EL ULISES DE JOYCE

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Pensé equivocadamente hace unos años que escribía artículos sobre Borges, que él no apreciaba a James Joyce el escritor irlandés —Dublinés, para ser precisos—. Pero al leer más sobre el argentino mi error quedó a la vista, pues hay en él una admiración enorme por quien escribió la novela de cientos de páginas sobre su ciudad: Dublín, y la vida de Leopold Bloom, extranjero judío que ocupa en las letras irlandesas un lugar de privilegio. Él es Ulises y, Sthepen Dedalus, (personaje análogo a Telemaco, hijo de Ulises/ Odiseo); y Molly es la paciente Penélope que siempre espera al comerciante judío, al que por cierto le es infiel con su amigo Blazes Boylan dentro de la extensa novela.

 

En lectura que hago al prólogo del escritor y promotor de la lectura, el mexicano Felipe Garrido, pone en su amplio texto un poema escrito por Borges precisamente dedicado al escritor irlandés. Invocación a Joyce : Qué importa nuestra cobardía si hay en la Tierra / Un solo hombre valiente, / Qué importa la tristeza si hubo en el tiempo / Alguien que se dijo feliz, / Qué importa mi pérdida generación, / Ese vago espejo, / Si tus libros la justifican. Mucho fue el afecto del argentino por quien le presentó esa obra magna para el desarrollo de la lengua inglesa. Tanto fue su afecto que le contó la aportación de nuevas palabras, o de aquellas que vienen de la historia de los siglos, desde las sombras del tiempo. Esa es la aportación que el escritor genial da al idioma, es su objetivo como verdadero escritor.

 

James Joyce escribió Dublineses que se publicó en 1914, Retrato de artista adolescente en 1916, Ulises en 1916 y, Finnegans Wake en el año de 1939; además, cita Felipe Garrido dos libros de poemas: Música de cámara en el año de 1907, y Poemas manzanas o Poemas  a penique de 1927 (tengo en mi poder el libro: James Joyce Poesía, tiene buena cantidad de otros versos) y una obra de teatro: Exiliados del año de 1918. Estos títulos son toda una literatura, porque bien lo dice T.S Eliot: Existen escritores que abandonan su individualidad para convertirse en espíritu de su pueblo. Con James Joyce estamos ante un gigante de las letras que refleja con todo su afecto la patria que él debió de abandonar, como si en el caso de los irlandeses la necesidad de vivir fuera de la patria fuera el pago de su pecado al querer escribirla.

 

Joyce escribe un poema sobre el tema, citado por Felipe Garrido en su prólogo a la obra Dublineses —publicado por cierto por la Universidad Veracruzana que cuenta en su orgullosa biblioteca con títulos emblemáticos de las letras universales—, cito el poema: Así pues, estoy obligado con Irlanda: / su honor está en mis manos; / esta hermosa tierra que siempre manda / al destierro a sus artistas y escritores / y, con irlandés sentido del humor, / uno tras otro, va traicionando a sus caudillos.

 

De ese personaje el argentino escribe varios artículos o textos que reflejan la atención que le puso en particular a la novela Ulises, dice: Soy el primer aventurero hispánico que ha arribado al libro de Joyce: país enmarañado y montaraz que Valery Larbaud ha recorrido y cuya contextura ha trazado con impecable precisión cartográfica (N.R. F., romo XVIII) pero que yo reincidiré en describir, pese a lo inestudioso y transitorio de mi estadía en sus confines. Me adelanto a decir que este autor llegó a sentir que él tendría que escribir algo parecido para su amada ciudad de Buenos Aires. Siempre se sintió feliz de haber escritor el poemario, su primero por cierto que fuera publicado: Fervor de Buenos Aires.

 

Borges ha de volver a Joyce porque sabe que hizo en el siglo XX la gran novela de este siglo. No sé si debo comparar Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez en ese mismo sentido dentro de la lengua española. Lo que sí sé, es que él tomó gran afecto por el Ulises, del que nos cuenta: Confieso no haber desbrozado las setecientas páginas que lo integran, confieso haberlo practicado solamente a retazos y sin embargo sé lo que es, con esa aventurera y legítima certidumbre que hay en nosotros, al afirmar nuestro conocimiento de la ciudad, sin adjudicarnos por ello la intimidad de cuantas calles incluye.”

 

El gran lector que es Borges no puede ignorar la obra cumbre de la novelística inglesa en el continente Europeo y en América. Vendrán otros narradores brillantes en la lengua inglesa —de Estados Unidos y de Inglaterra—, pero lo que enfrentó Joyce al inicio de la segunda década que vivía, con apenas con 40 años de vida fue una revolución que marco el Ulises en el año de 1922; misma revolución que el inglés D. H. Lawrence con su novela El amante de Lady Chatterley, al publicarse en el año de 1929 ocasionó, siendo señalados los dos, por sus diabólicos textos sexuales y vulgares. Sus escenas descriptivas sobre temas de sexo desataron las más violentas reacciones de conservadores y victorianos.

 

Escribe el argentino al respecto: James Joyce es irlandés. Siempre los irlandeses fueron agitadores famosos de la literatura de Inglaterra. Menos sensibles al decoro verbal que sus aborrecidos señores, menos propensos a embotar su mirada en la lisura de la luna y a descifrar en largo llanto suelto la fugacidad de los ríos, hicieron hondas incursiones en las letras inglesas, talando toda exuberancia retórica con desengañada impiedad. Cuando leo estos textos recuerdo de manera permanente que sus primeras Inquisiciones pertenecen al año de 1925, cuando Borges contaba con 26 años, y es por ello que en el mundo de las revistas era tan solicitado o, se encontraba con enemistades que odiaban sus cualidades que surgían con la sola lectura de 4 ó 5 páginas tratando un tema escabroso o complejo.

 

El dominio del idioma le viene de sus primeras décadas. Su pasión por la lectura, misma que destaca en quienes fueron integrantes del Ateneo de la Juventud de México por aquellos años, antes de iniciarse la revolución del 20 de noviembre de 1910. Siempre he pensado que los nacidos en la última década del siglo XIX y a principios del siglo XX, han sido una generación de gigantes en el mundo de la literatura, tanto en este continente, como del europeo. Por no citar, los escritores de Asia o de África, con todo el dolor que sufren al ver los países que le conforman.

 

Al revisar los meandros de la obra Ulises Jorge Luis escribe: Su tesonero examen de las minucias más irreductibles que forman la conciencia, obliga a Joyce a restañar la fugacidad temporal y a diferir el movimiento del tiempo con un gesto apaciguador, adverso a la impaciencia de picana que hubo en el drama inglés y que encerró la vida de sus héroes en la atropellada estrechura de algunas horas populosas. Mucho sabía el argentino sobre las letras inglesas, son su segunda patria cultural. Cuando pienso si Borges escribió algo así sobre Cien años de Soledad, me parece que no hay texto alguno, si opiniones, pero no el estudio que sí puso en Joyce con tanto afecto, como lo demostraré en siguientes artículos.