EL SEÑOR DE LOS OJOS TRISTES

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En memoria  J. Remedios Cabrera 1925-2019

 

Mi abuelo era un gran barredor de penas y es que en su vida era lo único que abundaba. Todos los días al despertar era encomendarse a Dios. Antes de que el sol se asomara por las tejas de su casa y las sombras se hicieran gigantes, antes de que alguien en la casa se despertara y comenzara a hacer ruido. Él comenzaba a barrer ese patio que no tenía fin y es que entre sus penas había inmensas tristezas, que no se podían escapar de su rostro.

 

Ya sus compañeros de trabajo, vecinos,  personas que lo miraban caminar en la calle con esa nostalgia inmensa metida en el cuerpo, le habían apodado el señor de los ojos tristes. Su gran pasatiempo era cuidar de árboles y flores, él mismo los había sembrado. Al darles el cuidado necesario con sus manos, sin saberlo, los contagiaba de esas penas que tenía muy adentro, cada una de esas hojas de árboles y flores  eran penas regadas con tristezas, con tierra abonada de nostalgias, al reunirse con ellos cada tarde invadían su espacio.

 

Tantas veces escuché aún acostada el sonido especial de su escoba, recogía la hojarasca; invadidas de melancolía,  al caer hojas desprendían su pesadumbre. Él nació con la pena de un padre muerto que nunca conoció. Tuvo que ayudar al sustento del hogar con su madre y sus hermanas, desde pequeño se convirtió en arriero para andar con sus pies desnudos por cerros lejanos donde sentir hambre y sed era algo que siempre recordaba. Viajar días por sendas pequeñas, abrir el camino con el ganado de frente para llegar a poblados que no tenían electricidad.

 

Vivió con la pena de no tener muchos hermanos, cuando fue joven emigró a trabajar a la capital, emplearse en cualquier trabajo que pudiera encontrar. Extrañar su pueblo, su familia, su hogar. Fue en esas salidas, en su juventud, cuando se enamoró de quien fuera mi abuela. Ella era la más pequeña de una familia de músicos, sus hermanos compositores, todos tocaban un instrumento; juntos formaban un grupo donde ella era la cantante. La conoció un día de Navidad, mi abuela cantaba en una pastorela, él escuchó su voz y quiso saber quién era.

 

Tiempo después se casarían en su pueblo recóndito, por la sierra. Tuvieron muchos hijos; cuando ellos eran pequeños, mi bisabuela de nombre Sabina enfermó gravemente, se descubrió que tenía cáncer; mi abuelo sufrió la pena de perder a su madre, hizo todo lo que pudo, me lo contó de viva voz, vendió todo cuanto tenía para que ella se curara, finalmente no sucedió.

 

Al correr los años en esas tierras de pobreza con muchas bocas que alimentar, decidió enlistarse como bracero a Estados Unidos, dice que fue diecinueve veces. Se le partía el corazón cada vez que dejaba a su mujer y sus hijos llorando, ellos enfermaban por su ausencia y lo que mandaba era para pagar lo que ya se debía de medicinas y alimento. Estuvo en la pizca de jitomate, de algodón, de cebada, igual en climas de menos cero como en temperaturas altas, sufriendo la pena de estar lejos.

 

Cuando ya decidió quedarse y no volver a irse, emigró de su pueblo a la ciudad de México, ahí sufriría la pena de una gran separación, mi abuela lo dejaría solo con una gran herida abierta y una soledad inmensa, de la cual nunca podría recuperarse aunque sus hijos lo acompañaran. Mi abuela volvía a su gran pasión; cantar.

 

 

Con los años, mientras barría sus penas en la división de su familia también barría penas acumuladas de sus hijos muertos; asesinado su hijo mayor en Estados Unidos siendo muy joven. Su hija asesinada por un descuido de una bala perdida, su catrina sencilla no estaría más.  Fueron golpes que agrandaron su tristeza, sus soledades y la pena de ver morir a tantos antes que él, se fue quedando  sin amigos.

 

Él continúo barriendo penas,  tantas como las hojas que caen en el otoño. Su forma de ser, ensimismado, lo llevo a ver la vida dentro del trabajo. Hoy ya se cansó de barrer sus propias penas y las de sus descendientes. El abandono selló la suerte de cada uno de sus hijos. Ya se metió en su tristeza, con la mirada extraviada se va a ese sitio donde no piensa en nada.  Vive en ese silencio con la palabra encarnada en las uñas de sus manos y sus pies.

 

Ignora las penas que caen de los árboles a diario, en la lejanía.  La hojarasca llora todos los días de tanta nostalgia acumulada, que al desintegrarse se vuelve humus y se ríen de la vida cuando se hacen polvo. Mi abuelo el señor de los ojos tristes, ya no tiene fuerzas para seguir barriendo sus penas, las penas de otros y las mías. Ya vive en otro espacio donde aprende a sonreír.