miguel de la Madrid ya tuve un poco más de conciencia y me sorprendió que hubiera gente gritándole y reclamándole al mismísimo presidente de la República (luego supe que había sido Porfirio Muño Ledo, aquel que junto a Cuauhtémoc Cárdenas provocó el primer gran cisma del PRI).

 

Con Salinas todo parecía ir bien hasta que llegó el annus horribilis de 1994. Sin embargo, el inteligente y maquiavélico Salinas nunca perdió la compostura. Lo que sí es que las protestas se convirtieron en habituales en los informes. Lo mismo pasó con Zedillo, pero en su periodo ocurrió un punto de inflexión: en la primera legislatura con mayoría opositora de la historia en 1997, el presidente fue obligado a presentar su informe como marcaba la ley, a las 7 de la noche, luego de que todos los anteriores lo habían dado en la mañana para después tener tiempo de cumplir con el larguísimo ritual del besamanos.

 

A partir de entonces los informes se convirtieron en un trámite engorroso e incómodo para los mandatarios. Ese día dejó de ser el “Día del Presidente”. La cara de Vicente Fox hablando ante el Congreso así lo reflejaba y de plano su último informe ya no lo pudo dar porque no lo dejaron entrar a la Cámara de Diputados. Y el primer informe de Calderón transcurrió entre desaires. Así que tanto Calderón como Peña se evitaron la fatiga y comenzaron a mandar a sus Secretarios de Gobernación a cumplir con la obligación y ellos se refugiaron en Los Pinos o en Palacio Nacional para ofrecer sus “mensajes a la nación”.

 

Total que la obligación republicana de informar se sigue cumpliendo aunque los presidentes no vayan al Congreso y se empeñen en dar un mensaje en otro espacio, y aunque a muchos mexicanos no les interese.

 

Cuenta una leyenda que una vez, a fines de los 70, un presidente municipal de Escobedo, Querétaro, después de una noche de juerga dio el informe más breve y transparente de la historia pues ni sobró, ni faltó, ni dejó deuda. Dijo así: “¡Se gastó lo que entró! ¡Se hizo lo que se pudo! Y ya me voy porque tengo mucho trabajo. Muchas gracias.” Tal vez si los presidentes hicieran sus informes de esta manera, serían aplaudidos a rabiar por el pueblo mexicano.