EL LUTO HUMANO

Views: 326

Octavio Paz decía que la muerte “…el mexicano, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor permanente”. ¿Tendrá razón Octavio Paz, será cierto que el mexicano no le teme y al contrario, la celebra? Recientemente conmemoramos a los Fieles Difuntos o como coloquialmente se conoce, el Día de Muertos. Una celebración que tiene su origen en Francia y que a través de la conquista llegó a nuestro país y que, junto con nuestras tradiciones prehispánicas se transformó en una celebración característica de nuestra nación.

Cada año ha ido cambiando la forma en que se celebra, en especial ahora que otros países se han fijado en las costumbres de México y han hecho de ellas un atractivo, como la película que intentó reflejar la tradición del Día de Muertos, o de aquella película de James Bond que comienza con un vistoso desfile, mismo que se adoptó éste año en la Ciudad de México.

Se festeja a la muerte; donde un día se lloró amargamente, en el Día de Muertos se ríe, se bebe e incluso se oye música junto a la tumba de los amados. Porque como escribió José Revueltas en su novela El Luto Humano, “…el hombre tiene sed junto a la muerte… junto a sus muertos, silenciosamente, amorosamente, bebieran siempre su alcohol bárbaro e impuro, su botella de penas. …porque eso que amas, en verdad, es tu sufrimiento, las lágrimas que te salen, la entraña que se te pudre lentamente”¹

Aquello que un día nos dio la alegría, también nos trae desazón e incluso la muerte o al menos la muerte de una parte de nosotros. Desde nuestro acontecer en la vida ya nos preparamos para la muerte, nos vamos acercando a ella, es como si hubiera una consciencia de ello y entonces se ignora la fatalidad que la acompaña como si fuera mejor ignorarla.

“El mexicano tiene un sentido muy devoto, muy hondo y respetuoso de su origen. Hay en esto algo de oscuro atavismo inconsciente. Como ignora su referencia primera y tan sólo de ella guarda un presentimiento confuso padece siempre de incurable y pertinaz nostalgia.”¹

Entonces en la algarabía de la fiesta, se ahoga, se calla, se ignora el dolor, el miedo a no saber qué es la muerte, si es continuación o finitud, volver al origen; “Y en realidad, ¿quién puede mostrar la fina frontera, el límite invisible? Muere tanto el hombre, con su cerebro opaco y lejano. Muere de morir sobre su cuerpo por donde caminan los enigmas, y fácil y difícil con la vida, fuerte, endeble, demoniaca, celeste próxima, vieja, extraña.”¹

 

Tantas cuestiones en torno a la muerte, lo que sucede, lo que significa, lo que duele o alegra; lo que las ciencias intentan nombrar, para brindar cierta certidumbre o temor.  Sólo queda el consuelo en el bullicio y la nostalgia de los buenos momentos con los que ya no están.

Porque la muerte no es morir, sino lo anterior a morir, lo inmediatamente anterior, cuando aún no entra en el cuerpo y está inmóvil y blanca, negra, violeta, cárdena, sentada en la más próxima silla.

EL LUTO HUMANO