Del libro y otros pensamientos

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“Aquel que conoce el poder  de la palabra presta mucha atención a su conversación. Vigila las reacciones causadas por sus palabras, pues sabe que ellas “no retornarán al mismo punto sin haber causado su efecto”

Florence Scovel

 

En la postrera claridad del pensamiento, en los días taciturnos de recuerdos, activos de melancolía y que llenos de vigor corren como rio en pos de la palabra; añoramos cada día, la presencia de más voces que se dejen sentir y escuchar: hablando por México, defendiendo la necesidad latente de dar soluciones a nuestro acontecer.

En días pasados, tuve el alto honor de direccionar la palabra en ámbitos espaciales que son el ánfora de la buena voluntad y el cobijo de la libertad juvenil, que nos dan la oportunidad de seguir defendiendo la palabra como voluntad suprema del hombre que desea trascender; que necesariamente prefiere existir que mendigar una limosna de recuerdo.

Transitar estos días escuchando e incitando a las voces juveniles del Estado de México hablar del orgullo universitario, de la gallardía que de sus labios prorrumpe para anunciar la dicha de ser mexiquenses, voz de mujeres y hombres que conocen la necesidad del pueblo; nos lleva hacía distintas realidades: la emoción no debe opacar a la razón, palabra que no lleva aparejada acción es vana ilusión; sentir no es lo mismo que vivir, hablar no es necesariamente comunicar: un sitial en un certamen es una corona de olivo para el vencedor, pero es la coronación de estrellas para un participante lo que les permitirá accionar las luces que tarde o temprano habrán de fulgurar en su propia conciencia y en la de los que escuchen su verdad, -que es única e indivisible por más que se le marque un tinte matiz inmaculado-.

Celebro que la Universidad Autónoma del Estado de México incentive por tradición histórica los cursos de Oratoria y los certámenes que son el pórtico de esta bella disciplina; pues es a través de esta actividad como se sitúa un espejo transparente entre la propia Universidad y la sociedad para existir hablando, pero sobre todo para mostrar con índice flamígero el camino venturoso de nuestra historia; del aporte humanista que la máxima casa de estudios ofrenda a la sociedad, la Oratoria tiene un fin magnánimo otorgando voz a las ideas y pensamiento a la palabras.

Decía el maestro Horacio Zúñiga que solo los tartamudos de conciencia temen a los que hablan bien; yo agregaría que aquellos que no conocen la riqueza cultural, humana y libertaria que secunda a la palabra, pretenden opacar su luz  guardándola abajo de una mesa para celosamente preservarla y entonces vale la pena preguntarnos: ¿Qué merito tiene que el ser humano tenga voz?

En este peregrinar, hemos encontrado clubs y foros de Oratoria que buscan preservar este bello arte de la palabra; cada uno incide mediante su estilo y su riguroso enigma ideológico al aporte cultural y al mejoramiento social, conocedores de los estilos oratorios mediante el empuje de sus ideas están avizorando un México en el que los ciudadanos tengan la palabra, el problema está en ¿qué tipo de palabra estamos empoderando? La Oratoria es un arte que se pretende llevar al pueblo y que muchos definen como un arte de elite; ambas validas, pues en el recuento histórico siempre existe quien liderando represente las voces de la mayoría desde el pueblo hasta la clase gobernante; intelectuales y empresarios pretenden el dominio de la palabra, pues saben que quien conoce la alquimia de la palabra, tiene el uso del dominio.

Ahora bien; retomando los talleres y el adiestramiento que se pretende en la difusión de la palabra, existe una constante: el que pretende hablar debe también a la par o previo a ello, leer, leer y volver a leer; debe enjugar sus palabras con la sabia del intelecto, debe apaciguar los corceles de la pasión con el yelmo de la razón; la sentencia es infinita: “las palabras no retornarán al mismo punto sin haber causado su efecto.”

A propósito del Día Nacional de Libro, que se celebra en México el 12 de noviembre en homenaje a Sor Juana Inés de la Cruz; fecha que si bien es recordada en México, no tiene el mismo impacto que el Día Internacional del Libro; existe una dualidad que no podemos dejar de lado, se requiere -dicen los discursos oficiales- un país de lectores.

En los certámenes de Oratoria, cursos y talleres, lo más anhelado son los libros, pero ahora vemos con cierto sobresalto que muchos mexicanos han decidido hablar su verdad o su discurso a cuestas, como referenciara el Maestro Muñoz Cota; esto algo inobjetable, el dilema radica en el nivel en el que se desperdiga su palabra, en la sabia que arrojan al universo y por su puesto en el aporte que se otorga a quienes los escuchan.

Los oradores somos abejas de lumbre que hablan por la patria, llevamos el polen de la cultura a las conciencias de quienes nos escuchan, somos guías y maestros que orientan el rumbo a seguir; los oradores o quienes pretendemos llegar a serlo construimos caminos o derribamos puentes por medio de la palabra; en la conmemoración poco melodiosa del Día Nacional de Libro en nuestro país, debemos hacer un justo homenaje al alimento supremo del intelecto: las hojas de un libro como bellas plumas de quetzal, nos introducen en mundo alternos, en realidades aún no descubiertas; hagamos que nuestra palabra tenga sentido sí, pero también honremos a quienes antes que nosotros han hablado por México, a través de la palabra oral o escrita.

El mejor homenaje que puede tener un libro es hojearlo, deleitarnos con su contenido, construir y edificar pedestales para la cultura; llevar a la práctica sus melodiosas lecciones, dar luz a nuevos y más nutridos pensamientos, pues respaldados en su bagaje, los libros nos han abierto el camino y han puesto escalones de redención a la ignorancia. Hagamos fuego con la palabra e iluminemos la conciencia nacional, hagamos que los guerreros se levanten de sus tumbas, desempolvemos los libros, aprendamos de ellos y depositemos una corona de luceros para quienes como faro, anclan una luz en medio del abismo.