EL ACOSO DE LAS REDES SOCIALES Y EL CASO METOO (PARTE 2)

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El artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos previene que: “Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”.

Más allá de la simple expresión de ideas, este derecho fundamental es la célula de la razón a partir de las cuales las personas se informan, emiten opiniones y asumen decisiones, como parte inherente de los procesos intelectuales necesarios para que las personas puedan interactuar con su entorno.

Libertad de opinión que en el ámbito físico y analógico, solamente se encontraba reducido a la interacción con su entorno, que desde el punto de vista de la historia tradicional, solamente empezó a ser exigido a partir de la existencia de la burguesía, periodo de la historia en el cual las máquinas empezaron a liberar la carga de trabajo y el surgimiento de poblaciones más concentradas, la interacción entre sus pobladores.

Por ello, de manera previa el estudio y opinión de los asuntos se entendía dado únicamente a las clases altas, reales o de la nobleza, incluyendo la élite religiosa, quienes tenían dada esa posibilidad como un atributo de sus propios privilegios.

Luego entonces, el ejercicio de la libertad de expresión como uno de los principios de la libertad de pensamiento, es relativamente reciente en nuestra sociedad y por ello el fenómeno de la ilustración francesa representó una revolución de las ideas facilitada por una nueva estructura sociopolítica que entre los primeros avances delimitaron el ejercicio del poder, el disfrute de prerrogativas  básicas y su proyección (libertad, igualdad y fraternidad, principios mínimos, que a su vez representan las diversas generaciones de derechos fundamentales), y,  un nuevo pacto social basado en los consensos y el entendimiento, que a su vez, también implican una participación política con una base social más amplia.

La racionalidad de la información no implicó una mayor apertura o su democratización, a pesar de que la imprenta facilitó la reproducción de ejemplares que en otras condiciones resultaban prohibidos para la mayoría. Sin embargo, la mayor comunicación facilitada por poblaciones más densamente pobladas con medios para registrar la información, empezó a colocar dentro de su esfera de interés lo público, entendido como todos aquellos sucesos que tenían lugar en el exterior de las casas.

Con el surgimiento de medios que permitían a un bajo costo difundir los principales acontecimientos de lo público, surgió como apostolado la actividad tendente a suministrar de dicha información a la sociedad: la prensa. La cual pasó de medios verbales a escritos, así como posteriormente gráficos  y fotográficos, momento en el cual surgieron las primeras preocupaciones por parte de las personas, cuando su actuación formaba parte del escrutinio público y la difusión de las imágenes, lo cual, inclusive fue uno de los motores de la elaboración del artículo The Right to Privacy.

En esta época al final del siglo XIX y principios del XX, empezaron a surgir las primeras teorías en torno a la libertad de expresión, las cuales adquirieron un mayor impulso a partir de los siguientes fenómenos sociales surgidos a través de las tecnologías, tales como la videograbación, la transmisión de sonidos a través de ondas de radio, la televisión y posteriormente su transmisión global vía satélite, en los cuáles empezaron a surgir diversos análisis sobre cuáles deberían ser los límites de la libertad de expresión, a fin de diferenciarlos con la censura.

Así, con independencia de diversas teorías, en el ámbito actual distinguimos tres supuestos que no se encuentran protegidos dentro del discurso de la libertad de expresión, y por ello, pueden resultar sancionables por los gobiernos, como en el caso del discurso de odio, la pornografía infantil y la protección de la vida privada de las personas, supuestos en los cuales, de manera particular tanto la pornografía infantil como el concepto privacy, se vinculaban de manera bastante fuerte con el derecho al libre desarrollo de la sexualidad de las personas, supuestos sobre los cuáles, existía un fuerte consenso para su protección, con una protección bastante fuerte por parte del derecho anglosajón.

Sin embargo, estos elementos de la libertad de expresión que no eran objeto de protección, constituían excepciones de aplicación aislada, hasta que la información empezó a ser socializada y explotada con fines económicos a partir de un fenómeno que adquirió su máxima expresión en la década de 1980: la publicidad, a partir del cual surgieron campañas, en muchas ocasiones de dudosa calidad ética (cabe recordar que se empezaron a popularizar los denominados mensajes subliminales), que empezaron a marcar una nueva agenda del consumo.

Así mismo, de manera paralela el internet empezó a explotar como una plataforma que permitía romper cualquier barrera, incluida la relativa a las puertas y ventanas de las casas, que se consideraban no sólo privadas, sino inclusive sagradas, para dar paso a lo que el Doctor Nelson Remolina etiquetó como un “streptease informativo” o como un modelo bilateral del Panóptico de Focault, en el cual, todas y todos podemos ser vigilados por todas y todos.

Supuestos que se han dado a partir del surgimiento de redes sociales, las cuales integran un ámbito de información global, puesto que no solamente se dedican a la difusión de información y noticias, sino que han volcado a los propios participantes como el objeto del análisis de lo público, con independencia de que dicha persona sea consciente del papel que juega en este nuevo modelo social, basado en el interés de temas que al formar parte de lo privado, implican un cierto “morbo”, por lo que no es raro encontrar ejemplos parecidos al video de Rock DJ de Robbie Williams, en los cuales, el acceso/difusión de información privada constituye uno de los deleites informativos.

Sin embargo, tal como en los años 80 la publicidad empezó a pervertir la dinámica social, nuevamente se encuentra en el camino, ya que de manera generalizada constituye una de las principales justificaciones por las cuales los servicios digitales “son gratis” o el principal objetivo de diversas actividades en la actualidad, en las que la generación y consumo de contenidos cada vez adquiere una demanda insaciable, derivado del propio tiempo que las personas le dedican a su libertad de expresión.

Ejercicio que a pesar de la gran evolución humana, pareciera seguir en las mismas condiciones que cuando la libertad de expresión se popularizó con el surgimiento de la burguesía, es decir, a pesar de que es susceptible de ser socializado, solamente pocas personas tienen el interés de informarse y a partir de ello emitir opiniones, por lo que la composición de las redes sociales es de lo más variado, que traslada al ámbito digital, los vicios y virtudes del ámbito analógico, tal como la violencia contra las mujeres.

Aunado a ello, de manera particular, la denuncia contra el acoso se ha puesto dentro de los temas sujetos a la libertad de expresión, como una forma de sancionar, a través de la visualización en el panóptico de aquellos que se encuentran involucrados (circunstancial o causalmente) con dichos fenómenos, lo cual, puede ser la causa, el efecto, la solución o la distorsión, de un fenómeno que al igual que como se llevó a cabo con el surgimiento de la fotografía y la televisión, debe sujetarse a nuevas reglas y analizarse conforme a una nueva perspectiva. Sobre lo cual continuaremos en la entrega siguiente. Hasta la próxima.