El amor a Pedro Infante de Lupita Archundia

Views: 431

El amor romántico ha seguido diferentes caminos para llegar a nuestros días, herencia histórica, imaginario colectivo,  imagen en la pantalla cinematográfica, con Ustedes: el Ídolo Inmortal de México, el Gran Pedro Infante. Emblema de la simpatía y  sencillez, saboteador de los planes de dominio patriarcales, sí, Pedro Infante es diferente.  El México de los años cuarenta, era convencional, distinto al actual. La ciudad en crecimiento y la expansión de las ideas nacionalistas hicieron que se forjara un sueño, el pueblo buscaba un ídolo, un representante, modelo a seguir; todo eso fue Él, proveniente de un estrato bajo, pasó por todos los oficios (carpintero, boxeador, peluquero, piloto) hasta convertirse en el glamoroso actor  que todos conocemos.

Existe una obra titulada El amor a Pedro Infante y una joven que ha puesto en franca revolución el concepto identitario de la escritora ante una construcción cultural que la invade, se trata de Lupita Archundia (Metepec, Estado de México). Entre su sentir y el valor que implica defender un discurso de reivindicación femenina, de afirmación personal, nos sorprende con un texto en prosa poética que correlaciona la forma artística con la forma social, sutilmente entretejiendo el sentimiento romántico  con la raíz popular que forjó al ícono por excelencia del Cine Mexicano.

Pedro, El mil amores, lo fue porque lo que sembraba a su paso era la extrema necesidad de ternura que las mujeres, solteras, madres e incluso viudas mantenían por su condición de desigualdad. Él era capaz de llegar al amor a través del tequila (simulado, porque era abstemio) o de la serenata o de la riña, en escenas melodramáticas donde cantaba con empalago y/o bravía, diversas canciones escritas por hombres bien hombres.  Podría haber varias mujeres rondándole, pero él elegía a  una, la más sensible. Sí sabía conquistar su corazón a través de su dócil belleza entonces sí, ahí podríamos pensar en el compromiso. Antes no. De gran atrevimiento y nobleza además de buen comer, trabajador, inteligente, querendón, entrón, nunca se olvidó de su raíz popular. El ideal mexicano intérprete  del cine de rancheras, galán urbano que llegó a cantar en inglés, cosmopolita.

Impacta la manera en la que Lupita Archundia une lo público con lo personal y la claridad de la expresión de un Yo femenino que se ubica exactamente en su tiempo, en su actualidad, pero que elige como transgresión generacional invertir los órdenes cronológicos y colocarse en el centro de la construcción patriarcal, verlo a la misma luz que las tantas, miles de mujeres que se enamoraron de él. Estar enamorada es querer  llamar la  atención del objeto amado, una mitología que nada tiene que ver con el decadente machismo ni con el inconsciente de la masculinidad actual.

Más bien, es la perdurabilidad del amor cortes, pero a la mexicana. El pueblo sigue amándole, silbando amorcito corazón, viendo las películas. Cada quien tiene una anecdótica sobre Pedro Infante, tradición de madres, tías abuelas, o recuerdos de la XEW transmitiéndolo. Más allá de la repercusión mediática, este ídolo representa la bondad, el hombre de buen corazón.

La catarsis del amor, borracheras de sólo un poco, el mexicano que se permite llorar, respetuoso de la mujer de cualquier edad, de esos hombres de los que ya no hay. Es deseo e imposibilidad de poseerlo aun estando en la pantalla. Ese deseo es triste, melodramático, aunque  se soluciona con una canción, bolero bien cantado, presencia de la orquesta, del mariachi, la gente lo quiere y mucho, por bueno, por Pedrito. Pedro Infante sigue cantando en la vida diaria, transformado en símbolo nacional. Aquí se reproduce un fragmento de El amor a Pedro Infante, un homenaje de la nueva generación  a la leyenda, de quien se cuenta, sigue vivo.

 

Su llegada a mi vida(*)

Una mañana de Abril entre las paredes de mi casa sorprendida escuché la voz de un hombre en una vieja película a blanco y negro. En pleno camino de baches de mala suerte, avenidas sin sentido, calles obscuras, callejones de soledad y transportes de dolor, apareció Pedro Infante. Dicen que me quedé flechada y perdida como muchas de las mujeres en tiempos del ídolo de México.

Pasaron los días y los meses y esta pasión se hizo más grande, se hizo intensa, a menudo dolorosa, una pasión efímera que no se acabó. Mi mente, mis sueños, noches y días ya le habían pertenecido a príncipes, hechiceros, piratas, vampiros, caballeros, soldados, condes y reyes. Hombres que vivían encerrados entre las páginas de mis libros.

Traté de evitar esta situación para ya no verme más como una loca obsesionada, pero sus ojos y su voz eran una invitación al delito de la pasión más enferma que pude experimentar.

A su llegada  mi vida tomó un rumbo diferente, Pedro Infante me ayudó a sacar la confianza que no creí tener, la fuerza que necesitaba, me hizo volver a soñar y desear cosas que no sabía que deseaba.

(*) Publicado en Antología del Primer Encuentro Nacional  de Mujeres Poetas Döni Zunza (Flor de Nieve) Toluca 2019.