Empoderando la palabra

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“El eco de tu voz es el arma que resuena en la conciencia de la humanidad”

 

Mucho se ha escrito y dicho sobre la importancia de la comunicación verbal, sobre el valor que tiene la palabra en el ser humano y su impacto profundo sobre la sociedad, que es finalmente a donde debe surtir sus efectos la saeta de la verdad.

La palabra a veces redimida, otras tantas martirizada entraña en su ser la magia de la luminiscencia de la humanidad, por su portento; la palabra: es el testigo de las épocas históricas del mundo, que lo mismo se narró a sí misma, que fue capaz de crearse y recrearse. Preguntarás amable lector: ¿por qué referenciar tanto a la palabra? La respuesta es contundente (bajo el criterio bíblico) en el principio de todo lo creado solo existía el verbo, la palabra y la palabra se hizo humana y termino humanizando a la humanidad.

Curioso es que ahora, dentro de todos los males que aquejan a la humanidad, dentro de los miedos que limitan su existencia se encuentre (entre los principales), el miedo a hablar en público, la conocida glosofobia. Nos resulta verdaderamente irónico que mientras en los estudios científicos se dice que lo que diferencia al ser humano dentro del reino animal -de los demás de su especie- es su capacidad de raciocinio y su capacidad comunicativa a través del verbo, el gran temor de la humanidad es hablar y sobre todo hablar en público.

Es importante reconocer que precisamente por el temor de las mayorías; es como las minorías logran sobresalir, entendiéndolo de otra manera: es la palabra la herramienta básica para quien pretende obtener y mantener el liderazgo, toda aquella persona que decide influenciar a quien le rodea con sus actos u omisiones se convierte en líder, que puede intervenir en el actuar de los demás, otorgándoles un halo distintivo al presentarse con luminiscencia entre los demás individuos de la sociedad.

Si bien, hemos dicho que quien habla existe y se potencia ante los demás, también es válido referenciar que quien domina el uso correcto del lenguaje en su forma oral y escrita (alguna de ellas o ambas) le da un valor supremo a la palabra y esta a su vez lo restituye; otorgándole vigencia a su pensamiento, manteniéndolo en el caldero de la inmortalidad al tatuar su recuerdo en la conciencia de la sociedad que le lee o le escucha y esta finalmente logra ver en el orador una luz centellante que nunca se apaga y convirtiéndose en un referente generacional.

Amable lector, tal vez tu ejercicio cotidiano o tu actividad profesional te sitúen en un pódium frente a los demás, entonces tendrás la virtud de saber hacer de la palabra un escudo de lucha, arma de batalla y saeta promisoria que llega a la audiencia; pero desafortunadamente en nuestros días, aún existe una mayoría que duda a la hora de hablar ante un auditorio, que desdibuja a la audiencia convirtiéndola dramáticamente en un monstruo de mil cabezas.

¿Qué es lo primero que vendrá a su mente cuando tiene que hablar en público? ¿Qué emociones, ahogaran su garganta? Las respuestas son múltiples, aunque las más comunes y de manera generalizada son: “¡Uf!”, “Dios, ¿y qué digo?”, “Dios mío, seguro que lo haré mal”, “No, por favor”, “¡Qué vergüenza!”, “Espero que la gente esté haciendo otras cosas y no me escuchen”, “Trágame tierra”, “Seguro que me temblará la voz o me pondré rojo”, “Me voy a quedar en blanco”, “Quiero desaparecer”, “¿Qué pensarán de mí?” y “¿Por qué no puedo ser invisible?”.

Y sólo en menos del uno por ciento de los casos la gente responderá: “¡Yo puedo!”, “Lo voy a hacer genial”, “¡Voy a prepararme!”, “Tengo una oportunidad para demostrar de qué soy capaz” o “Perfecto”. Realmente cada una de estas respuestas viene derivada de la propia personalidad de quien pretende hablar en público, aunque desafortunadamente no siempre cumple el cometido que se pretende; recordemos que hablar no siempre representa comunicar, hablar por hablar no es garantía de éxito, salvo que se cuente con dotes natos para la espontaneidad (en otros tiempos denominada improvisación). Por eso, afirmamos categóricamente la importancia de ejercitar el dominio correcto de la lengua hablada a través del arte de la oratoria y sus habilidades intrínsecas.

Sin duda es necesario prepararse antes de cualquier intervención oral en público, pues todo lo que se diga o se deje de decir influirá en quien nos escucha, de tal manera que puede ser motivo de movimientos sociales al incitar con la profundidad de la palabra el despertar de la conciencia, o provocar la entibies de quienes dudan aún sobre la acción a seguir, puesto que por naturaleza humana el hombre espera una chispa que sea el caldero que despierte su accionar; afortunada o desafortunadamente hemos descubierto que hablando ante un auditorio, nos revelamos ante los demás en plena extensión de la palabra, descubriendo nuestra esencia, dando a conocer nuestra propia personalidad aún, por encima de nuestras palabras, esto lo conocen los consultores en la materia como la famosa: imagen verbal.

Todo ser humano que habla ante un auditorio, que lo mismo puede ser una persona o una multitud, está expuesto a la críticas: destructiva o constructiva, y esto no debe ser motivo para el empequeñecimiento sino motivo de incitación a la preparación y perfeccionamiento constante, accionando sobre nuestras limitantes y permitiendo que nuestras debilidades se puedan convertir en auténticas fortalezas, la muestra de ello la puso el más grande orador de Grecia: Demóstenes, quien nos revela el camino ante la adversidad, es él, el arquetipo de un ser integro que aprovechando sus fortalezas interiores, logra quebrantar sus debilidades exteriores.

Eso es justamente el festín de la palabra, el lujo de saber que el verbo le ha sido dado a la humanidad por igual, que sobre él no existen distingos de ningún tipo, que en cada uno existe la responsabilidad de acrecentarlo, de ponerlo en el pebetero de los regalos supremos para avivarlo y atizarlo con énfasis de verdad; de construirlo y recrearlo día a día con nuestra formación profesional, desmitificando y desmontándolo  de las elites, pues en el pueblo está la voz suprema de una Nación; también debemos de entender que hablar implica un compromiso, que tenemos un don particular que nos individualiza en la naturaleza, pero este don debe ser empoderado en nuestro propio ser, moldeándolo, purificándolo y recubriéndolo de valor primero en nosotros, para que mediante el “efecto espejo”  quien nos rodea pueda darle valor y credibilidad, siendo esta una de las grandes tareas pendientes del orador.