El día que el deporte alcanzó la perfección en la niña que aprendió a volar

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Nadia Comaneci voló hacia la historia con su último movimiento en las barras asimétricas un 18 de julio de 1976. Era el final de una ejecución impecable, en la que combinó a la perfección su gracia corporal con una técnica nunca antes vista. Menos de veinte segundos de rutina que siguen en la mirada y corazón de muchos a más de cuarenta años de distancia. Cuando salí de Rumania dije que esperaba ganar una medalla y si era posible una de oro. Era una declaración más seria que el sueño inalcanzable de una pequeña soñadora: Sabía que tenía la capacidad de lograr una rutina perfecta, pero prepararte para ello en un entrenamiento y hacerlo enfrente de 15.000 personas son dos cosas diferentes. Cuando lo pienso creo que fue mi edad lo que me ayudó porque no sabes mucho cuando eres una niña. Siempre dije que deseaba ganar una medalla olímpica y gané nueve.

 

Sería esto lo que relataría años después Comaneci. También comentaría que: no tienes miedo. También fui sin saber qué había afuera del mundo de la gimnasia, por lo que no tenía la presión que tienen los principales atletas antes de las grandes competencias. Nunca tuve grandes sueños porque si no los conseguía, me sentía decepcionada. Siempre me propuse pequeñas cosas para conquistar. Me pregunto cuáles serían los grandes retos. Además del 10 perfecto en las barras asimétricas, logró el máximo puntaje en otras seis ocasiones, ganando tres medallas de oro, una de bronce y una de plata.

 

Vale la pena comentar acerca de las conversaciones fabuladas de la pequeña comunista que no sonreía nunca en donde Lola Lafón puso en boca de Nadia Comaneci la sentencia: Todos los deportistas que ganan son símbolos políticos. Es así, pero en su caso fue más. Llegó a ser sinónimo de gimnasia, como Maradona de fútbol. Sentenció el ejercicio perfecto en Montreal 76, calificado con un 10, una puntuación que no había recibido nadie hasta entonces. Un éxito que quiso adjudicarse el régimen de Nicolae Ceaucescu en Rumanía, su tierra, pero los que contamos cierta edad tenemos grabadas las imágenes de la rueda de prensa que dio al llegar a Estados Unidos desertando de su país, del que no  podía salir. El símbolo máximo del socialismo rumano se escabulló de lugar.

 

Inclusive se decía por ahí que ella tuvo un romance con Nicu Ceaucescu, hijo del fusilado presidente. Se han contado todos los problemas que sufrió con los servicios secretos, la Securitate, con agentes y espías que la seguían día y noche hasta que huyó. Y, tal como era la información en aquel país, nada de lo escrito es del todo cierto ni mentira. A veces, sólo rumores que han trascendido hasta nuestros días o testimonios de  amigos rumanos, como Mihail, quien creció al lado del Centro de Entrenamiento Experimental en la ciudad transilvana de Deva, el lugar del que surgió una de las mejores generaciones de gimnastas de la historia: Unas niñas deportistas-probeta cuyos éxitos revolucionaron ese deporte hasta límites hilarantes y trágicos. Entre ellas estaba Nadia Comaneci: No solo recuerdo a Nadia, sino que un día la vi. De repente nos avisaron en el colegio de que venía de visita y todos los niños nos emocionamos. Estaría en nuestro instituto, que tenía un nombre nacionalista a más no poder, Decebal, el mítico rey que prefirió suicidarse a ser esclavo del romano invasor. Ahí iba a estar, con nosotros, Nadia, la famosa Nadia… fíjate si fue emocionante que no recuerdo ni siquiera que nos lo anunciaran, se me confunden los recuerdos como si fueran una película por las sensaciones tan intensas que supuso. Sin embargo, cuando luego vino fue una decepción. Llegó Nadia y era una Nadia que no se parecía a Nadia. Tenía el pelo muy corto, la encontré muy pequeña, no parecía la diosa de la tele. (…) Puso una mirada inexpresiva y no abrió la boca. Bajó la vista al suelo, todos permanecimos esperando algo, pero no, no dijo nada. El silencio fue penoso. Y se fue. Así, sin contarnos nada. Fue un desengaño.

 

La historia de Nadia Comaneci es la arquetípica del héroe que debe atravesar las sombras para salir después del otro lado, transformado y reforzado, y cambiar el mundo, su porción de mundo. Pero, quizás, lo que la hace diferente a las odiseas épicas que conocemos es que mientras todos mirábamos a Nadia pensando en que estaba en lo más alto de su carrera, en lo mejor de su vida, en que poco más que eso pueden alcanzar los simples seres humanos, ella estaba atravesando su peor momento, su oscuridad más profunda. Así es que mientras los pequeños y no tan pequeños la imitaban con cabriolas, saltos, arañas y medialunas en patios de escuelas, calles y gimnasios, ella, en Rumania, vivía un tormento del que solo pudo irse escapando: caminó horas y horas por bosques, atravesando lagos semicongelados, y pisando dudas y miedos en la noche hasta salir, del otro lado, a Hungría, Austria y, finalmente, a Estados Unidos. Casi una generación entera quería ser como ella, mientras ella buscaba escapar de sí misma. Pero realmente en nuestro contexto, lo primero que hay que decir de Nadia Comaneci, para los que no la conocen, es que fue la primera gimnasta en obtener un 10 perfecto en la historia de los Juegos Olímpicos. En los Juegos de Montreal 1976, cuando lo consiguió, tenía catorce años y ganó tres medallas de oro.

 

También hay que decir que fue la mejor gimnasta del siglo XX y que sus rutinas eran una seguidilla milimétrica de posiciones perfectas. Que es rumana y que publicaciones de todo el planeta escribían su nombre casi siempre acompañado de la palabra perfección. Y que niños de todo el mundo la imitaban y la tenían como ejemplo. ¿Cuál es el verdadero precio de la perfección?  ¿Quién es Nadia Comaneci? Quizás haya que decir también que comenzó con la gimnasia olímpica porque le gustaba sentir el viento contra su cuerpo, le permitía sentir la libertad que paradójicamente le quitó el régimen de Nicolae Ceaușescu cuando logró siete puntajes perfectos y se convirtió en un símbolo mundial. Que el mundo no supo casi de esa historia hasta que se escapó. Y que luego, con el tiempo, volvió a callar, porque ya no quiso recordar nada de eso.  Nadia tiene un sueño recurrente desde niña: sueña que vuela. Hay gente que la persigue y ella escapa, hasta que despega y se va volando. Otras veces sueña lo mismo, pero sin perseguidores ni peligros, sólo se eleva y va. Su madre decía que lograba volar gracias a que la primera carne que comió su hija fue de pájaro y que desde muy chica se pasaba trepada en los árboles, se subía a lo más alto y se dejaba caer, balanceándose colgada de una rama a otra. Le gustaba sentir que su cuerpo cortaba el aire: La libertad de movimiento era embriagador como decía autobiografía.

 

–¿Pueden hacer ruedas de carro? –les preguntó. –¡Sí! ¡Yo puedo! –gritó Nadia, y empezó a abanicar el cielo con los pies. Fue así como empezó a entrenar con Marta, la mujer de Béla, con otros dos entrenadores que trabajaban con ella y, más adelante, con el propio Béla. El árbol dejó de tener ramas, hojas, pero era igual: el cuerpo cortaba del mismo modo el aire, la sensación era la misma. Nadia entrenaba entre cuatro y seis horas por día, seis días por semana. Había saltos que se practicaban primero en colchoneta, después en una línea pintada, luego en una barra a nivel del piso y después en la barra de equilibrio elevada. Pero, incluso cuando ya saltaba en la barra alta, cada día volvía a hacer todo desde cero, desde la colchoneta otra vez. Tenía una fuerza de voluntad que pocos niños de su edad tenían. Una fuerza con la que no nació, con la que no se nace. Además la pequeña tenía en casa el ejemplo, veía a su padre, Gheorghe, caminar diecinueve kilómetros por día para ir a su trabajo en el taller mecánico. Aprendió viendo a su madre, Stefania, hacer ella misma lo que no podía comprar. Como su primera malla y zapatos de gimnasia, que su madre cortó y cosió. Desde entonces, cada noche, Nadia se llevó a la cama la malla y se durmió abrazada a ella.