Dos mil años de Cristianismo de visita en México

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Hasta ahora, México sólo había tenido visitas de personajes provenientes del Vaticano. A nuestro país han venido tres Papas: Juan Pablo II (cinco viajes entre 1979 y 2002), Benedicto XVI (una vez en 2012) y Francisco I (una vez en 2016), así como un sinnúmero de nuncios apostólicos (entre ellos el polémico Girolamo Prigione, entre 1978 y 1997) y otros representantes de la Santa Sede. Pero ahora no son personas sino obras artísticas las que nos visitan.

 

Por estos días el Museo de San Ildefonso de la Ciudad de México presenta la exposición “Vaticano, de San Pedro a Francisco. Dos mil años de arte e historia”, con diversas obras traídas de los museos y galerías que alberga la “ciudad eterna”. No miente el título cuando habla de dos milenios: la pieza más antigua es el “Retrato del Emperador Tiberio”, busto en piedra cuya elaboración se estima entre los años 14 y 37 d.C. (lapso de tiempo en que fue emperador de Roma), y la más reciente es una pintura del Papa Francisco del año 2013.

Es obvia la importancia de una muestra de tales características, sobre todo por el hecho de que visita uno de los países más católicos que hay en el mundo: el nuestro. No obstante hay detalles que la hacen aún más especial: como dije, es la primera vez que vienen los tesoros del Vaticano (las negociaciones para traerlos comenzaron en 2014); la muestra celebra 25 años de relaciones diplomáticas con la Santa Sede (restablecidas el 21 de septiembre de 1992); todo ello se logra estando al frente de los acervos del Vaticano por primera vez en la historia una mujer: Bárbara Jatta (italiana de 56 años que forma parte del proyecto del Papa Francisco por darle otro rostro, más humano, a su Papado).

 

La exposición es muy larga: cuenta con 26 secciones que incluyen 180 piezas provenientes de los Museos Vaticano I y II, y del Tesoro Basílica de San Juan de Letrán; la Sacristía Pontificia de la Oficina de las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice; la Biblioteca Apostólica; y la Fábrica de San Pedro. Cierto es que el visitante no debe esperar ver una obra como “La piedad” de Miguel Ángel y que varias piezas son reproducciones de originales, pero en estos tiempos en que la preservación artística se ha vuelto más estricta, es un triunfo poder admirar la selección de piezas que ponen frente a nuestros ojos.

 

La muestra prácticamente abarca todos los temas de la Cristiandad: Pedro y Pablo, los primeros mártires, Roma antigua, el emperador Constantino, la Edad Media, la historia de los Papas, las órdenes mendicantes, la Modernidad, el mecenazgo Vaticano, la iglesia en el Nuevo Mundo, los concilios, las basílicas, las reliquias, la época Contemporánea, la sucesión apostólica, celebraciones y ritos. Incluye también algunos aspectos de la Cristiandad en México, con obras provenientes de los Museos Nacional de Arte y del Carmen, de los Archivos Históricos de la Provincia Mexicana Compañía de Jesús y “Genaro Estrada”, de Relaciones Exteriores, del INBA, de la UNAM y de colecciones privadas.

 

Un subtítulo complementa la publicidad: “Las Grandes Colecciones Vaticanas en México: Rafael, Tiziano, Venusti, “El Veronés”, Bernini”. De todos ellos están presentes pinturas y esculturas juntas por primera vez en un mismo espacio, pero hay más genios expuestos: Ciccarello, Barocio, Reni, Guercino, Lafon, Grammatica, Seghers, Wilders, Vries, Poletti, Coubertin, Capo, entre otros.

 

Parte fundamental son los objetos ceremoniales y litúrgicos. El visitante es recibido por dos símbolos del poder terreno de un Papa: la triple tiara (en este caso de León XIII, 1878-1903) y una custodia lateranense de 1824 (cuando era Papa otro León, el XII). Además se puede apreciar un sarcófago con bajorrelieve de Pedro y Pablo del siglo IV (del tiempo del Papa Siricio); lámparas del siglo VI (en esa centuria hubo 13 Papas, incluido Gregorio Magno); velo y relicario de Santa Cecilia de Roma (santa de los músicos) del siglo IX; el ajuar de Pío IX (Papa muy ligado a México por su influencia en la segunda intervención francesa); un martillo para la constatación de la muerte del Papa del siglo XIX (tal vez con ese martillaron a los Leones XII y XIII, a los Píos VII, VIII y IX y a Gregorio XVI), y urnas para cónclave (es decir, donde se guardan las llaves del recinto que encierra a los Cardenales electores).

 

Hubo dos obras que me sorprendieron: un “Ángel que toca laúd” de Melozzo da Forli, que si bien fue pintado en 1474, no obstante refleja una estremecedora modernidad, como si hubiera sido pintado en el siglo XX; y el “Busto del Papa Bonifacio VIII” (1294-1303) de Paolo Spezice (pintado en el siglo XIX), no me crean pero es igualito al retrato del cura Miguel Hidalgo pintado por Joaquín Ramírez en 1865, hecho por encargo del segundo imperio de Maximiliano.

 

Es una lástima que no se permitan tomar fotos de la exposición. Precisamente por ello la muestra se constituye como otra de las imperdibles de este año, la cual se podrá admirar en San Ildefonso hasta el día 28 de octubre.

 

Nota bene: Cuando me preguntan por qué soy católico, no sé qué responder para que no me vean como bicho raro. Lo más fácil sería decir que es por tradición y herencia familiar. Lo cierto es que creo en el Dios cristiano, católico, apostólico y romano pues sólo un ser como él pudo inspirar tanta belleza como la que apreciamos en San Ildefonso. Sólo así puedo reafirmar mi fe. Tal vez digo herejías y estupideces, pero no puedo profesar otro tipo de Cristianismo: no me gusta el arte ortodoxo y los protestantes prescinden del arte. Me puede gustar el arte de alguna religión no cristiana (el islámico, por ejemplo), pero sólo el arte católico me llena el ojo y el espíritu.