Duchamp-Koons en el Jumex (I): El triunfo de la selfie

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A fines de 2015, en un artículo para El País Semanal, el escritor Javier Marías narra una dramática experiencia que hace visible la existencia de un nuevo tipo de “acosador”: el que se quiere hacer fotos en cada rincón de un museo y pide al desconocido con el que coincide en el recorrido que le ayude a tomarlas. Por supuesto el desconocido es el propio Marías. En el artículo que titula “¿Pueden no fotografiar algo?”, el español narra la odisea que pasa para escapar del molesto visitante, lo que al final le impide disfrutar la muestra. Debió ser una experiencia enfadosa para él pues se trataba de la Casa-Museo Goethe en Fráncfort, Alemania. Marías termina con un lamento de esta práctica viciada:

 

Nada se ha hecho más sagrado que las fotos obsesivas que todo el mundo hace todo el rato de todo. Si uno va por la calle y alguien está en trance de sacar una de algo, ese alguien lo fulmina con la mirada o le chilla si uno sigue adelante y no se detiene hasta que el fotógrafo decida darle al botón (lo cual puede llevar medio minuto). Si entre él y su presa hay cinco metros, pretende que ese espacio se mantenga libre y despejado hasta que haya dado con el encuadre justo, que la circulación se paralice y nadie le estropeé su “creación”. El problema es que hoy todo transeúnte anda con móvil-cámara en mano, y que fotografía cuanto se le ofrece, tenga o no interés, y como además no hay límite, todos tiran diez instantáneas de cada capricho, luego ya las borrarán…

Lo que hace Marías es narrar con magistral claridad el signo de nuestros tiempos: cualquiera con celular en la mano se convierte en fotógrafo.

 

Siguiendo con los museos, lo cierto es que en los últimos años los visitantes han descubierto una nueva actividad, una nueva veta que hace más atractiva su visita: precisamente tomar fotos con la facilidad (olvídense de la calidad) ya no del click, sino de un piquete de pantalla, con la ventaja adicional de que, si antes se necesitaban varios clicks y tiempo para revelar, con el celular tomas miles de fotos, las seleccionas y, como dice Marías, luego las borras. Si encima la exposición presenta las obras del artista vivo mejor pagado del mundo en la actualidad, entonces el incentivo para visitar el museo es completo.

 

Por estos días, el Museo Jumex presenta la exposición Apariencia desnuda: el deseo y el objeto en la obra de Marcel Duchamp y Jeff Koons, aún, la cual, como sugiere el nombre, pretende establecer paralelismos entre las obras de dos de los más influyentes artistas del siglo XX. No estoy tan seguro que la muestra haya logrado el objetivo por entero, pero de eso hablaré otro día.

 

Por el momento me interesa decir que la exposición parece haber sido montada ex profeso para que las personas puedan tomar selfies. Ya de por sí el apellido Koons es sinónimo de selfie y hoy mucha gente debe asociar ese apellido con “lo bonito”, con lo “cool”; y si aparte la curaduría facilita el tomar fotos, pues qué mejor (o qué peor, dependiendo de quién lo diga).

El Museo Jumex recibe al visitante con el inflable gigantesco de una bailarina, una de esas muñecas inspiradas en las porcelanas de “Lladró” por los cuales Koons se ha metido en problemas de plagio y ha debido pagar multas. Ahí comienza el festival de la selfies, incluso sacarse foto se hace obligado ante el hecho de que, para entrar a la muestra, al menos en fin de semana, se debe hacer fila de una hora a hora y media. Pero ahí está el primer incentivo.

 

Una vez que logra entrar, el visitante pasa directamente al tercer piso que es donde comienza la muestra y es también el área donde la curaduría se acerca más a mostrar los paralelismos. Por supuesto ahí también comienza la frenética actividad de sacar fotos, pero es en los pisos segundo y primero en los que se advierte que la muestra es casi totalmente de Koons, mientras Duchamp se convierte en pretexto de la misma, por decirlo de manera decente.

 

Al pasar al segundo piso, el desconcierto recibe al visitante, pues se topa con una larga fila, hasta que un vigilante se acerca a decir que esa fila es para sacarse foto, pero el visitante puede continuar sin problema al resto de las áreas. ¿Como resistirse a hacer otra fila de 15 a 20 minutos para retratarse con ese gran corazón (Corazón colgante, 1994-2006) rojo que pende del techo y en el que puedes observar tu rostro porque es de acero inoxidable transparente y pulido? Mientras que en una esquina, perdido, casi imperceptible, se exhibe un video de Duchamp (Anémic Cinéma, 1925) que, a decir verdad, nadie pela.

Al continuar, el visitante debe cuidarse de no interferir y aparecer de manera involuntaria en alguna foto pues enseguida está esa plastilina gigante hecha de aluminios policromados encimados llamada Play-Doh (1994-2014), cuyos colores (rojo, morado, amarillo, verde, naranja, azul) son imperdibles en una selfie. Después debe caminar con tiento pues verá una de las figuras más icónicas de Koons: el Perro globo (magenta) (1994-2000), de acero inoxidable pulido y transparente, por lo que las patas, la cola, el hocico, también son reflejantes, aunque, como siempre, debe esperar turno para retratarse.

 

Luego el visitante baja al primer piso donde continúa la fiesta de las selfies. Se pueden obtener junto a una Langosta (2003) de aluminio policromado que cuelga del techo; un Gorila (2006-2011) de granito en el que debes cumplir el ritual de colocar los brazos igual que él; un Hulk (amigos) (2004-2012) de bronce que carga unos muñecos; o una Campana de la libertad (2006-2014) de bronce, madera, hierro forjado y fundido, que recuerda a la de Dolores.

Este caos de fotos provocó el enojo de Jesús Silva Herzog-Márquez, un politólogo de renombre que también se anima a hacer crítica de arte. En una reseña que escribió hace días dijo de Koons que, desde que se vislumbra la bailarina de Lladró, “Ahí está ya el tono de su obra: el brillo de lo vacuo. Habrá muchos, por supuesto, encantados con los globitos, los reflejos, la ñoñería pornográfica. Muchos obtendrán de la visita el ansiado trofeo de la selfie…”.

 

Y mientras tanto Marcel Duchamp… ¿Duchamp? ¿Quién es Duchamp?