El primer partido

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Algunas veces cuando escribes te bloqueas. Sabes cómo tejer la trama, la estructura segmentada de la novela; pero ante los títulos que forman parte de tu plan de acción te quedas en blanco. Muchas veces te aterra tu ortografía final y la reacción de tu público; ante un bloqueo lo mejor es escribir, o al menos es lo que he aprendido como narrador.

“El primer partido”, título que ya he ocupado antes en La chica futbolista; pero ¿verdaderamente fue así cómo se conocieron los protagonistas? Utilicemos cada recurso para apegarnos a la realidad, importa poco que sólo estemos tratando. La realidad es de ustedes, más no mía. Centrémonos nuevamente en nuestros protagonistas A… y Pamela, recordemos el pasaje a través de la cita para aquellos que no hayan leído el antecedente:

Iker comprendió lo que su madre decía, así que también abrazó a Pamela, allí María tomó una fotografía para el álbum de su hijo. /Después de eso ambos se pusieron a dar pases, la inocencia de ambos niños rompió la rivalidad y recordó que el futbol es un juego.  /–Adiós niño–dijo Pamela sonriendo cuando su padre llegó por ella y su madre. /–Adiós niña.–dijo Iker sonrojándose. /Esa fue la primera vez en que ambos hablaron y se dieron cuenta del lazo de amistad que ambos podían tener, el problema es que esto no se repetiría después de mucho tiempo. (Saint-Martin 16)

El fragmento anterior es parte de la conclusión del primer capítulo. Es tiempo de romper con la omnisciencia y darme a conocer como lo que soy, un narrador deficiente. También es tiempo de desconstruir el mito y relatar lo que verdaderamente sucedió.

El primera partido puede significar tantas cosas, como la primera vez que los protagonistas jugaron en un equipo, su debut en otro. Esta noción puede estar ligada a algo emocional como cuando anotaron por primera vez, o cuando ganaron un campeonato; el primer partido también puede ser ajenos a ellos, como la primera vez que vieron un partido por la televisión o su primera visita a un estadio.

Ninguna de las anteriores es a la que me quiero referir. Giró mi dedo hacia la izquierda deconstruyendo el tiempo. Desde las alturas puedo reconocer a uno de nuestros protagonistas: alto, escuálido y un poco deprimido (así son los primeros meses del año para él), viste con un pants azul y una playera blanca, va en conjunto de cuatro personas.

Acerquémonos un poco más: “Menos mal que no tengo clase”. Los pondré en contexto espacial, estamos en un edificio azul de tres pisos en un tipo de olimpiadas inter-escolares. Juegan dos equipos femeninos las de casa (vestidas de azul oscuro) y las visitantes (vestidas de amarillo y azul cielo).

Sólo dos jugadoras locales realizan un esfuerzo: la guardameta y una mediocampista pelirroja. Es el primer partido que A observa en esa su escuela de otro estado sin tierra caliente. Pamela no parece esté estar en forma para la posición que desempeña (no era tan buena como en la ficción), aún así anota la segunda y última anotación de las locales.

A se queda observándola por un rato, ella sube su vista y encuentra su mirada, la primera de muchos. El encuentro finaliza cuatro a dos para las visitantes. A y el conjunto de cuatro personas se acercan a la guardameta, que es la única jugadora que conocen bien. Este primer partido no fue tan emocionante, pero podría decirse que fue el primer encuentro entre nuestros protagonistas.

Giro mi dedo hacia la derecha y me detengo en una plaza con una pista de hielo. Será lo último que escribiré. Sé que carecí de emoción, pero así fue este momento, que podemos llamar el inicio. Si al caso sentí cierta incomodidad por parte de A al encontrar la mirada con Pamela, pero no encontré razón para describirla.