Decálogo del Orador

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“Si quieres aprender, enseña”
Marco Tulio Cicerón
La trascendencia en la implementación de códigos éticos para nuestro accionar,
es fundamental en el correcto y oportuno desarrollo de nuestras actividades.
Aunque a veces accesoria, resulta prioritaria en el ser humano la necesidad de
regular su conducta externa y generar ideales a conseguir, que le comprometeran
dentro de la colectividad a alcanzar fines en común.
Desde la bella etapa bíblica, cuando a Moisés se le otorgaron los diez
mandamientos que como canon divino regularían la conducta de la humanidad,
pasando por diversos códigos y mandamientos que con singular beneplácito
aceptó la sociedad con la finalidad de autorregularse e identificarse en el campo
moral con los anhelos de una colectividad; encontramos en los decálogos nuestra
fuerza inspiracional.
Así, como bella nota de un presente que no se consume sino que se recrea en
permanente sinfonía, podemos encontrar el legado de aquellos que han decidido
trascender a su propia obra, maximizando su esplendor por medio de la escritura,
cincelando en el papel la tinta que permite extender su permanencia en el tiempo;
en esa clase de hombres e ideas encontramos al excelso orador José Muñoz
Cota.
Orador que transformó la estirpe de la oratoria mexicana; desde corta edad
retando a su destino se convierte en campeón nacional de oratoria en el certamen
convocado por el periódico “El Universal” en 1926, de ahí que la escritura de su
historia se fuese transmutando, hasta convertirse en un quijote que cabalga los
destinos de la Patria mexicana; enseñando a las nuevas juventudes el fervor por la
palabra mexicana, sin olvidar el espíritu propicio de aquellos que han hecho de la
oratoria una forma de vida y han dado a la palabra la sentencia de inmortalidad,
como lo hiciera el maestro Horacio Zúñiga.
Entendiendo Muñoz Cota el espíritu combativo de aquellos que construyen con los
eslabones de su voz los puentes luminosos por donde han de transitar las nuevas
generaciones, y la magnitud de los espíritus agigantados en que se vuelcan
quienes reciben la guirnalda de la victoria en los certámenes de oratoria, la otrora
inequidad de quien sabiendo hablar bien puede perturbar la conciencia de quien le
rodea y sobre todo avizorando a mercaderes de la palabra que convierten el

templo del verbo en una cueva de ladrones; Muñoz Cota, decide exhortar a la
juventud oradora a defender el ideal de la palabra libre, a dignificar la tribuna como
templo del orador en donde un beso infinito de su voz lo aproxima al universo.
Su obra se entiende a la sazón de un ejemplo de vida, de un orador que antepone
los ideales de dignidad a la siempre engañosa muestra del beneplácito colectivo,
porque hablar representa una responsabilidad. Por eso, con singular afecto
comparto con ustedes el decálogo del orador joven del Maestro José Muñoz Cota;
mediante el cual se rescata la virtud de la oratoria mexicana, los altos anhelos que
guían los ideales del orador y sobre todo la dignificación en el uso de la palabra,
que debemos procurar en nuestro día a día.
El eslabón del tiempo no podrá borrar la sapiencia de quienes con dedo flamígero
marcaron el camino por donde habrían de transitar quienes pretendemos darle
trascendencia a la palabra. Sirva entonces la transcripción del decálogo del orador
joven, como un justo homenaje a quien legara los luceros de su voz a la estirpe de
la oratoria mexicana. Leamos juntos a José Muñoz Cota:
1.- Hablar en público y hablar bien es un privilegio, pero al mismo tiempo es una
responsabilidad.
2.- El orador señala caminos; tiene el compromiso de no equivocarse.
3.- Que no hable quien no sepa lo que dice. La cultura universal no es un
instrumento para el éxito del discurso; es el alma de la palabra. La tribuna no es
asilo para la ignorancia.
4.- El artesano hábil cuida su herramienta de trabajo; el orador estudia y pule su
lenguaje, abreva en el modelo de los grandes maestros.
5.- Todo fondo implica forma, no hay discrepancia, la verdad no está reñida con la
belleza. Persuadir y convencer son tiempos unidos de estilos discursivos.
6.- Los enemigos de la oratoria son los tartamudos de la conciencia. Pensar y
expresarse son parte de la vida indivisible y única.
7.- Tarde o temprano el orador habla en nombre de la patria y se transforma en
guía, orientador, en maestro.
8.- La conciencia nacionalista se manifiesta mediante la expresión. Conciencia y
expresión son ejercicio vital.

9.- La oratoria de los jóvenes es el espejo de su personalidad, no se empaña ni se
vende.
10.- No subas a la tribuna sin una causa justa que defender, no bajes de ellas sin
la incertidumbre de la dignidad cumplida. Con esto sabrás, joven orador, lo que
entraña el valor de la propia estimación: que la palabra nace comprometida con el
pueblo y la clase social a que se pertenece. Es un don magnífico; pero es una
obligación impostergable.