De cristal

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Avanzaron juntos entre las plantas de hojas anchas que los reverenciaban en la cara. Las manos de ambos, respondían la cortesía haciendo a un lado el follaje que ocultaba a unos metros la casa de madera que los aguardaba desde hacía días.

Él la miraba sorprendido al percatarse de los agudos ojos con que ella aguzaba los sentidos para tomar las maravillas del lugar. Con tono divertido le dijo que parecía una niña. Al entrar al lugar se destilaba primor; cada una de las pinceladas de decoración, convertían el sitio en un lugar dulce y sugerente de amor. Ante su inexperiencia, para ella inesperado.

El interior de la casa, estaba combinado de un cristal que permitía sentir el dominio del afuera dándole la luz del día como de la noche, el gigante foco de la luna iluminaba la morada. Ella miraba cada uno de los objetos con la que componían la atmósfera: los accesorios, las ventanas, las cortinas. Le sonreían canastas de mimbre en donde reposaban accesorios básicos que le recordaban la delicadeza de ser mujer. Cada una de ellas, tenían el fino detalle de un listón, de frascos con figuras de cisnes simulando la frágil silueta de una dama, las canastas de diversos  tamaños oportunamente colocadas en cada sitio que la requiere en auxilio de las flores, las fragancias y accesorios de aseo personal que le piden la intimidad de un momento para sí.

Los cristales coqueteaban con la silueta que se descubre ante las formas de su feminidad. Se mira de frente, retándose con el atisbo felino del deseo. Se reta frente al espejo tocando sus hombros como si fuera gata lamiéndose de la barbilla hacia los hombros desnudos placiendo la dócil textura de su piel.

La mirada minuciosa del hombre no pierde detalle de los movimientos, camina hacia ella, abrazándola por la parte de atrás de la cintura le balbucea al oído con el cálido aliento de su boca: Pareces una niña en el cuerpo de mujer. Ella no le dice nada y escapando sus sensaciones, se refugia en tocar las texturas, en vivir los colores, moja con el alma el momento, aspira profundo.

Él no pierde detalle, contemplarla ya no es suficiente, nuevamente avanza hacia ella pero esta vez, la trae hacia su cuerpo, ofreciéndole paladear un  amargo chocolate que hace comparsa con el sobrio líquido del vino tinto. Él come de su boca conjugando los sabores. Ávido sorbe el líquido, muerde  los labios de niña, saborea la encarnada lengua, se pierde en el brío del hábil músculo que juguetea en la sutileza de sus besos.

La sintió a la medida de su cuerpo, percibió que la dama se había perdido de cosas por vivir. Él pensaba en la fragilidad, en esa fragilidad de sentirla vulnerable, en la fragilidad de lo que no se sostiene, en la fragilidad de lo efímero.

Ante él se abrió la posibilidad del enamoramiento, de volver a permitirse lo que en otro momento la pasión le arrebató. Sabía que no era amor, sin embargo las delicias de tocarla lo perdían en otras sensaciones.

Miró la expresión ingenua de ella, se impregnó de aromas y cerró los ojos  hundiéndose en el creación de la sensualidad. La volvió a besar, comió de su boca antes de que la cristalina y frágil imagen del amor se rompiera. El mañana sería otro día sin asideros, el cristal que se rompe ante el golpe inevitable de la verdad.