Descortés

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Salió de la ducha envuelto desde la cintura. Caminó directo a la cocina y abrió la alacena. La enfermedad lo había orillado casi hasta las últimas consecuencias, pero hoy era un buen día de semi lucidez. Su sonrisa se extendía hasta los puntos más altos de sus mejillas. Bocadillos acompañados con leche y un clavel en la charola. Recorrió el pasillo de vuelta a la habitación; sabía cuán perfecta era su vida, que nunca amaría de esa forma, que sus manos nunca disfrutaron un cuerpo tan espléndido. Harían el amor; de acuerdo al plan, ella le regalaría una criatura con un rostro tan hermoso como el de ella y nadie en el mundo era tan feliz como él ahora.

Llamó a la puerta, nadie respondió, la creyó dormida, la despertaría con besos. Se las arregló entre la charola y la toalla para abrir sin hacer gran ruido. Cuando el paso estuvo libre vio la cama vacía, la foto de bodas ya no estaba sobre el buró, en el closet no había una sola de sus blusas, ya no estaban sus joyas y el aire ya no olía a ella.

La separación se había dado en buenos términos, él decidió dejarla al ser diagnosticado; ella, fastidiada de su enfermedad y enamorada ya de alguien más, no tomó gran tiempo en decidirse.

Agachó la cabeza y apretó los ojos. Botó la flor por la ventana, se sentó en la -cama – Lo olvidé, susurró. Abrió un cajón junto a su cama, sacó un pequeño sobre, él no estaba invitado, pero alguna persona cruel por demás, le había hecho llegar la invitación. Cuatro horas antes ella celebraba su segunda boda, esta vez con el mejor amigo de él ­– ¿Cómo pude olvidarlo? ¿Cómo pude ser tan descortés?