El institutense Adolfo López Mateos

Views: 496

“Hay seres que pasan por la vida y dejan de ser terrenales, pero la energía de Adolfo López Mateos, activó tanto a la naturaleza y penetró tanto en la conciencia de su pueblo, que transcendió en el tiempo, y aún entre los vivos, su existencia tiene mayor vida, que cualquiera de nosotros”

Víctor Humberto Benítez Treviño

 

La Universidad Autónoma del Estado de México lleva cincelada en la diáfana claridad de su presencia, la memoria de hombres y mujeres que han dado lustre a su existencia y que han troquelado en su espíritu la grandeza de su historia. Orientados por el velero de la responsabilidad, evocamos en el ajuar del espíritu universitario a uno de sus hijos predilectos: Adolfo López Mateos.

En el umbral del siglo XX, nace en Atizapán de Zaragoza, Estado de México; un hombre preclaro que toma como defensa legítima; la lucha férrea en favor de los desposeídos, la evolución del ser humano a través de una formación permanente y por sobre todo, la exaltación de una raza que gallarda y centellante resiste en la historia el oprobio de sus gobernantes. 26 de mayo de 1910 es la fecha en que concibe por primera vez la luz, el insigne López Mateos.

Época de cataclismo político y social: México se reforma y se transforma, encumbra una voz que no puede ser callada; el dolor social de una nación se convierte en la antorcha de las ideas revolucionarias que permean en las generaciones subsecuentes. Bajo el crisol de las ideas revolucionarias, bajo el ideal de las virtudes liberales y bajo el amparo de la lucha por la reivindicación social es donde el joven Adolfo va lustrando su espíritu.

Prosiguiendo la tradición del Instituto Científico y Literario de Toluca y guiado por la senda de la inmortalidad que prodigaran los maestros del Instituto; Adolfo López Mateos se matricula en este, iniciando así una escalada profesional que lo conduciría a los más altos honores académicos en el orbe educativo nacional. Cautivado por la pasión verbo-motora del inmortal maestro orador de la lengua castellana Horacio Salvador Zúñiga Anaya, hombre sensible a su tiempo; estudia y practica la Oratoria, torrente intelectual que desborda por el resto de su vida. Inmortalizando en la palabra, las luces sublimes y perpetúas de un alma prometeica; motivado por la sabiduría de su maestro y guiado por su espíritu de lucha profiere afablemente: “…la lengua Castellana es lengua de bronce, lengua de campanas y de cañones, pero también es lengua de oro y de metal que ha traducido los éxtasis místicos y los deliquios amorosos de una raza mística, guerrera y apasionada”.

Hace de la palabra el arma de libertad del pensamiento, el sello inefable del tiempo que va desperdigando por su transitar, el engrandecimiento del hombre en todas sus facultades. Palabra que es luz, en el momento de quebranto intelectual; palabra que edifica el alma de la humanidad y que combate por medio de la verdad la tartamudez que nubla las virtudes del hombre; por eso en el centro de su pensamiento, López Mateos encumbra al hombre en toda su magnificencia. Sus discursos sempiternos e incendiarios se refugian en la verdad, porque en ella se encierra necesariamente el espíritu universitario.

Adolfo López Mateos: el estudiante, el bibliotecario, el catedrático, el director honorario a perpetuidad, el insigne benefactor de nuestra hoy Universidad Autónoma del Estado de México, fue, es y será: una voz que transforma con su ejemplo la vida de nuestro país, él; hombre agradecido con sus orígenes profetiza como un ciclón el destino de nuestra Universidad, al disertar vehemente: “Esta Universidad va a vivir mucho. Hagamos votos porque sea vigorosa y fuerte, que no la manche la torpeza, que sea blanca y cándida…” –palabras gambusinas que nos refrendan día a día nuestro destino y compromiso como universitarios-.

Siguiendo la añoranza de los maestros institutenses, convierte López Mateos a su mente en un panal de ideas, alimentando a las abejas de lumbre que incendiaran el alma mexicana. Comprometido con su preciado Instituto: desde la consolidación de un programa educativo que permitiría el libre aprendizaje de diversas áreas del conocimiento, hasta la restauración del edificio palaciego que albergara a las mentes lucidas de su tiempo (el famoso edificio de Rectoría), enseñoreando con su talente jurídico la propuesta legal que permitiría la obtención de la autonomía del Instituto Científico y Literario de Toluca (posteriormente de nuestra preciada Universidad). Proyecta su espíritu institutense para hacerse en el campo de la política nacional de diversos encargos públicos: la función senatorial, el ejercicio de la función pública a través de la Secretaría de Trabajo Federal y con honores reservados el privilegio de ocupar la silla presidencial de nuestro país.

Hombre lírico, de voz prominente e ideas centellantes, se convierte el prometeico Adolfo López Mateos en el primer mexiquense, que usa la banda presidencial; y que desde el alto pedestal de la política mexicana, recibe el sello característico del presidente orador, del presidente humanista, del presidente culto y conciliador, comprometido con las tareas gubernamentales; y que haciendo valer la grandeza mexicana a nivel internacional, procura siempre el respecto a la autodeterminación de las naciones, convirtiéndose en quijote celoso del principio de no intervención en los asuntos internos de las naciones. Su grandeza y anchura de miras le dan un rostro fulgurante a México; se transforma en un conspicuo hombre de Estado, un estadista que deja huella en el tiempo.

El 22 de septiembre de 1969, la presencia física de Adolfo López Mateos se extingue, la patria está de luto; la Universidad templo del saber ha perdido a uno de sus clérigos; sin embargo, su sentencia lapidaria distingue la esencia y presencia del ideario lopezmateísta: “el esfuerzo del hombre no es inútil, el hombre pasa pero la obra queda”. Nada más cierto; la potencia creadora de su obra, el halo de sus pensamientos, sus discursos plagados de razón, fulguran en el recuerdo de los universitarios. Labró con su vida la magnificencia del palacio que albergaba su corazón, su amado Instituto; dándole sentido de pertenencia e identidad propia.

El mensaje de Adolfo López Mateos sigue vigente entre la juventud universitaria mexiquense y mexicana ávida de esperanza; pleno en la confianza a la juventud, manifestó: “hemos tenido fe absoluta en la juventud porque pensamos como los jóvenes que la patria se hace todos los días”. Cierto, es la juventud la llave motor de nuestra Universidad, es el trabajo pilar de una mejor patria y es el estudio el que hace brillar la estrella pitagórica del conocimiento universitario.

Adolfo López Mateos, es el insigne espíritu universitario que ilumina la conciencia de los mexiquenses y los mexicanos, es el hombre que con el pebetero de sus ideas humanizará el gobierno; el orador que construyera metáforas de compromiso moldeadas en la acción cotidiana. Es el institutense prototipo que bebe de la fuente y que cincela con sus manos el puente luminoso por donde fluye el agua que habrán de beber sus hermanos. Plasmadas en la historia sus palabras fueron sentencias académicas y apoteósicas que nos hacen recordarle con cariño y admiración; López Mateos selló su destino en 1958 cuando al ser candidato a la presidencia de la República exclamo: “Quiero…, agradecer infinitamente a los alumnos, a los maestros, al consejo y al rector, la cálida hospitalidad que me han brindado y asegurarles que el viejo estudiante Adolfo López Mateos, que el catedrático López Mateos, que el director López Mateos y quizás, si así lo dispone el destino, el presidente López Mateos, será siempre un Institutense de Toluca.”