DISTANCIA DEL AMIGO DOS POEMAS

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VUELVE

Vuelve; no me encuentro ya más.

Si me palpo sólo sorprendo mi desnudez estremecida

y este vicio aturdido de replegamiento.

Adonde miro sólo hay sombras que me arrastran

y otros entes nacidos de mi insania.

En cada rincón me siento a llorar;

y la luna se ensancha de leche enferma.

El sol entra por agujeros, consume las sabanas, me incendia.

Sufro al presentir la dicha

con que tu cuerpo se abandona en otros brazos.

Vuelve. Difícil es el camino hacia exteriores.

Los muebles han violado su acomodo

y saltan de una pared a la contraria.

Ha estallado la armonía.

La gente en la calle soba mi espalda;

pero no ve el infierno que en mis vísceras combustiona,

que me hace regurgitar azufre, cenizas, carbón.

Espantosa como novela romántica es tu ausencia.

Ay, tu mirada aparece a veces entre tornillos y llaves que vuelan;

pero no me dirige sus rayos: se cierra.

En cada ventana hay un monstruo que me acecha.

Y este instante parece ya un pozo, una dentadura que me come,

una trampa que me enreda.

DISTANCIA DEL AMIGO

I

Contenido en un redondel de inquietudes,

en una soledad húmeda de sombras,

como un huérfano a un muñeco ceniciento, me aferro a tu recuerdo

que apenas ilumina el pasillo de jadeos

en que sin tu mano me interno.

Vislumbro en las paredes caras abyectas,

ojos que me esculcan, dedos que me signan,

lenguas animales que me escrutan.
Y es tan pronta la asfixia de estos túneles como días

y es tan lejos la salida que no sé,

a mitad de la confusión de este caos de tu ausencia

que me hace girar de pie como un tornillo

–el que se perdió en mi cabeza y que unía la entereza al coraje–,

si al andar no retrocedo.

II

Si tus palabras cruzaran la vastedad de la distancia

y llegaran a mí por un camino presentido,

me encontrarían sobando un cojín acolchonado

que uso como fetiche de tu pecho.

Si vinieras como ayer, coronado en tu nimbo,

con el generoso trigal de tu cabello que aprendí de memoria,

entero de fiesta como un sol,

me encontrarías hincado ante tu fotografía

que conservo como reliquia.

Si desde el lejano claustro que te encarcela

me enviaras una tórtola gris como saludo,

todo mi ser henchido de añoranzas

se combaría de goces, beatificaciones

y gracias.