DE LA BICI AL LIBRO

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Se dice fácil… 26 millones de muchachos retornando  a las aulas escolares. Algunos que se enfrentarán por vez primera con las vicisitudes del alfabeto, otros que deberán despejar ecuaciones de segundo grado y, de por medio, la trigonometría de Pitágoras y las necesarias lecciones del idioma del futuro… “my name y Pedro Martínez and I live in Toluca”.

De ese modo, pasando de un periodo de inanidad a otro de esfuerzo mayúsculo, es como aprendemos de los ciclos de la vida. Bicicletas y mochilas, playa y pupitres, ocio bendito y la maldición de la brega de sol a sol. Levántate temprano, esfuérzate, ¿ya hiciste la tarea? Y todo para que a la hora del premio, resulte que no estuvimos en el equipo del candidato ganador. Ni modo, lánzate al “outsourcing”, que es el nombre elegante de lo que hasta hace poco denominábamos frilanz.

En los pizarrones vamos aprendiendo que la vida es un constante intercambio de esmero y recompensa. Las calificaciones de los pupilos serán, con el tiempo, las quincenas de los asalariados. El que sabe más y mejor resuelve los problemas, sacará diez, los que no serán los usuarios permanentes de las secciones del Aviso Económico. (Y que conste que en lo personal, ahí mismo fue donde hallé aquel anuncio por el que di con uno de los empleos más interesantes de mi vida, como redactor de la revista Hombre de Mundo).

Hay una emoción especial, inolvidable, de aquel primer día de clases. ¿Cómo será la maestra? ¿Quién será mi compañero de banca? ¿Nos obligarán a recitar poemas en voz alta? Y allá íbamos cargando la enorme bolsa con los útiles escolares… los lápices, las escuadras, el compás, desde luego los cuadernos y algunos libros imprescindibles. Luego nos entregaban los libros de texto gratuito, donde aprendimos eso que hoy llaman “corrección política”, donde las diferencias sociales eran edulcoradas al máximo y se hablaba de una patria ideal que no correspondía con la que palpitaba al salir del portón del colegio.

Luego nos correspondió estar en la otra banda, forrando cuadernos y etiquetando uniformes, porque deporte de los deportes era perder el suéter al tercer día de clases, y allá debíamos acudir al rescate, en aquellas bodegas olorosas a polvo y transpiración, donde se juntaban las loncheras, los tenis perdidos, los suéteres y alguna bufanda anónima. Tiempos en que debimos prestarnos como auxiliares complementarios intentando recordar el uso del gerundio, los barruntos de la raíz cuadrada, la clasificación de los vertebrados.

Conocimientos y más conocimientos que, en algún momento, nos preguntábamos: ¿y para qué demonios me podrá servir que los persas invadieron Grecia una y otra vez en las guerras médicas, si todavía no se inventaba la cirugía? Estaban (y están) las clases de Historia, donde había héroes buenos y otros no tanto, unos que traicionaban y otros que eran de una pureza angelical. Las lecciones de ciencias naturales, que incluían los esquemas anatómicos donde era confusa la presencia de un riñón y un testículo, y no había osadía suficiente para preguntarlo. Las lecciones de Geografía, el despojo “de la mitad del país” en la guerra de 1847, que perdimos por la fatalidad histórica que nos persigue desde que Hernán Cortés pisó las playas de Culúa.

Francisco Gabilondo lo cantó de un modo inmejorable, al grado que su estrofa es ya arquetipo de la temporada. Con sus libros bajo el brazo, vano los animales caminito de la escuela. Y con el gis en la mano, la regla y el borrador, ante el pizarrón estaba la maestra Elba Esther recibiendo a sus caprichoso alumnos, como ahora ha recibido a los reporteros para explicarles punto por punto su inocencia y la vitrina de honestidad que merece en el Museo Nacional del Sindicalismo.

Pasar lista, entregar la tarea, compartir el lunch en el recreo… como otro ladrillo en el el muro –cantaba Roger Waters en Pink Floyd–. “¡Ey, maestros, dejen a los niños solos!”