Dignifiquemos la palabra

Views: 364

“Hay que reivindicar el valor de la palabra, poderosa herramienta que puede cambiar nuestro mundo”

William Golding

 

En el umbral de un milenio de profunda transformación humana, que nos ha permitido dominar nuestro entorno, pero que empieza a complicar el control del propio hombre sobre su naturaleza; entendemos cuán necesario es conocer: de dónde venimos (un pasado construido), en dónde nos encontramos parados (un presente cambiante) y hacia dónde vamos (un futuro permanente).

Reza el dicho popular que “quien no conoce su historia, está condenado a cometer los mismos errores”, muchos son los escenarios en los que podemos ocupar esta máxima de la cultura popular. Sin duda; un arma que siempre cumple con el cometido de ser empeñada en defensa de esta sentencia, es la palabra. La palabra es el venero de verdades que puede ser edificada para construir escenarios de porvenir o bien para orientar los lazos del engaño.

La palabra es: el sonido del universo, el paraninfo de la idea, la llave que prolonga la existencia del hombre, por ella el hombre existe (bíblicamente el verbo encarnó en la humanidad); por la palabra diáfana y sonora los pueblos han encontrado su voz, luz las ideas de la multitud. Es mediante la palabra que el humano se vuelve realmente humano y se distingue de los animales; la palabra enciende el deseo de libertad, es epígrafe de una vida continuada a pesar de la oscuridad; es la continuación de la historia misma de la sociedad.

Por la palabra pronunciada permanentemente, es como el hombre deja la huella de su paso por el mundo, imitando de los cenzontles el sonido que emerge de los labios taumaturgos del humano se convierte en palabra, que debe ser un bello canto de auroras y paz para quien le escucha, lo mismo sirve para levantar murallas que para romper cadenas, palabra que es el brazo que reúne la fuerza de los acuerdos y espada que corta las intenciones que gesta la mente humana; en la palabra valerosa de la pareja, canta el amor encontrando el corazón de los sentimientos y por tanto el nicho que envuelve con pétalos la estructura de nuestra alma.

Seguramente estimado lector, escuchaste o viviste en algún momento de tu vida cuando los contratos (esos acuerdos en papel) se sellaban con la palabra, no había más fuerza en el compromiso que otorgar la palabra, pues está; era la propia hombría, el símbolo de dignidad humana, el valor supremo en el ser humano, pues en ella se envolvía el valor, la personalidad del ser humano y sobre todo, el baúl de las cualidades humanas, que en síntesis como atinadamente refiriera Muñoz Cota: “el hombre es su palabra”; en la cultura popular mexicana, la sociedad profería a manera de reclamo: “dime si tienes o no palabra”, sentencias que representan el verdadero alcance que de la palabra pretende la humanidad.

Lamentablemente la palabra día tras día entre la colectividad, va perdiendo su valor; irónicamente en la famosa era de las comunicaciones, la palabra se vuelve hueca, se presenta estéril en la profundidad de su mensaje, se pierde entre la inmensidad del abismo al pretender traducirla ante el velo de los hechos; se enuncia con bombo y platillo que “México tiene la palabra” pero no se empeña el compromiso real de la palabra, puesto que muchos podemos hablar, pero muy pocos se comprometen y cumplen la voluntad de su palabra, somos el raudal de poder con que construimos nuestro mensaje, nosotros le damos sentido al mismo, lo podemos mimetizar de acuerdo a nuestra conveniencia, pero el juez siempre presto de la sociedad evaluará esa conducta.

Como acto sintomático hablamos y en muchos de los casos no percibimos el alcance de nuestras palabras y menos aún los compromisos que en lo individual hemos adquirido al anunciar una respuesta; mucho hace falta que en las instituciones educativas, se eduque en torno al valor de la palabra y se recobren las enseñanzas de los huehutlatolli, que sin duda sabían y orientaban en el sentido de la palabra “compromiso”, pues el orador: un espejo que se pone delante, da sentido y humaniza la palabra, es decir; que en el pensamiento de nuestros antepasados, la palabra entrañaba el compromiso de predicar con el ejemplo, pues no hay mejor enseñanza que la palabra transformada en hechos, el orador se convierte en un guía y maestro que señala caminos y eso lo obliga a prepararse y respetar su propia palabra.

Por tanto, te invito a luchar por defender el valor de la palabra: seamos faro que conduzca con verdad el fuego del verbo; ante ello el primer paso sin duda, consiste en acrisolar el fondo de nuestro mensaje, detenernos al pronunciar un mensaje y pensar en su estructura, en las palabras más certeras con las cuales podemos darnos a entender. Pensar antes de hablar es una forma de orientar el alma y permite purificar nuestras ideas, de tal manera que el mensaje se vuelve eficiente; cumple el objetivo ante el cual fue creado, “piensa todo lo que dices y no digas todo lo que piensas” con el único fin de que nuestras palabras no traicionen a nuestra mente y que nuestra mente no se vea traicionada por la razón.

Dale sentido a tu palabra, que cumpla el fin que pretendes implementar a través de ella, perpetúate a razón de las palabras que compartes con los demás; has que tu existencia se prolongue en los mensajes, que sientan el candor de tus palabras pero más aún que recuerden la profundidad de tus ideas; ante ello, resulta apropiado recordarte que el mensaje que des debe ser atemporal, que trascienda el tiempo y el espacio, para que tus ideas tenga vigencia en quien las escuche tiempo después; así que es necesario que tengas delimitado un mensaje que ha sido cavilado a la luz de la razón y la preparación constante.

Dale valor a lo que dices, creyéndolo primero antes de pronunciarlo, dale valor a tu persona generando coherencia entre lo que dices y lo que haces, úngete con el bálsamo de la inmortalidad pues con tus actos hablas a la sociedad y por tanto el exhorto principal de este escrito es: dignificar el bello ejercicio de la elocuencia; dignifica tu palabra, pues una vez pronunciada ya no regresa a ti, dignifícate en el verbo que es jubilo y luz, pues en el recreas tus propios pensamientos y ellos son una extensión de tu propia alma.