De leer y el fútbol

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No recuerdo, desde que lo hago conscientemente por placer, tener tanto tiempo libre para leer y paradójicamente, no hacerlo. Fuera del positivismo ramplón, sí se alberga cierta esperanza de utilizar el confinamiento para encontrarte con ciertos libros. La oportunidad luce inmejorable, lamentablemente es inaudito también el bloqueo mental para sostener la atención en un texto. Con los días he aceptado el esfuerzo bárbaro que nuestra mente hace para estar en línea con lo que sucede afuera y no perder el control. Que por eso huye de los espacios abiertos que la imaginación significa y se refugia en el entretenimiento pronto e inmediato. No obstante, y aunque la respuesta concluye en lo que a ti te sirva, cabeza, queda la frustración.

Afortunadamente en la vuelta a los viejos hábitos de un confinamiento autoinfligido, se encuentran las salidas. Así, me hallé en las patas de ese árbol en un sendero abandonado, vagando en un complicado de José Gorostiza (caridad del poeta Saúl Ordoñez) y otro desgarbado de Robert Louis Stevenson (A través de las praderas). Delicioso. Pero, particularmente es un momento de alivio. En retrospectiva, no se cabe en ese delirio: como el de un alcohólico en el beso negado a la trompa de una botella. Por otro lado, al menos de este lado, como en otros placeres en la vida, siempre queda el temor de un día no sentir lo mismo y no regresar. Bah, tonterías de quien siempre vive en futuro.

Como no fue el caso, mirando la hierba seca que mordían el trigo del sol, buscaba en la memoria aquel primer encuentro con un texto, con ese adormecimiento fantasioso de la lectura. Tal vez para comparar el rato, tal vez por más calma. El asunto fue que recordé una audiencia nocturna en mensajes de WhatsApp entre La galleta y el que aquí compárese, con una pregunta similar: ¿recuerdas cómo fue que empezaste a leer?

Hasta ese momento tenía claro el episodio, pero lo había cambiado por uno más glamuroso; ignorando todo lo que le debo al fútbol, a los sueños de todo chiquillo. La galleta contaba que su padre al volver de viaje, traía consigo algunos libros, historias que devoraba con gozo. Que por eso lo libros en casa fueron muchos y siempre había algo que leer; casi un dulce accidente. En mi caso no fue tal, no hubo pilas de libros ni quien los llevara a casa. Ni siquiera en la escuela hubo un buen guía que hiciera esa tarea, una realidad de muchos en este país. Si no es así, avisen para sentirme maldito.

En aquellos años, cuando La galleta tropezaba con libros como si fueran piedras, yo ayudaba a mis padres en la miscelánea que tenían entonces en el centro de Tenancingo. Las tareas eran muchas, pero entre descansos, miraba el televisor. Si era sábado, el aparato no podía estar en otro canal que no fuera la liga mexicana por los borrachos que iban a beber cerveza al changarro. Por supuesto que no hace falta mucho para que un chamaco sueñe con el fútbol en este país, pero entonces el internet era una novedad al que solo algunos pocos privilegiados tenían acceso. No era como que apagando el televisor corrieras a la computadora para buscar información de equipos y jugadores. Esa información estaba en los periódicos y las revistas.

Enfrente de la tienda, en el primer corredor del mercado Riva Palacio, estaba el puesto de doña Mari quien tenía las entonces primeras ediciones de Futbol Total. Los jugadores del televisor estaban ahí en primera plana, colgando por la panza de un lazo encima de otras revistas, muchas de ellas, El insólito. Así es como explico que corriera desde el negocio familiar hasta el de periódicos con 20 pesos en las manos y me hiciera un ávido coleccionista de sus números.

Lo que las ediciones de Fútbol total me dieron fueron dos cosas, en primer lugar, un decorado muy chingón para mi cuarto con los posters que edición tras edición publicaban, pero más importante que eso, mi primer acercamiento a la lectura, la lectura que de la curiosidad saltaba al placer sin que yo lo supiera. Entre fichas técnicas, resultados, comparaciones de depredadores del área y las 25 cosas que querías saber de… Francesco Totti, pasaba horas entre sus líneas.

Sin embargo, la Fútbol Total era más que eso, era una buena pieza literaria. Cada edición abría, luego de la editorial, con una majestuosa postal del juego, ya sea de Roberto Carlos en aquel enigmático gol de chanfle en vísperas de mundial del ‘98 (el mejor de la historia), una cancha en la espesa neblina o Diego Maradona antes del dopaje sobresaliendo de entre los hombros de sus compañeros en la entonación de los himnos y otras más; todas con un agregado, una micronarración de algunos renglones que daba el contexto perfecto que elevaba el sopor del que ya de por sí habías bebido bastante.

De periodistas nunca supe mucho en esos años, más que de los tremendos audífonos por las parodias de Jacobo Zabludovsky, en cambio, leía la opinión de los ahora viejos coyotes, Rafa Puente, Toño Rosique, Ciro Procuna, José Ramón Fernández y otros. Mejor, leí de primera mano, las plumas hoy consumadas como Jorge Valdano, Alberto Latti y el mismísimo Juan Villoro, todos hablando de un tema aparentemente banal que entonces me abrazaba. Si les doy otra hojeada, seguro encuentro más de una sorpresa de ese estilo. Jugadores, narradores y sus anécdotas, semblanzas, historias de esfuerzo y gallardía, crónicas del juego y de la vida, ejercicios puros de la mejor calidad que podrían más de uno a replantearse las redacciones. Hoy lo entiendo, pero entonces no y eso era lo mejor.

Ahora, si se trata de mi Cruz Azul, pongo el juego. De lo demás veo poco. Si hay una buena película o algo que me atraiga, no dudo en cambiar de canal. De pronto los intereses varían, pero es cierto que soy un almanaque de datos y cosas que a veces callo en esas discusiones estériles porque ni a mí me importan ya demasiado. El fútbol de este lado del charco es un tanto más torpezon y de mucho sudor sin sentido. Lo importante de esas revistas polvorientas es saber que antes ya gozaba de la lectura sin saberlo. Que sin saberlo me fui también, y que volví por la otra historia, la de aquella mujer en la universidad, la que he contado en otros momentos. Dicen, que redirigir la atención es el principio del juicio. De ser así, lo importante es volver.