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Cultura e historia en los textiles mexicanos

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La primera vez que vi textiles como piezas de museo fue en 1994, siendo estudiante en el Claustro de Sor Juana, al visitar su Museo de la Indumentaria Mexicana “Luis Márquez Romay”, que cuenta con 7 mil piezas donadas desde 1985 por este coleccionista de arte popular. Luego, en 2009, en Teotitlán del Valle, Oaxaca, observé la elaboración artesanal de los tapetes que dan fama a este pueblo. Un par de año después, en 2011 conocí el Museo Textil de la capital oaxaqueña (fundado en 2007); y al año siguiente encontré textiles en otro museo sui generis de Oaxaca: el Belber Jiménez (data de 1974).

 

Más adelante, en 2016 tuve la oportunidad de visitar la exposición “El arte de la indumentaria y la moda en México 1940-1950” en el Palacio de Iturbide, cuya peculiaridad fue unir el universo textil indígena con el de los diseñadores contemporáneos. Ese mismo año el Museo Franz Mayer abrió el Centro de Arte Popular “Ruth D. Lechuga”, que entre otras cosas contiene textiles de esta investigadora austriaca. Y de forma recurrente me topo con textiles, por lo que prácticamente no hay exposición de arte popular e identidad que no los tenga.

No hay que ser genios para concluir que los textiles forman parte fundamental de la cotidianidad de los seres humanos, incluso no hay civilización sin textiles y que cada vez cobra mayor importancia su inclusión como elemento integrante del devenir histórico universal. Para no ir más lejos, a mediados del siglo XVIII la primera Revolución Industrial del capitalismo fue impulsada por la industria textilera. Aunque, desafortunadamente, por los materiales con que se elaboran, su manejo es delicado y su conservación difícil, pero la existencia de espacios que los preservan indica que no todo está perdido.

 

El Museo de Arte Popular de la CdMx también contiene una gran cantidad de textiles en su muestras permanentes y, no conforme con ello, por estos días presenta la exposición temporal “México Textil”, que muestra desde figurillas de cerámica prehispánicas (culturas de Occidente, el Golfo de México, Maya, Teotihuacana, Totonaca y Tolteca) elaboradas y pintadas con ropajes, hasta piezas con diseños tradicionales utilizados en el arte contemporáneo mexicano.

Luego de los atavíos prehispánicos podemos apreciar pinturas del periodo novohispano, como el retrato del primer Virrey Revillagigedo, con majestuosos ropajes, así como indumentaria religiosa. Pasando al siglo XIX se pueden admirar trajes típicos como los de la China Poblana y el Chinaco, los del Charro y vestidos de mujeres del campo, maravillosas elaboraciones en diversas telas de diferentes órdenes de monjas como las brígidas, así como las primeros trajes y accesorios indígenas. Luego se exhiben algunos telares y sus partes principales (malacates, cápsulas, sellos, hilos, agujas) y una muy interesante sección sobre pinturas naturales vegetales extraídas del Caracol Púrpura, Añil, Heno, Mano de León, Huizache, Colorín, Cempasúchil, Zacate, Gualda, los Palos Amarillo, de Brasil y de Campeche, Pericón, Grana Cochinilla y Muitle.

 

Es entonces cuando comienza la explosión de tapetes, sarapes, jorongos, fajillas, bolsas, cortinas, bordados, enredos, camisas, blusas, huipiles, rebozos y quechquemitls. Y entre los artistas que crearon textiles pictóricos apreciamos una litografía decimonónica de Casimiro Castro, un dibujo de José Clemente Orozco, dos excelsas pinturas de Raúl Anguiano, dos acuarelas de Ramón Valdiosera y ocho de las famosas láminas con “Vestidos indígenas” hechas por Carlos Mérida, cuya característica más reconocible es mostrar a las figuras que modelan los trajes con grandes ojos blancos y sin pupilas. Adicionalmente vemos un bordado de Julia Santos y del artista Francisco Toledo, así como ropas utilizadas por diferentes artistas en la época de oro del cine nacional.

La muestra termina con diversas piezas de arte textil contemporáneo y ciertas reflexiones sobre el mismo, como el caso de las prácticas colaborativas, ya sea entre los propios artesanos o de éstos con empresas de diseño, fundaciones y artistas; así como prácticas nocivas y abusivas: el robo y plagio de diseños por parte de las empresas Mango, Pineda Covalín, María Hoffman, Zara, Rapsodia e Isabel Marrant, lo que deprecia el valor y la mano de obra artesanal.

 

Vale mucho la pena admirar esta exposición que concluye el próximo 2 de septiembre.

 

¡Cómo se me pudo olvidar! En 2015 el Castillo de Chapultepec presentó la exposición “Hilos de Historia”, de la Colección de Indumentaria del Museo Nacional de Historia que mostró, por un lado, ropajes que utilizaron algunas figuras importantes (Guerrero, Juárez, Morelos) y, por otro, vestimentas de uso cotidiano de los mexicanos y de grandes diseñadores en diferentes épocas.

 

Naturalmente ha sido mi exposición textil preferida dado que soy apasionado de la historia. Recuerdo especialmente la casaca de Morelos, que en 1910, con motivo de los festejos por el Centenario de la Independencia, el reino de España devolvió a México. El encargado de traerla fue el Marqués de Polavieja, quien también estuvo en Toluca para inaugurar la “Plaza España”, antes “Plaza de la República”, y mucho antes “Plazuela del Carmen”.

 

En una ocasión, no recuerdo bien si en Oaxaca o Chilpancingo, allá por 1813, Morelos recibió una carta donde lo prevenían de que un señor “barrigón” era un traidor, a lo que Morelos respondió que el único barrigón era él. Por ello al ver su casaca pensé que tal vez me queda por lo panzón que estoy y que podría ir por la vida presumiéndola, aunque sea con pantalón de mezclilla.