Deberes de los seres humanos  

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“La única forma de regenerar el mundo es que cada uno cumpla con el deber que le corresponde”

Charles Kingsley

 

En nuestros días es muy usual hablar de los derechos que como seres humanos tenemos, se han implementado medidas de control y vigilancia para verificar el estricto cumplimiento de estos; se multiplica la información, la investigación y la divulgación de estos derechos fundamentales en la humanidad.

Sin embargo, existen grandes divergencias en el delineado de una modernidad que lucha por dominar su propia existencia; en los lugares concéntricos se postula una defensa férrea de todos los derechos humanos, en las laderas se alarma sobre la marginada aplicación de los derechos más básicos, lo que sin duda está lacerando la calidad de vida de la humanidad, pues existen grandes desigualdades y una barbarie exacerbada de derechos sin una correcta diligencia de las obligaciones que nos acarrea la aplicación de  derechos.

Debemos encumbrar la visión racionalista de que los derechos y los deberes de los seres humanos deben tener una correcta simetría, no se puede hablar de los unos sin los otros. Resulta una práctica muy recurrente emprender el empoderamiento de derechos sin concientizarnos de que: donde terminan mis derechos empiezan los de los demás. Es decir, exigimos que se nos proteja como seres humanos pero no pretendemos o procuramos los derechos de los demás humanos; no queremos incurrir en un campo de igualdad en donde sin limitación ideológica obtengamos los mismos beneficios.

La gran pregunta sería: ¿Quién está facultado para obligar al cumplimiento de derechos; cuando es el propio ser humano el que no respeta los derechos de sus congéneres? No podemos permitirnos permanecer en un estado de privilegios y exigencias individualistas que atenten contra el orden colectivo. Esto lo avizoró de una manera muy elocuente el Benemérito de las Américas: Benito Juárez cuando referenciaba: “El respeto al derecho ajeno es la paz”. La gran incertidumbre de nuestros tiempos es saber determinar donde empiezan los derechos ajenos y los propios.

Por tanto, es necesario encausar nuestros ideales en un contexto de equidad y de equilibrio, en donde todos tengamos los mismos derechos y prerrogativas, en donde no existan distinguidos de ningún tipo, en donde celosamente el humano defienda al humano, generando un bloque de supremacía para la dignidad humana, como una prerrogativa que sirva de parámetro y entonces sí, hacernos acreedores a la dignidad de nuestra existencia.

De manera personal, comulgo con el ombusperson mexiquense Dr. Jorge Olvera García y con distintos líderes de opinión cuando afirman categóricamente que: “Se tiene que humanizar al humano y humanizar a los derechos humanos” es decir; hacer asequibles los derechos para todos, me atrevería a afirmar que es necesario que redescubramos el valor del ser humano en todas sus potencias. Humanizados por la propia humanidad en una paradoja de existencia, es necesario entender que este mundo lo domina la humanidad, pero que es la propia humanidad la que se debe solidarizar con el humano.

Seguramente visualizando un mundo en decadencia en el que el ser humano cada día pierde más terreno ante su propia humanidad, el Premio Nobel de Literatura José Saramago refiriera en 1998 mediante un discurso pronunciado con motivo de la recepción del Premio Nobel que: “ningún derecho podrá subsistir sin la simetría de los deberes que le corresponden”. Cierto, no podemos subsistir en el desequilibrio, debemos entender nuestro progreso en el justo medio, donde juntos como sociedad somos corresponsables y verdaderos agentes de cambio propositivo.

A razón de esta declaración han existido diversas manifestaciones civiles que hablan en torno al engrandecimiento del ser humano desde la perspectiva de la equidad, en donde se concedan los derechos pero que también se ejerzan los deberes. México no ha sido la excepción y ha propuesto ante la Organización de las Naciones Unidas la Carta de los Deberes de las Personas. La cual busca concientizar sobre los deberes que como ciudadanos nos corresponde ejecutar con el único fin de hacer más prospera la convivencia social.

Desafortunadamente, este es un documento que no hace eco en la sociedad, sigue existiendo entre la colectividad un individualismo potenciado y exacerbado, no hay preocupación por la persona de enfrente, se busca el rescate y exigencia de derechos sin importar la perturbación a los demás integrantes de la sociedad; hoy más que nunca a nuestra generación le corresponde pasar de las palabras a los hechos, darle vida a la letra y entender que para obtener también debemos aprender a conceder. Aprendamos a pasar del discurso de las letras hacia el discurso de los hechos.

La moral y buenas costumbres son esenciales en la sociedad, pero también lo es el hecho de que debemos responder con nuestro compromiso ético en el día a día, sin necesidad de coercitividad debemos aplicar la ley, hagamos que nuestro entorno sea socialmente responsable, acabemos con los vicios que tanto laceran a la sociedad, dejemos de grabar disputas en la calle y ayudemos a dirimirlas o prevenirlas; dejemos de lamentar inundaciones y evitemos tirar basura en las calles; dejemos de lamentarnos la pobreza que existe en los demás países de mundo y demos una mirada de benevolencia a las comunidades marginadas de nuestro país, de nuestro Estado o nuestra propia comunidad.

Se necesita el esfuerzo de todos, la disposición de hacer efectiva la igualdad, defendamos el bastión de nuestra libertad, dando libertad a los demás; seamos corresponsables de nuestro entorno, dejemos de juzgar la ignorancia de unos cuentos y hagamos cultura, propaguemos la educación, los valores y la solidaridad humanitaria. Aprendamos a armonizar nuestras relaciones humanas. Humanicemos, prevengamos y culturicemos al humano.