DIAMANTINA ROSA

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El pasado lunes 12 de agosto y viernes 16, mujeres se reunieron para exigir justicia ante el caso de una joven que denunció haber sido violada por cuatro policías de la Ciudad de México.

No es un secreto que México es un país peligroso para ser mujer. Hay cifras en las que se dice que “en el primer cuatrimestre del 2019, murieron 1,199 víctimas de la violencia machista. Es decir, cada dos horas y media, en promedio, una mujer es asesinada por el hecho de ser mujer”. Por otro lado, “Del 1 de enero de 2018 al 31 de enero de 2019 aumentó 27% el delito de violación sexual en la capital del país, informó la Procuraduría General de Justicia capitalina”.

¿Ante qué forma de vida nos estamos enfrentando las mujeres en este, nuestro país? Y digo enfrentar porque este tipo de situaciones nos exige estar a la defensiva, en alerta constante, a vivir con miedo.

Ante los acontecimientos suscitados recientemente, recordé una investigación que realizó la Dra. Velvet Romero García, catedrática e investigadora de la Facultad de Ciencias de la Conducta de la Universidad Autónoma del Estado de México. En su ponencia “La cotidianidad de la violencia sexual”, hacía precisión de algunos hechos que relaciona con la práctica y “normalización” de la violencia contra las mujeres.

En los estudios de violencia se identifican cuatro tipos: violencia económica, sexual, física y psicológica, mismos que son producto de procesos que se dan en las relaciones sociales que, finalmente, se identifican producto de la violencia estructural y violencia cultural.

Esto quiere decir que hay un procesos de “normalización” de la violencia; la violencia pasa inadvertida por “normas” que van legitimándola; procesos de familiarización, es que la violencia se encuentra inserta en los procesos culturales que tienen que ver con la estereotipasización de género, estableciendo “normas de género” que claramente ponen en desventaja a las mujeres al “establecer” que las mujeres, tienen una especie de exposición corporal para lidiar con la violencia, es decir que tienen que estar familiarizadas con actitudes a la defensiva contra agresiones de tipo sexual, físicas, verbales o visuales, mientras que los hombres solamente deben familiarizarse con violencias callejeras no con la violencia sexual.

La violencia está legitimada simbólicamente, es decir que existen contextos que dan legitimidad a esas prácticas de violencia sexual. Esto ocurre por ejemplo cuando se piensa y acusa a las mujeres de ser provocadoras de sobreexponerse, hasta el punto en que la sociedad considera que nos merecemos esas prácticas de violencia, que como hemos visto han sido consecuencia de ideas, normas y creencias establecidas socialmente sin ningún fundamento.

Violencia que está vinculada a procesos de desigualdad como la violencia estructural que refiere a la mala procuración de la justicia; la legitimidad social  lo que decíamos antes, la violencia cultural es cuando escuchamos que somos provocadoras o merecedoras de la violencia; los estereotipos de género es cuando se cree que las mujeres son o están sexualmente disponibles, obedientes, y que su cuerpo es para uso de otros, disponibles; mientras que los hombres son sexualmente irrefrenables, viriles, potentes, su cuerpo es de ellos, para sí mismos y por otro lado la heteronormalidad para ambos sexos.

Debemos tener cuidado y generar cambios para erradicar la legitimidad social de la violencia, a través de “normas” sociales, políticas y culturales que son desiguales. Y pensar más de una vez antes de señalar de alguna manera, a una persona violentada al pensar si tuvo algo que ver como “provocadora”.  Ahora podemos ver que al llamar a las mujeres de la protesta como “provocadoras”, indirectamente, estamos rectificando esta “norma” que nos deja en desventaja y que nos culpa de algo que es inherente a nosotras, el haber nacido mujer.

Además hay una situación importante que se debe atender, la violencia estructural de la que están siendo objeto mujeres y personas transgénero a la hora de pedir justicia.

El problema ha sido el querer preservar el “orden” de género y “jerarquías” masculinas porque las mujeres siempre son vistas como víctimas y los hombres como transgresores. Ah! pero qué sucede cuando ocurre lo contrario, y las mujeres gritan, protestan, como en el caso de las existentes, cuántos no se escandalizaron por la reacción de las mujeres que hablan por las miles que hoy yacen desde una tumba o en algún baldío, por las miles que no denuncian violación porque no les creen, porque no hay médicos legistas, porque hay imprecisiones en la ley o porque se topan con que “fue una violación que ella tal vez provocó”, ¡Basta!

Los violadores, con sus actos intentan posicionarse de alguna manera, para cumplir con su “mandato de masculinidad”. A través de la violación se imponen ante las mujeres, para callarlas, para acabar con ellas. ¡Y esto debe terminar!

Además nos han hecho creer que las mujeres no pueden defenderse porque estarían transgrediendo el “orden de género” y esto, tampoco debe ser, somos seres humanos con derechos y no podemos seguir viviendo con miedo callando violaciones y seguir viendo como las estadísticas de los feminicidios siguen incrementando.

Condeno la violencia, jamás ha sido una opción para resolver los problemas o para conseguir justicia, pero la desesperación y el hartazgo son muy malos consejeros al igual que los oportunistas que intentan desacreditar las luchas de las mujeres.

Invito a que como mujeres, y como sociedad en general, nos involucremos en procurar la equidad y la paz en la sociedad e ir incorporando respetuosamente, sin transgredir los derechos del otro las nuevas formas y normas de convivencia en las que sea inconcebible el odio, la represión y la violencia.

Ni uno más, hombres y mujeres nos queremos vivos, en paz.