Diez de mayo sin Teresa

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Tu chal madre mía
me abraza con tu cálido cariño
con el que me bendices esta mañana.

Hoy me puse el chal morado que trajiste contigo los últimos meses en donde te
aferrabas a la vida en esa dicotomía de sufrir el abandono y el amor perpetuo por
nosotros: tus muchos hijos.
Hace tiempo iniciaron las noches en las que no duermo, doy vueltas en la cama y
ni el ribotril, ni las gotas mágicas del herbolario son suficientes para adormecer
este mar de pensamientos y nostalgia que me asedia el alma.
Sé que algún día te me morirías; este hecho lo veía tan lejano y tan imposible.
Han pasado algunos meses desde que te fuiste y sólo sé que te extraño más.
Hoy en la mañana, cuando me iba a trabajar, el aire frío en mis desnudos brazos
me regresó a buscar con qué cubrir la tristeza que me alberga desde hace días.
Hoy tomé ese chal que le robé a mis hermanas el día siguiente a tu sepultura
arguyendo que yo cuidaría de él, como vestido blanco que usaste en la boda de mi
hermano casamentero, también hurté de las manos de mi hermana menor, los
lentes que te hacían lucir digna y distinguida: musa genial cuando tejías.
Hoy el frío de la mañana, me regresó a recordar ese chal que me dejé durante un
mes a partir de tu entierro. No lo quise lavar porque conservé tu olor a vida y
muerte que te rodeaba en esa despedida que ya venías anunciando en los
almuerzos, en los momentos en que tu cuerpo ya no podía con el cansancio de los
tantos años de trabajo.
Hoy, como otros días, me ha invadido la nostalgia de ti. He querido llamarte por
teléfono y decir Mamacita, mami, soy Carmela tu hija, ¿Cómo estás? La
conciencia hecha llanto me recuerda que hace cinco meses te sepultamos.
Hoy, a mis innumerables años, será el primer diez de mayo sin ti. Estoy a la puerta
de los cincuenta, a pocos meses de tu partida. Fui afortunada por tenerte
cantidades de años, pero ahora sin esa gracia de Dios, tu ausencia duele más.
Hoy, cuando llegué a la Normal, el sol asomaba entre las ramas de los árboles y le
pedí a mi alumna Chayito que me sacara una foto con tu chal, ese chal morado
que hace juego con mi vestido floripondio y que el sol retrata con su luz. Chayito

me acomodó el rebozo con la dignidad con que las madres de tu tiempo lo
portaban: un rebozo que empuja los hombros hacia el cielo, para mirar el sol de
frente anunciado la bendición de tus ojos en esta mañana.
Hoy te llevé conmigo todo el día madre, con los ojos puestos a la vida, de frente a
lo que venga. Ya no te tengo en cuerpo madre. Ahora soy bendita a tus ojos que
me cuidan.
Hoy, no buscaré tu regalo de día de las madres porque el obsequio de la vida me
lo diste a los dos días después de la fiesta de San Juan, después del cumpleaños
de mi padre. Este año, también será mi primer cumpleaños que no habrá esa
llamada madrugadora que me felicitara con las lluvias de junio.
Este primer diez de mayo sin ti, festejaré con mi Ángel mi ser de mamá, me
pondré ese vestido tapiado de amor que portaste dignamente en la boda de mi
hermano casamentero. El bordado entrañable del vestido como el chal, me darán
la envestidura de tu ser de madre: mi Teresa.