El baño anhelado

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Durante un largo viaje, la emoción me invadió por conocer nuevos lugares con paisajes únicos que conservaría para siempre en mi memoria; grandes ciudades cosmopolitas, pueblos pintorescos, que tal vez no volvería a visitar. Era ésa mi gran oportunidad de mirar, sentir, oler, lo que sólo por medio de revistas había imaginado. Uno de mis mayores sueños era viajar por el mundo, conocer países lejanos, culturas, personas distintas, costumbres y lenguajes.

 

Me propuse aprovechar al máximo cada minuto del tiempo que durara, me dediqué a disfrutarlo, me ausenté de todo lo cotidiano, no sabía qué día vivía, ni qué hora era, sólo me dejaba llevar por cada minuto de esa  experiencia única para mí.

 

Al paso de los días, en descansos cortos, por instantes pude extrañar mi cama; mi espacio preferido, lo que se me olvidó de inmediato, muchas cosas nuevas me esperaban allá fuera; cualquier lugar era bueno para pasar una noche. Me di cuenta que también extrañaba el baño pequeño que a diario usaba, eso no se me pudo olvidar tan fácil; el uso de los excusados, me hacía recordarlo más; cada vez que me sentaba en un inodoro extraño, no podía sentirme a gusto, confiada o despreocupada, con rapidez salía de ellos.

 

Después de varios días fuera de casa, comencé a anhelar el baño, no averigüé si a alguien más le sucedía eso. Lo que si supe fue de los inconvenientes que tiene tener que usar hoyos en los pisos, retretes que no tenían agua y más aún, tener que usar esos baños improvisados,  comunitarios, al aire libre, lo que me llevó a recordar una ocasión, cuando era niña, mis padres me dieron permiso de ir con unos tíos que vivían lejos de la ciudad. El baño estaba distante, era una letrina pequeña donde apenas cabía, en la noche no quería salir, me daba miedo la oscuridad, siempre me imaginaba que alguien me seguía o fantasmas persiguiéndome, que desaparecían donde estaba la luz encendida. Tenía que aguantarme lo más que podía para no salir, más de una vez no me fue posible y no alcance el baño. Me hice a medio camino,  de aguilita con todo ese miedo contenido, que no se iba fuera de mí.

 

 

Qué de historias había escuchado en voz de mi padre, de esas personas que se habían caído en ese tipo de letrinas, donde sacarlas con vida era un desafío, además de burlas y el olor tan desagradable nadie quería estar al lado de los infortunados. Llegué a rezar para que no me sucediera eso a mí, porque al entrar al estrecho lugar se escuchaba crujir la madera vieja.

 

El anhelo por el baño se acentuó más, al comenzar un recorrido de cuatro horas, vino a mí la necesidad de correr al baño, no sé qué fue lo que me hizo daño, si era lo que había cenado la noche anterior o el suculento almuerzo de esa mañana, el caso era que me encontraba en aprietos, queriendo decirle al chofer que parara, porque ya mi urgencia era mayor, cualquier árbol era bueno para usarlo de baño instantáneo.

 

Lo peor sucedió después, mis tripas peleándose unas con otras, me dejaron llegar a los baños, entre prisas, retorcijones, y bailoteos; entré al primer baño que vi, sin cerciorarme si era de hombres o mujeres, estando adentro escuche que alguien había entrado,  deje que saliera, después salí ya despreocupada, al mirar la puerta vi que decía: “hombres”. Me alejé de inmediato, antes de que alguien se diera cuenta que una mujer había entrado. En el grupo con que viajaba, estaba un amigo que me dijo: te tardaste mucho, yo ya fui y regresé del baño, casi suelto una carcajada, al comprender que él  era quien había entrado.

 

Pasada la odisea; fue duro ver en qué condiciones estaba el baño del hostel donde pasé esa noche; era comunitario, no pude sentarme en ese inodoro sucio, mi estómago me envió varias veces a él y el dolor no cesó hasta el día siguiente.

 

Mientras terminaba mi largo viaje de dos meses y medio, me resigne a seguir anhelando mi baño personal, el que tengo dentro de mi habitación, a unos pasos de mi cama, el que raras veces comparto, donde me miro al espejo todos los días, me ducho sin prisas en mis días libres. Tuve que resignarme, sabiendo que eso no duraría mucho, ya en unos días más estaría en casa.

 

Cuando entré a la ciudad donde vivía, me sentí distinta, con la familiaridad de reencontrarme con lugares conocidos, ése era mi territorio; llegué a casa. Después de unos abrazos de bienvenida, fui directamente a mi habitación, botando las maletas, vi  mi cama, la había extrañado, me dirigí al baño anhelado, después de una larga ducha, el vapor se quedó atrapado, empañando el espejo, pasé mi mano y mire mi rostro, sonreí, otra vez en la tranquilidad de mi espacio donde mi intimidad crece y se desvanece. Desde entonces sé de la importancia  de ese espacio en mi vida; el baño, el que se anhela cuando se está lejos y se relega cuando se está cerca.