El reciclaje también es cultura

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[email protected]; Facebook: Rodrigo Sánchez; Twitter: RodrigoSanArce

 

Tengo en casa montones de papel, no solo por los libros que heredó mi padre y los que juntamos mis hermanos y yo. Somos acumuladores compulsivos de papel, casi de cualquier papel que nos cae en las manos. En mi caso, además, aún tengo la manía de comprar periódicos los domingos, aunque a veces no los alcance a leer ni en la semana, pero es que no es la misma sensación leer en papel que en la pantalla de un celular. Todo ese papel acumulado, dicen mi madre y mi hermana, es basura almacenada a lo largo del tiempo a la que hay que rociarle gasolina y aventarle un cerillo prendido, mientras que el resto de hermanos hacemos lo posible por salvar nuestro preciado y viejo papel.

 

Una fórmula que encontré hace años para no ser uno de esos acumuladores que ya no tienen espacio en casa para más cosas pero que les gusta vivir en medio del amontonamiento, es reciclar el papel que durante años he guardado. Lo que no sirve o lo que con el tiempo deja de ser útil lo guardo en cajas, no lo tiro a la basura de inmediato. La clave está en ser paciente y aguantar mirar las cajas llenas de papel invadiendo tu casa, hasta juntar una cantidad digna de ser llevada a los centros de acopio que comienzan a proliferar, desde los que compran el “kilo” hasta los que instalan organizaciones de la sociedad civil (Fundación Tláloc, Pet Star, Bio Papel) que periódicamente realizan campañas, sobre todo el 19 de mayo en que se celebra el Día Mundial del Reciclaje.

 

Estas campañas y los centros de acopio han jugado un papel importante al educar a las personas en la cultura del reciclaje, pues gracias a ellas sabemos que los refrigeradores viejos deben llevarse a procesadoras especializadas y no vendidos a las camionetas que traen la cantaleta “Se cooompran…” (conste que no tengo nada contra ese negocio y su grabación que repiten una y otra vez hasta la saciedad); lo mismo debe pasar con los aparatos electrónicos y las pilas que ya no funcionan (si una de estas cae al agua puede contaminar miles de litros de agua), así como con el pet y diversos tipos de plásticos.

 

Hablando de plásticos, es importante reducir su consumo en las propias casas. Las instituciones ya comienzan a realizar esfuerzos para que la gente deje de usar bolsas de plástico, una tarea titánica pero necesaria. No obstante, somos nosotros los que en casa debemos poner un alto al uso de plásticos que luego terminan en las panzas u orificios de aves, peces y anfibios. No tolero ver esas imágenes de destrucción y sufrimiento de los animalitos y la vida natural.

Así que no queda de otra: los seres humanos debemos intervenir de una manera más activa para frenar el deterioro de la naturaleza que nos rodea. Y si los humanos tenemos que intervenir para salvar a la naturaleza, entonces el tema del reciclaje se convierte en un tema netamente cultural.

 

Hay quien piensa que esto no se logrará hasta que deje de crecer la población. En muchas partes del mundo se ha frenado su crecimiento, pero esa solución por si misma no es suficiente ni deseable: habrá quien no quiera tener hijos, pero estoy seguro que son muchísimos más quienes si desean tenerlos. Haciendo buen uso de los recursos, parece ser que la Tierra puede soportar la presencia de miles de millones más de humanos. Pero ahí radica el problema: en el bueno uso y aprovechamiento de los recursos que nos da Natura.

 

El sabio mexicano Gabriel Zaid propone una alternativa viable: “prestigiar la idea de reciclar”, tema asociado a erradicar la idea de que la naturaleza se cuida sola. No es cierto: los seres humanos debemos cuidar a la naturaleza y la responsabilidad corresponde a todos, incluyendo a gobiernos y empresas.

 

Adicionalmente, Zaid propone reciclar otros elementos. El principal, el agua. Dice que en situaciones desesperadas los extraviados en el desierto (y añado a los que quedan atrapados en espacios cerrados) beben sus propios orines. Los astronautas hacen lo mismo, después de purificarlos. Es lo que debemos hacer con el drenaje: que sus líquidos vayan directamente a plantas de tratamiento y evitar que las fábricas generen más desechos líquidos y gaseosos. Para evitar fugas en la distribución de agua potable, hay que sectorizar y digitalizar las redes de distribución con sensores que las ubiquen.

 

Zaid dice también que se deben inventar empaques no desechables pues lo ideal es que no sobre nada y, si sobra, que se reaproveche en otra cosa. Al respecto, una vertiente de las empresas start-up que tiene gran futuro es el de los empaques de comida que se pueden comer, elaborados con ciertos tipos de algas, hongos, leche, cáscaras de tomate, para crear contenedores y envolturas, pero también platos, cubiertos, vasos, etcétera. En México este tipo de empaques no es muy socorrido, pero al menos ya comienza a generalizarse la práctica, sobre todo en las cafeterías, de que puedes llevar tu propio vaso o termo para transportar el líquido, lo que contribuye a ir reduciendo el consumo de desechables de “un solo uso” que han resultado tan perniciosos.

 

Una última idea de Zaid es la de re-prestigiar la durabilidad de las cosas, lo que otros autores mencionan como combatir la “obsolescencia programada”. Antes los refrigeradores duraban veinte o treinta años. En estos tiempos hay que cambiarlos cada lustro. Esta situación se observa mejor en los celulares: no hay smartphone que te dure dos años, a menos que corras el riesgo de quedar desfasado de los avances tecnológicos. Pero lo cierto es que antes las cosas se fabricaban para durar y hay que rescatar eso. En una estación de bomberos de Livermore, California, hay un foco que lleva 118 años prendido, más de un millón de horas iluminando a los traga fuego norteamericanos. Por supuesto el foco ostenta un Récord Guinnes y es la mejor muestra de que sí se puede.

 

Pueden parecer ideas utópicas, pero son ideas necesarias. Para realizarlas hace falta cambiar muchas cosas que tienen que ver con las nuevas dinámicas capitalistas de los mercados, pero debemos emprender el camino cuesta arriba para lograrlo. Sobre todo, debemos comenzar en nuestras propias casas pues es ahí donde podemos ahorrar y reciclar agua, materiales y cuidar aparatos para que duren más años. Es cosa de crearnos a nosotros mismos una cultura del reciclaje. Es complicado y cuesta trabajo, pero vale la pena intentarlo.