EL JUICIO DE LAS REDES SOCIALES Y EL CASO METOOMX. PRIMERA PARTE

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El ciberespacio se ha tornado un lugar de lucha para la conquista de los nuevos derechos fundamentales, los cuales no obstante su intangibilidad, son determinantes en la construcción de una nueva sociedad basada en la información y el conocimiento como guía en el actuar de las personas y con lo que moldea la estructura de una consciencia colectiva, supuesto a través del cual realizaré mi aproximación en torno al fenómeno #MeToo.

La libertad de expresión en internet constituye uno de los principales frentes de dicha batalla, a través del cual todas las personas participantes en este espacio, como ciudadanía digital, coexiste a partir de sus expresiones y opiniones en el entorno virtual (que registra la actividad mediante datos), frente a las creencias, el contexto cultural y la diversidad en las cuales interactúan y producen efectos.

Así, este derecho fundamental desde la experiencia occidental cuenta con varias perspectivas, que dependiendo del enfoque, producen una visión idiosincrática diametralmente opuesta entorno a la comprensión y exigencia de esta prerrogativa, reiterando como ejemplo, que mientras para el caso mexicano, la libertad de expresión constituye un derecho que solamente puede ser definido a través de la legislación que señale sus alcances y límites, en Estados Unidos de América, representa un valor social protegido por la primera enmienda, en la que se prohíbe legislar cualquier limitación en su contra.

Bajo este contexto, la libertad de expresión en México se entiende acotada a una disposición legal, mientras que un ciudadano estadounidense, considera que este derecho no tiene límites; expresiones que coexisten en un plano en el que difícilmente las autoridades mexicanas o estadounidenses pueden intervenir para hacer efectivo este derecho y hacer valer su jurisdicción, sino que queda en el ámbito de los propios ciudadanos, puesto que más allá de que su intervención pueda constituir censura, la dinámica generada en las discusiones que se realizan en el ciberespacio rebasan por mucho las capacidades técnicas y humanas para llevar a cabo su control por parte de cualquier autoridad.

Por ello, cuando empiezan movimientos sociales a través de medios digitales, la efervescencia inherente a ellos constituye un gran laboratorio social que permite proyectar y entender las tendencias de la nueva organización social.

En estos últimos días, hemos sido testigos del fenómeno #Metoo a partir de una experiencia nacional con #MeTooMúsicosMexicanos y una local #MeTooUaemex, así como de expresiones reaccionarias con el caso del suicidio del músico Armando Vega Gil y la creación del movimiento #MeTooHombres, últimos dos sucesos que poco o nada tienen que ver con los mencionados inicialmente, aunque en apariencia pudieran ser atribuibles como una derivación, al final pudieran considerarse como información derivada de la dinámica denominada teléfono descompuesto.

Anticipo que la opinión en torno a este fenómeno, únicamente constituye una aproximación que busca simplemente coadyuvar en la búsqueda de propuestas de solución, sin que éstas breves líneas pretendan brindar una radiografía integral, lo cual resultaría además de complejo, resultaría estéril a la luz de un análisis particular.

Bajo ese contexto, varias personas nos hemos enfrentado a las interrogantes ¿es correcto andar exhibiendo en redes sociales a otras personas por su actuar indebido? ¿cuál es el objeto de esta exposición: juzgar o sancionar? ¿los que han intervenido en este movimiento están en lo correcto? ¿el anonimato puede ser un recurso para la difamación? ¿el suicidio puede ser una decisión válida frente a esta problemática? ¿la víctima se ve reparada al convertirse en victimaria? ¿a alguien le asiste la razón en torno a este fenómeno? ¿el victimario nunca fue tal, sino que siempre fue víctima?

Tomando como base estas reflexiones identificamos que el día de hoy a través de la libertad de expresión, entendida como el derecho que tienen las personas de difundir, investigar y recibir informaciones; su intercambio y análisis se han convertido en la vía por la cual, el criterio y opiniones de las personas se han convertido en un tribunal que substancia sus juicios o procesos a través de las redes sociales.

Tal como acontece con la justicia privada, es decir, aquella postura que indica que cuando una persona sufre una violación en sus derechos, se encuentra legitimada para exigir su reparación por su propia fuerza a través de la denominada Ley del Talión, es decir, “ojo por ojo, diente por diente”, nuestra concepción sobre el ciberespacio no puede llegar al extremo de replantear las exigencias futuras con base en las primitivas, ya que esta experiencia nos ha enseñado que con la aplicación de la Ley del Talión, todas las personas podemos terminar ciegas y chimuelas.

Sin embargo, tampoco puede subestimarse el juicio de las redes sociales, ya que su contenido rebasa el ámbito de la libertad de expresión, alcanzando las propias bases en las cuales se fundamenta la organización sociopolítica de gran parte de los Estados Modernos, que se construyeron principalmente en doctrina y teoría, tal como la división de poderes (basada en “el Espíritu de las Leyes”), a través de las cuáles “la voluntad popular” se expresa en la Constitución y las leyes, las cuáles son aplicadas a través de una autoridad ejecutiva y las controversias se dirimen ante un juez; para los cuáles se ha utilizado la figura de la representación por parte de autoridades. Por ello, ante la posibilidad de que esa voluntad soberana disminuya la cantidad de intermediarios y de representación, a través de su participación directa por el uso de las tecnologías, los mecanismos de equilibrio pueden estar sujetos a una redefinición en la cual los ciudadanos interesados se involucren activamente.

Ello, en el entendido de que esta gobernanza colaborativa no puede ir en contra de los principios que han sido desarrollados con el plano de la experiencia, que va más allá de la dictadura de las mayorías, es decir, que para la toma de decisiones debe atenderse no solo a la opinión mayoritaria simple, sino a la mejor propuesta que permita su respaldo ciudadano, aunque éste incluso no rebase la mitad.

Así, al igual que la conformación del Estado no puede generarse de manera orgánica y/o espontánea, sino que se requiere la creación de instituciones y acuerdos que permitan los equilibrios en el funcionamiento social, el ciberespacio requiere de instituciones y valores entendidos más allá de la participación e involucramiento directo por parte de los interesados, como veremos en esta colaboración.

El movimiento #MeToo es una expresión auténtica de la ciudadanía para buscar un equilibrio frente uno de tantos supuestos que comprende la lucha de las mujeres en el ciberespacio, el cual surgió en 2006 en MySpace  (inclusive antes de que se familiarizara el uso de hashtags) por parte de la periodista Tarana Burke, como parte de una campaña para promover el empoderamiento a través de la empatía con relación a chicas en comunidades vulnerables afectadas por la discriminación racial y el abuso sexual, en la cual, la posteriormente activista refiere haber tomado valor con base en la experiencia de una chica de 13 años de edad que le confesó haber sido abusada sexualmente, ante la incapacidad de dar una respuesta a esta chica.

Este movimiento adquirió relevancia a partir del año pasado en la industria cinematográfica a partir de su uso por Alyssa Milano, quien refirió que fue acosada sexualmente cuando era joven durante un concierto, a partir de lo cual hizo un llamado a denunciar no solo la agresión sexual, sino el hostigamiento, lo cual empezó a ser replicado en redes en varios países y en varios supuestos.

Así, a través de la libertad de expresión se generaron diversas iniciativas como las que se mencionan en esta colaboración, sin embargo, seguiremos explorando sobre si este derecho es o no absoluto, cuáles son las perspectivas en torno a sus límites, así como un componente fundamental que hace más complejo el debate, y a su vez, exige una mayor sonoridad, como lo es el derecho al libre desarrollo de la sexualidad y de la personalidad, sobre lo cual seguiremos hablando la siguiente semana. Hasta la próxima.