El amor es fuerte como la muerte

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San Juan

A la memoria de mi madre

 

Desde niña me enseñaste a preparar los nopales, el pico de gallo, un pedazo de chicharrón aderezado con la salsa de molcajete.  Recuerdo esos domingos en tu casa, almorzando un taco de plaza aderezado al sabor de familia. Tu visita de madrugada me despertó con el inevitable antojo de ir al mercado por el cilantro, el aguacate, las habas y todo lo que necesita para esta mañana de nostalgia.

 

Mientras muerdo el taco, la garganta se me hace nudo y atraganta el paso del recuerdo. En el primer bocado te siento y me duele no tenerte.

 

Mirar el altar de muertos que mis hermanas te pusieron, me ha llenado de tristeza; el entusiasmo por el sabor de taco de plaza se ha diluido entre lágrimas que atrancan cada mordida a la vida que me diste.

 

Ya no hay domingos donde pueda verte sentada a la mesa con nosotros, echar una mirada a cómo ponías el pápalo en tu taco.  Ya no veo tus manos trabajadas enroscando el gusto por la vida; los sabores del domingo por las mañanas. Ya no cuido con los ojos, cómo envolvías a alguno de nosotros, con el privilegiado apapacho de darle un taco por tus manos.

 

Mis hermanas ya pusieron el altar de muertos, yo no he podido ofrendarte el mío porque cuando era niña jamás pasó por mi mente que un día ya no estarías. Ahora que está presente tu inevitable ausencia, mi corazón se niega ante tu muerte: ponerte un altar es entrar a la renuncia de ti y no lo deseo.

 

Ese olor a añoranza y melancolía del que se visten estos dos últimos meses del año, hoy duelen más que muchos otros. Estos dos últimos momentos tengo ese frío que cala el alma.

 

Este es uno de esos años, madre, donde poner el altar de muertos, punza mucho más que otras veces; juegan los sabores a vida y muerte que me abruman.

 

No puedo dejarte sin tu luz, sin tus flores, ni tu caballito de tequila, no puedo negarte el sabor a pan de muerto, y mucho menos madre mía, dejarte sin tu taquito de plaza.

Aderezaré tu memoria con los recuerdos de domingo por la mañana en donde nos reunías para comer, de tus manos trabajadas, la misericordia de tu cariño. En esos domingos madre, nos prodigaste tu amor fuerte como la muerte.