Duele decirte No

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Adentro la incertidumbre tritura. Primero te acostumbras a saltar de la cama antes de que se anuncie la madrugada y después de un mes indican que cambian de turno y te toca salir de noche. Entonces caminas aprisa y luego corres. Corres en la mañana para no llegar tarde y corres en la noche para alcanzar el último autobús. Pero llega el momento en que apenas y te puedes mover: los ojos, las manos, las articulaciones fastidian.

La rutina imprimió una línea de desasosiego y dolor. El efecto de estar perdida intoxica. Son ocho horas entre catálogos y cuentas, entre instrucciones de trabajo y diálogos que a veces ni tú entiendes y sientes que has caído en un agujero. Por educación sigues a tientas. ¿Por qué no te enseñaron a darte por vencido, a tirar la toalla, a decir no gracias?

Por unos días callas y aprietas los dientes, mascas chicle. Cuando la olla exprés está a punto de reventar, lo platicas. Te dicen que es parte del proceso… la adaptación es lo primero. –Lo dudas y duele. Callas. Cuatro semanas transcurren. La emoción sobrepasa, los pies pesan y el cuerpo te dice no. No puedes continuar.